De Amor, Amantes y Amigos

Revista de amor y Relatos de amor

EL AMANTE INGLÉS

Relatos Chicklit 2º

Relatos Chicklit 2º

Aquel primer lunes del recién estrenado otoño, yo arrastraba a mis pies por el andén del metro que me devolvía a casa. ¡Qué duro era acostumbrarme de nuevo a la rutina post- veraniega! Me había entretenido con un par de compañeros a la salida del trabajo, y una vez más, regresaba tarde. Eso, sumado al cambio horario, significaba que ya era de noche, y bien cerrada. Semejantes circunstancias, y mi absurda manía de no encender nunca la luz de la entrada, provocaron, que al abrir la puerta, me apresurara hacia la segunda luz más cercana, la del salón. Sin embargo, lo que no estaba previsto era que a mi sobrina Carlota se le hubiera ocurrido la genial idea de marcharse de casa esa misma noche. Ella se encontraba encerrada en su habitación, porque finalmente había decidido quedarse, al menos hasta que yo volviera, pero sus 3 maletas de animal print rosas, me esperaban ansiosas en el pasillo. Poco más tengo que describir de una escena que resultó absolutamente lamentable. El estruendo del golpe, mis gritos de dolor y todos los santos a los que convoqué, supongo que sacaron a Carlota de su ensimismamiento, e hicieron que saliera de inmediato de su cuarto.

–          Pero tita, ¿qué haces en el suelo?

–          Tita, tita, ¿perdona? Que ¿qué hago en el suelo?, ¿qué coño hacen estas maletas en la entrada? O mejor dicho, ¿por qué hay maletas? ¿te marchas?

–          Sí, iba a hacerlo, pero quería verte y hablar contigo antes.

–          Qué consideración, contesté malhumorada. Anda, ayúdame a levantarme. ¿y antes de qué? ¿Te vuelves al pueblo con tu madre?

–          No. Me voy con él.

–          ¿Cómo que con él? ¿No estarás hablando de Paul?

Carlota no pudo mantenerme la mirada

–          Osea, que sí. Que te quieres ir con él. No te entiendo. De verdad que lo intento, pero no puedo explicármelo a no ser que de repente te hayas vuelto gilipollas.

–          No me juzgues, ¿vale? No se puede explicar. Simplemente estoy enamorada y me muero de ganas de verle.

–          Tú por lo que te mueres no es por Paul, Carlota, sino por sus “paul vazos”. No estás enamorada. Lo tuyo es un encoñamiento de manual. Pero a ver, ¿ya no te acuerdas de lo que pasó? ¿Quieres volver a por más? Eso cariño, se llama masoquismo. ¿Necesitas que te ayude a recordar?

–          No, no hace falta, yo lo he vivido en primera persona

–          Pues por eso precisamente no soy capaz de encontrarle ninguna lógica a tu decisión. Mira, vamos a hacer una cosa. Quédate esta noche y piénsalo mejor. Te propongo que hagas una lista, con los que crees que son pros, y los que en realidad, son contras. Pero deberías ser sincera contigo misma. Si mañana sigues queriendo irte, no te lo impediré.

Carlota accedió sin necesidad de insistir mucho más, y esa noche se quedó a dormir. La verdad es que la conocía muy bien, y estaba convencida de que, en el fondo, no quería marcharse, aunque reconozco que me quedaba una pequeña duda. Lo que ocurría era que sabía, por propia experiencia, la fuerza de atracción que tiene la pasión, al igual que su capacidad para confundir los verdaderos sentimientos.

Había sido una historia muy fuerte y muy intensa, aunque sólo hubiese durado tres meses. Carlota tenía veintidós años. Era la hija de una de mis mejores amigas del pueblo, que se había quedado embarazada de ella a los dieciocho. Como el padre desapareció del mapa, no pude evitar volcarme con ella y con la niña. Sin darnos cuenta, la niña creció y se vino a vivir conmigo a Madrid para estudiar Publicidad. El último curso, al haberme tenido que trasladar durante un año, y por cuestiones laborales, a Londres, Carlota se desmelenó literalmente. A pesar de todo, terminó la carrera, decidió que me echaba de menos y que además, le apetecía mejorar su inglés.

