De Amor, Amantes y Amigos

Revista de amor y Relatos de amor

SHISHA PARA TRES

Relatos Chick lit 3º

Relatos Chick lit 3º

Reconozco que casi siempre me estreso en el supermercado, o mejor dicho, en la caja del supermercado. La mayoría de las ocasiones voy a tiro hecho y empleo muy poco tiempo en adquirir lo que preciso, pero cuando llega el momento de ponerme en la cola, no me explico cómo lo hago, suelo elegir la más lenta, o la que de pronto se estropea, o la que necesita un cambio del rollo de papel de los tickets, o la que acaba de ser ocupada por un recién llegado que todavía está familiarizándose con su puesto. Cuando por fin es mi turno, intento concentrarme mucho y estar muy atenta para que me dé tiempo a meter todas las cosas en la bolsa que acabo de comprar (y que acabará descansando junto a otras doscientas en el cajón de las bolsas de la cocina), mientras sujeto el paraguas empapado en mi antebrazo izquierdo, el bolso en el derecho y el ordenador cruzado intentando equilibrarme, antes de que empiecen a rodar los yogures del siguiente cliente y de que me canten:
– Veintidós con cincuenta y dos, por favor. ¿En efectivo o con tarjeta?
– En efectivo. Le doy treinta euros, y aprovecho esos últimos segundos para recoger y meter en la bolsa lo que me faltaba.
Pero ahí no acaba el estrés. Todo este exceso de actividades solapadas se complica cuando llegan las vueltas. ¿Por qué? En serio, ¿por qué la mayoría de los cajeros y cajeras te dan primero el ticket y encima de él, sueltan con desaire las monedas, si saben que resbalan y se te acaban cayendo al suelo, en el mejor de los casos, o dentro del paraguas empapado, en el peor? Diosssssss, qué mal humor se me pone. Precisamente hoy, con la prisa que tengo por llegar a casa, pensé.
Y es que, aquel viernes de un noviembre agotadoramente lluvioso mi amiga Bea venía a pasar el fin de semana, después de tres años sin vernos. Me habían puesto una reunión de urgencia a última hora que trastocó todos mis planes y tenía miedo de que al final llegara antes que yo, como así fue. Bipbip, bipbip. Lo que faltaba, ahora el móvil, con la que está cayendo. Seguro que es Bea. Me cobijé en el primer portal que encontré y efectivamente era ella:
Whatsapp: – Hola guapa, ¿todo bien? Estoy aquí abajo, pero no abres.
– Perdona cielo. Todo bien. No te preocupes. Estoy llegando
Justo lo que no quería que pasara y encima tengo todo desordenado y la cama sin hacer. ¡Menuda impresión se va a llevar! Menos mal que Bea me conoce y no me va a juzgar. ¡Pero qué desastre de vida tengo!, me flagelaba mientras apresuraba mi ritmo. Detestaba los días de lluvia por lo incómodos que me resultaban pero curiosamente, los aprovechaba para castigarme por otras cosas que nada tenían que ver con la climatología. Esos días eran perfectos para enfadarme con cualquiera que me contradijese, para criticar y quejarme por todo. Porque si no, ¿cuándo lo hago?, me justificaba. Por fin llegué y ahí estaba la pobre Bea:
– Perdón, perdón, perdón. Lo siento mucho cariño, le dije sincera. Hoy ha sido un día horrible y debía estar en casa desde hace dos horas para recibirte, y sin embargo mírame, ni un abrazo puedo darte.
– Esperaaaaaaa, tranquila, yo te ayudo. Pásame algo mujer. Ahora cuando entremos y lo soltemos todo nos damos uno bien fuerte, ¿vale?
Seguía igual que la última vez que la vi, bueno, quizás con unos kilillos de más que en ella resultaban muy favorecedores porque antes estaba escuálida, en mi humilde opinión. Conocí a Bea en mi anterior empleo, y digo que la conocí, porque después de cinco meses trabajando en un turno de noche como tele-operadoras de una nueva empresa de telefonía, donde, sinceramente, no había mucha actividad, nos manteníamos despiertas a base de cafés y de confidencias personales. Coincidimos en la entrevista de trabajo y en el interesantísimo curso de formación previo y ya no nos separamos, hasta que la empresa se fue a pique antes de despegar y nos despidieron a todos. Ante la ausencia de oportunidades laborales, Bea regresó a su pueblo natal, en Toledo, donde sus padres regentaban una ferretería.
– Ahora sí, dame un abrazo fuerte. ¡Pero qué guapísima estás! Y de verdad, perdona por el retraso y el desorden pero mi consideradísimo jefe tiene la agradable costumbre de acordarse de las cosas importantes los viernes a última hora, y en fin, ya sabes, tal y como está el panorama, pasamos todos por el aro, dije acelerada.
– Que no te preocupes tonta, de verdad, que soy yo. Hay confianza. Oye, me encanta tu casa, está preciosa, se nota que es tuya, tiene tu sello.
Aunque durante estos tres años habíamos hablado por teléfono o por whatsapp, teníamos un montón de cosas que contarnos y decidí olvidarme de las obligaciones y del caos doméstico y aprovechar ese reencuentro al máximo.
– Bueno, y ahora cuéntame lo de tu cita de mañana. ¿quién es? Que al final el otro día no me contaste nada. Éste es el que te presentó tu padre, ¿no? Pero, ¿cómo fue? Jejeje, anda queeeee, no tienen ganas de colocarte ni nada tus papis.
– Siiiiiiiii, respondió divertida. Se llama Mario y es hijo de un antiguo compañero de la mili de mi padre. El chico vive aquí en Madrid porque tiene una pequeña imprenta con otro amigo, pero es que además, parte de sus vacaciones las dedica a colaborar voluntariamente con una ONG como monitor de campamento, dijo ilusionada. Le he conocido este verano porque estaban acampados en un área recreativa que se encuentra a dos kilómetros de mi pueblo y su padre le había pedido que se pasara a saludarnos. Y por si esto fuera poco, y como guinda del pastel, el chiquillo está como un queso de burgos, mari. Nos dimos los teléfonos y hemos hablado un par de veces
– Mmmmmmm, primera cita entonces, ¿no? Pregunté con picardía. Me encantan las primeras citas, claro, siempre y cuando el chico ya te mole, porque es tan emocionante…. Todo por contar, todo por explorar, todo por descubrir, todo por preguntar y todo por sentir. ¡Qué bien Bea, cómo me alegro por tí!
Bea era un amor de persona, pero no había sido muy afortunada que digamos en el terreno afectivo. Después del primer y único novio que tuvo y que la dejó plantada al darse cuenta de que le gustaba más el primo de Bea que la propia Bea, la chica había caído en una depresión de caballo que la arrastró al psicólogo durante casi un año. Fue precisamente en esa época cuando ella entró en mi vida. Tenía un gran problema de autoestima e inseguridades, que curiosamente compensaba con un enorme sentido del humor, aunque ella estaba convencida de que era gafe. Por decirlo de alguna manera, era nuestra Bridget Jones particular. Que yo supiera, ésta era la primera cita que tenía en cuatro años por lo menos, y de ahí su emoción y la mía, claro.
– Bueno, y ¿a qué hora habéis quedado? ¿dónde? ¿qué te vas a poner?
– En Plaza de España a las 6 de la tarde. Vamos a ir primero a una tetería que conoce Mario y luego…. Pues lo que surja, ¿no? Jejeje. Mira, he decidido dejarme llevar y que pase lo que tenga que pasar, aunque con la suerte que yo tengo, no sé, espero no cagarla, dijo resignada. (Lo que ninguna de las dos imaginábamos en ese momento era que esa frase había sido premonitoria). Y a lo de qué modelito voy a llevar, con el tiempo que está haciendo, ni idea. Tenía pensado que me acompañaras mañana por la mañana a comprarme algo que sea sencillo y sobre todo cómodo, porque parece que seguirá lloviendo.