Mi amiga Carmen, la madre de Carlota, sentía que su hija se le había ido de las manos desde hacía tiempo, pero le tranquilizaba tener la certeza de que, al menos yo, estaría pendiente de ella. Carlota me había pedido por favor, que no le contara a su madre nada sobre su tórrida historia con Paul, porque sabía que la desaprobaría. No lo hice para evitarle un disgusto y porque creí que la relación se había terminado unos días antes de que volviésemos las dos de Londres, hace un par de meses. Pero ahora, la niñata ésta dice que quiere marcharse con “su amor”, y se lo voy a tener que contar a Carmen, que me va a odiar, por encubridora.

–          Vaya, mañana tengo que hacer la compra y poner una lavadora sin falta.

Cogí el último yogur griego jroña que jroña, de la nevera y una caja de cereales, y me fui al salón con la firme intención de no pensar y quedarme ensimismada con la tele. Ya que no podía dormir, y no quería pensar, ¿qué tal ponerme el canal de la Teletienda y aprovechar para comprarme el Pestreject ese que anuncian tanto? Estoy harta de las cucarachas que se han instalado en la cocina.

Nada, no hay manera, esto no funciona. Al comprobar que estaba perdiendo la batalla en la guerra conmigo misma de “no querer pensar en lo ocurrido en Londres entre Paul y Carlota”, finalmente me rendí a mis recuerdos, me trasladé primero a mi cama y a continuación, ocho meses atrás, justo en el momento en el que Carlota me confirmó que, a través de una agencia, había encontrado un trabajillo como camarera de pisos en un pequeño hotel del extrarradio de la capital inglesa. Tomó la decisión de dedicar los siguientes seis meses a aprender inglés de una vez por todas, mientras se ganaba un dinerillo que pagaría sus clases particulares, (ya que el hotel le proporcionaba alojamiento y manutención). Trabajaría de lunes a viernes y los fines de semana los pasaría conmigo, cosa que convenció a su madre para darle el dinero del billete de avión.

–          Bueno, ¿qué tal tu primera semana haciendo camas?

–          Uffff, un poco duro. Prefiero deshacerlas, dijo mientras bostezaba y se precipitaba hacia el sofá. Además estoy agotada de hablar spanglish. No me entero de nada.

A mediados de marzo, y tras algo más de dos gélidos y complicados meses para Carlota, quien todavía seguía adaptándose, llegó otra vez el fin de semana, y la niña venía a verme.

Entró eufórica y con una sonrisa que eclipsaba al resto de su cara.

–          A ver, ¿qué te ha pasado? Reconozco esa expresión. ¿has conocido a alguien, verdad?

–          ¿Cómo lo sabes tita? A veces me caes mal, porque me gustaría sorprenderte, para variar.

–          ¿No me digas que has conocido a un chico? Dije mientras me llevaba las manos a la cabeza con gesto burlón. ¿Mejor así? Venga, anda, no te enfades, cuéntame.

–          Es que estoy muy nerviosa y alucinada por la forma en que ha ocurrido todo y todavía no me lo creo. A ver, tú sabes que yo siempre compro mis caprichitos gastronómicos  en un supermercado que hay en frente del hotel, ¿no? Asentí. Pues ayer,  cuando estaba a punto de pagar a la cajera, me extendió el ticket de compra y debajo, una nota escrita a mano, de parte del encargado:

  • Hi Carlota. I think you’re very beautiful and I’d like to meet you. My phone number is   079234353621. Please, call me!!!

–          Que quiere decir….

–          Carlota, sé perfectamente lo que quiere decir. Que cree que eres preciosa y quiere conocerte, básicamente, ¿y qué vas a hacer?

–          Pues llamarle, ¿no? Nunca me había percatado de lo guapo que es, hasta ayer. Me atrae muchísimo y tengo ganas  de encontrar a alguien que me enseñe Londres los fines de semana, que tú no estás nunca.

–          Oye, guapita de cara, sin reproches, ¿eh? Que yo a ti no te pido explicaciones. Me parece bien. Llámale. Al menos, sabemos dónde trabaja, ¿no? Y acompañé mi frase con un guiño y una sonrisa de medio lado. (En qué hora le animé a que lo hiciera. Siempre me he arrepentido de eso, pero, ¿cómo iba a saber yo lo que ocurriría después?)