– Eso está hecho, contesté animada. Yo también tengo pendiente hacerle unos cuantos regalitos a mi armario, así que genial.
El resto de la noche hicimos lo que normalmente hacen dos amigas que llevan tiempo sin verse. Fiesta del pijama, aderezada con una sencilla cena de picoteo y aliñada con una exquisita botella de Bayleys. Y a la mañana siguiente, de compras por el centro.
Nueve de la noche. Otro sábado sin plan y sin ganas de tenerlo. Con Bea en proceso de in love y tras recibir una llamada de última hora de Carol anulando nuestra quedada cinematográfica al decidir sustituirme por un repentino resfriado, aproveché para obsequiarme una sesión de chapa y pintura doméstica, incluyendo manicura, pedicura y mascarilla de Karité. Tras preparar una rápida cena a base de crepes de la Sirena (¡qué gran invento!) y un delicioso sándwich de nocilla con queso (¡quién dijo miedo!), me disponía a disfrutar de otro maratón de Sexo en Nueva York que ofrecía por enésima vez el canal Cosmopolitan cuando de pronto sonó el portero automático.
– Ábreme, por favor, soy yo
– ¿Bea? ¿ya?, pregunté extrañada mientras abría la puerta. ¿pero qué habrá pasado para que vuelva tan temprano? Si sólo son las diez, me confirmó el reloj de muelles de la entrada.
Cuando Bea entró por la puerta, parecía una caricatura de sí misma. Venía chorreando, con el pelo empapado, todo el maquillaje corrido y tan sólo la mitad del precioso jersey de lana naranja que se había comprado por la mañana.
– Pero bueno, ¿qué te ha ocurrido? Y ¿qué le ha pasado a tu jersey y a toda tú? ¿Cómo vienes así? ¿y el paraguas?, ¿y la cita?, pregunté sin entender nada.
– Ahora te lo cuento todo, pero antes necesito quitarme esta ropa, darme una ducha calentita y algo que termine rápido con mi existencia. ¿no tendrás una pistola?, dijo deprimida.
Enseguida le presté una toalla y unas zapatillas porque realmente parecía que le habían tirado varios cubos de agua encima.
– De acuerdo, tranquila. Seguro que no es para tanto.
– ¿Qué no?, respondió algo molesta. Deja que te lo cuente y luego opinas, y se dirigió al cuarto de baño después de arrojar violentamente lo que quedaba de jersey al suelo y de menguar diez centímetros al bajarse de sus tacones nuevos.
Voy a prepararle algo calentito, me dije, intentando imaginarme la escena de los hechos a lo CSI. El jersey destrozado, el tacón de uno de sus zapatos completamente pelado, la ausencia del paraguas y sobre todo, la pinta de atropellada que traía, me llevaban a concluir que la cita había sido todo un desastre, querido Watson. Pobrecilla, con lo ilusionada que estaba. A ver cómo remontamos esto, porque parece hecha polvo.
Después de veinte minutos, Bea salió del baño con mucho mejor aspecto. Se sentó en el sofá, me miró pensativa, negó con la cabeza un par de veces, suspiró desde lo más hondo y me dijo:
– Es que te lo juro, me quiero morir. Aunque me lo hubiese propuesto, aunque lo hubiese planeado y ensayado varias veces, nunca habría conseguido hacer tanto el ridículo como lo he hecho hoy.
– Bea, ¿necesitas hablar o prefieres que te deje sola?
– No, no, si quiero contártelo, pero ha sido todo tan surrealista que de momento estoy intentando asimilarlo. Bueno, ya está.