Cuando Carlota volvió de su primera cita con Paul, ese mismo sábado, me aseguró que sólo habían tomado algo y charlado toda la tarde. Había sido perfecto, según ella: era guapo, encantador, sexy, muy sexy, romántico, detallista. Vamos, que había picado el anzuelo.

–          Ha estado genial y al final nos hemos besado y ha sido todavía más alucinante, pero le he dejado las cosas claras.

–          Ah, ¿si?, ¿y qué cosas son ésas?

–          Le he dicho que no se enamore de mí, porque  lo que yo quiero es divertirme estos tres meses que me quedan aquí, pero que después regreso a España.

Reconozco que en ese momento me sentí muy pequeña al lado de Carlota. A mí me habría encantado tener esa sensación de poder, y de dominio de la situación, con algún que otro hombre en mi vida. Sin duda, estas veinteañeras venían pisando fuerte, pensé, y me sentí aliviada al comprobar, en contra de lo que yo creía al principio, que Carlota tenía las cosas bastante claras y que sería un simple rollito de unos meses, por lo que no me preocupé.

Desde que empezó la relación con Paul, dejé de ver a Carlota los fines de semana, pero me llamaba casi todos los días para contármelo todo con detalle. A veces me ruborizaban esas descripciones tan minuciosas de sus experiencias sexuales.

–          Estoy como loca tita. No pienso en otra cosa. No paramos de hacerlo. Este chico ha sido un descubrimiento, una revelación. Estoy enganchadísima. Ahora ya duermo con él todas las noches y…

–          Pspspspspsps, para, para, para. ¿Cómo que duermes con él? ¿No estás durmiendo en el hotel? ¿Eso puedes hacerlo?

–          Sí, claro. Mi jornada laboral termina a las 7, y a partir de ahí yo puedo dormir donde me dé la gana. Como trabaja en frente vamos y volvemos juntos. Todo está bajo control, tita.

–          Pero sólo lleváis juntos una semana…

–          Y qué semana, me interrumpió.

–          Ya, Carlota. Lo he pillado. Por favor, no entres en detalles. ¿Supongo que estáis usando protección, verdad?

–          Pues claro, no soy idiota. Pero a este ritmo, acabamos con las existencias del país. Y soltó una carcajada picarona.

Desde el otro lado del teléfono, la oía tan contenta e ilusionada, que incluso me dio un poco de envidia. ¡Cómo se lo tenía que estar pasando la tía! Sin embargo, al día siguiente, Carlota volvió a llamarme, y esta vez su voz temblaba de miedo. Paul y ella habían ido a una taberna irlandesa en la que se encontrarían con un amigo de él. Allí la niña descubrió a un Paul diferente. Paul bebía. Paul era celoso. Paul era agresivo. Lo que empezó como una charla agradable con su amigo, terminó con una escena de celos tan violenta que el dueño del local se asustó y llamó a la policía. Tras sacarles del bar, les pidió que les acompañaran a comisaría, por alteración del orden público y porque al ser evidente el alto índice de alcohol de los dos chicos, no podían permitir que cogieran el coche.  Según me contó, al final, ella sola y con su inglishñol, consiguió manejar la situación, prometiendo a los agentes que les impediría conducir en esas condiciones. Esa noche Carlota sí vino a dormir. Pobrecilla. Estaba tan asustada… Me aseguró que no volvería a verle más, pero al día siguiente y bajo los efectos de su síndrome de abstinencia sexual, Paul le llamó arrepentido y Carlota accedió a darle una segunda oportunidad, en contra de mi voluntad, por supuesto.

Pasados unos días de aparente tranquilidad, yo salía de una reunión cuando, al volver a conectar el móvil, me encontré con varias llamadas perdidas de la niña e inmediatamente la telefoneé.

–          Carlota, ¿qué pasa?

–          Ay tita, menudo lío. Tengo un problema.

–          Dime, ¿qué pasa ahora?

–          Estoy llegando a tu casa. Ahora te cuento

–          De acuerdo, pero me tienes que esperar en el bar de abajo, porque acabo de salir de una reunión. Llegaré en media hora aproximadamente, ¿no puedes avanzarme nada? Me dejas preocupada….

Cuando llegué, Carlota me contó que se les había roto un preservativo y que, al estar en otro país, no sabía a quién recurrir para que le extendieran una receta y tomarse la píldora del día después. Estaba muy nerviosa, porque en lo último que ella pensaba en esos momentos era en quedarse embarazada. A través de unos amigos, conseguimos el contacto de un ginecólogo que nos atendió y esa misma noche, pudo tomarse las pastillas. Por otro lado, ese contratiempo había provocado un ataque de ira en Paul, que le recriminó el hecho de querer poner fin a un hipotético embarazo. Al parecer, era la primera vez en su vida que una chica le pedía que no se enamorase de ella y que no le quería como futuro padre de sus hijos, lo que poco a poco fue desequilibrándole hasta el punto de obsesionarse con ella.

–          Cuando le he dicho que no quería saber nada de un embarazo y que tenía que tomarme las pastillas, se ha puesto furioso, ha empezado a insultarme y a decirme que es mi objeto sexual, que sólo le quiero para para eso y que le estoy utilizando. Se ha bebido todo lo que ha encontrado por medio y se ha marchado.

–          ¿Y tú que has hecho?

–          Me he quedado con su hermana y su cuñado, (que compartían piso con Paul), quienes tras presenciar la discusión, y al saber que él no volvería esa noche, me han traído a tu casa. Su hermana me ha cogido mucho cariño y me ha pedido que deje de verle porque esta relación le está desequilibrando más de lo que ya estaba. También me ha contado muchas cosas que yo no sabía sobre él.

–          Pero Carlota, en serio, ¿no te das cuenta de lo ciega que estás? Ese chico es peligroso. Tienes que dejarlo ya, antes de que sea demasiado tarde y te haga un bombo, por no mencionar el hecho de que te está maltratando psicológicamente. ¿cómo es posible que no puedas verlo? Es una relación tóxica. ¡Sal de ella inmediatamente!

Bajó la cabeza avergonzada y estuvimos unos minutos en silencio hasta que lo rompí preocupada.

–           ¿Qué te ha contado su hermana?

–          Pues que las cicatrices de su espalda son de latigazos que su padre le daba con un cinturón cuando Paul era sólo un niño; que el año pasado estuvo en la cárcel por agredir a un chico en una discoteca, debido a un brote de celos hacia otra chica con la que salía; que tiene diagnosticada cierta bipolaridad y que el alcohol le vuelve loco, entre otras cosas.

–          Vamos, una joyita de novio. Tu madre va a estar encantada.  De inmediato, sus enormes ojos azules me miraron desconfiados y antes de que me lo preguntara me apresuré y le dije:

–          Tranquila, no me mires así, no voy a contárselo. Después, otro silencio incómodo que volví a romper: No se Carlota, tienes veintidós años y evidentemente no soy quien para impedirte que sigas viendo a ese chico, pero esta historia se está poniendo fea. ¿Qué más te da? Si lo vas a dejar igual antes de irnos… En fin, haz lo que quieras. Por cierto, mañana mismo te hago una copia de las llaves porque nunca se sabe, ¿no?

A esta segunda ruptura le siguieron tres o cuatro más, con sus respectivas y apasionadas reconciliaciones.

Cuando faltaba una semana para que las dos cogiésemos el avión de vuelta a Madrid, Carlota sabía que esta vez tenía que ser la definitiva. Quedó con él para ponerle fin a la relación y despedirse.

Al regresar a mi apartamento alquilado, la encontré peor que nunca. Jamás la había visto así. Cubierta en un mar de lágrimas y pañuelos de papel me aseguró que esa tarde había sido la peor de toda su vida. Paul la recogió en su coche a la salida del trabajo. Al entrar, no tardó en darse cuenta de que estaba borracho. El trayecto se le hizo interminable, porque además de agasajarla con toda clase de insultos, le amenazó con estrellarse. No admitía que ella se marchase y prefería terminar a su manera. Ni siquiera su llanto, ni sus súplicas pidiéndole que parara, y así poder bajarse,  impidieron que, de un volantazo, se metiera en el carril contrario. Al ver el vehículo que venía de frente, en un rápido impulso, se cubrió la cara con sus manos para no verlo, pero en el último segundo, Paul se arrepintió una vez más y rápidamente maniobró para devolver el coche a su carril. El resto del camino, Carlota permaneció en silencio, pero su cuerpo, sobre todo sus piernas, no dejaron de temblar. Por fin, llegaron a casa de Paul. Se sentía como secuestrada. Parecía que se había calmado, pero fueron solo unos minutos. Estaban en la cocina porque, después de pedirle por enésima vez, mil perdones, ella consideró que, aunque ya no lo sintiera realmente, lo mejor y lo más seguro era fingir que sí, que le perdonaba. Total, esa sería la última vez que le vería, y lo que deseaba era darle la razón en todo para no volver a provocar otro estallido. Sin embargo, se le volvieron a cruzar los cables, y en esa ocasión la que estalló fue ella. De pronto, y en cuestión de segundos, se sorprendió a sí misma con un cuchillo en la mano amenazándole con clavárselo.

–          Tita, no sé, de verdad, no entiendo qué me pasó, pero deseaba matarle, y no en plan, “es que le mataría”, no. Quería matarle de verdad. Fueron sólo unos segundos, porque lo lancé al suelo, pero tuve una sensación muy extraña, como si me hubiera desdoblado y en realidad no fuese yo la que mantenía el cuchillo, me confesaba con la voz entrecortada y temblorosa por los nervios.

–          Anda, ven aquí Nikita de pacotilla…. Y la abracé tan fuerte como pude. Ella sonrió y sólo me dijo:

–          Qué tonta eres tita, (con esa risa tan característica que únicamente se origina cuando algo te ha hecho gracia pero te pilla llorando) ¿Por qué nunca te tomas nada en serio?

–          Porque no quiero hacerlo. A ver  Carlota, ya está. No quiero recurrir a los “Ya te lo dije”. Has vivido una mala experiencia, aprenderás de ella y te prometo que cuando pasen los años, simplemente sonreirás al recordarla, porque es así como tiene que ser, si lo que quieres es ser feliz. ¡Pero si ni siquiera eres capaz de matar a un mosquito!….. Oye ¿cómo reaccionó él?

–          Se asustó mucho. Al principio se quedó paralizado y después me suplicó una vez más que le perdonara por haberme provocado esa crisis nerviosa y esa reacción tan violenta. Me confesó que no soportaba la idea de ver cómo me marchaba sin haberme planteado ni por un segundo  quedarme a vivir con él. Le pedí que me trajese hasta tu casa. Estaba deseando estar contigo. No quiero volver a verle….

¡Vaya, ya son las siete menos cuarto! Me dirigí a la cocina a por un vaso de agua y enseguida me percaté de que en el pasillo ya no estaban las maletas de Carlota. ¡Mierda!. Pero si no la he oído marcharse. ¡Me habré quedado traspuesta en algún momento de la noche! Fui corriendo a su habitación y respiré con alivio. Allí estaban las cuatro y encima de la mesilla, un papel con dos columnas tituladas PROS Y CONTRAS. La primera estaba vacía y Carlota dormía plácidamente. Me acerqué a darle un beso en la frente, abrió los ojos, sonrió y sólo me dijo: Gracias tita.

 

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POR MAYTE GARCÍA CANEIRO
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7 comentarios el “EL AMANTE INGLÉS

  1. Kneira
    agosto 27, 2013

    Gracias nena, es un lujo poder ser testigo de este nuevo viaje contigo, es fresco, terrenal y sobre todo adicitvo!!!! 😉 ya estoy esperando el siguiente.

  2. Laura
    agosto 27, 2013

    parece que te has venido “arriba”,pues continúa porque merece la pena para los que podemos disfrutarlo,gracias Mai,será bueno para ti y mejor para los que lo leemos…

  3. Granjera
    agosto 28, 2013

    🙂 me gusta!

  4. Milady
    agosto 28, 2013

    Todas hemos sido Carlota alguna vez… y sin necesidad de amante inglés. Muy bueno.

  5. Paula
    agosto 29, 2013

    Me he enganchado a esta historia y me estaba poniendo nerviosilla pensando que se quedaría en Londres. Me encanta el final. 🙂

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Esta entrada fue publicada en agosto 27, 2013 por en Relatos y etiquetada con , , , , , , , , , .

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