Se encendió un cigarro y después de darle una calada que lo consumió prácticamente a la mitad, comenzó:
– Si lo peor de todo es que cuando te lo cuente, te vas a reír, porque no conozco a nadie, excepto Mr Bean, claro, tan torpe y con tan mala suerte como yo. Primer gran chasco. Cuando llegué a Plaza de España, diez minutos más tarde porque me equivoqué de salida, ahí estaba mi adonis Mario esperándome con una acogedora sonrisa y los brazos abiertos. Después de saludarnos y al percibir que no nos movíamos, me informó que nuestra cita no era para dos, sino para tres. Debíamos esperar a que llegara Olga, prima de un amigo suyo que acababa de llegar a Madrid, y que de momento no conocía a mucha gente.
– Espera, ¿Qué había quedado con dos chicas a la vez? Pero qué morro, ¿no?
– Nooooo, en serio, al principio no me molestó. Hombre, no era lo que esperaba pero me dije: Mira qué majo, no va a lo que van la mayoría, quiere conocerme como amiga y a lo mejor, como el chico es algo tímido, se trae a una conocida de amortiguador. Claro, esta absurda hipótesis de autoengaño se disipó en el instante en el que apareció la perfectísima, altísima, rubísima, atractivísima, inteligentísima y simpatiquísima Olga y me fijé en la cara de bobo de Mario al verla llegar. Al parecer, según supe después, ya se habían encontrado un par de veces y enseguida me dio por pensar que a lo mejor el amortiguador no era ella, sino yo. A pesar de este primer contratiempo, me convencí a mí misma de que ella era una cría, que no debía sentirme amenazada por su exceso de perfección física y que seguramente tras una conversación, y en las distancias cortas, él acabaría decantándose por mí sin ninguna duda. Avanzamos hacia la tetería. Como la acera era muy estrecha, ellos dos, con toda la naturalidad del mundo se colocaron delante cobijados bajo el paraguas de Mario (ella no había traído), y yo, custodiándoles detrás, con el mío, en lo que no fue más que el inicio de lo que sería el resto de la tarde. NO LA VI. Supongo que toda esta situación, me distrajo y no vi la rejilla que ellos hábilmente habían esquivado. Total, que de pronto me veo en el suelo y con el tacón derecho atascado en la puuuuuuuuuuuñetera rejilla. ¡Qué vergüenza! Levanté enseguida la mirada con la esperanza de que no me hubiesen visto, pero ahí estaban los dos, que tras oír el golpe se detuvieron, y aunque no presenciaron la caída, sí llegaron a tiempo para contemplarme humillada en el suelo. Porque claro, el zapato no salía ni a la de tres. Al final, y creo que conteniendo la risa, ella me ayudó a levantarme, y él consiguió extraer el zapato y ponérmelo. Vamos, la versión Scary movie de la Cenicienta.
– Ya, y de ahí el tacón pelado, ¿no? Jo, cuánto lo siento Bea, pero eso nos puede pasar a cualquiera.
– No, no, espera. Eso fue sólo el comienzo. Ya en la tetería, y tras recibir por parte de ambos toda clase de ánimos y frases hechas para restarle importancia al suceso del zapato, pedimos una Shisha, con la que demostré una gran pericia, al contrario que Olga, que no paraba de toser. ¡Tomaaaaaaaaaaa!, en esto no me ganas, pensé. Ridícula de mí, porque a medida que fumábamos y charlábamos, mis intervenciones se fueron haciendo cada vez más breves. Olga y Mario descubrieron, una tras otra, múltiples coincidencias en gustos musicales, en aficiones, en libros y resultó además que ambos eran dos frikis de las novelas históricas. K.O. Me sentí tan inculta, tan fuera de lugar, tan invisible, tan lejos de ellos, que decidí marcharme. Tenía claro que habían conectado y que yo empezaba a sobrar, así que les engañé con un repentino dolor de cabeza. Con la boca muy, pero que muy pequeña, insistieron en que les acompañara a Huertas para tomarnos una copa y para no resultar antipática, les hice creer que iría con ellos, aunque sabía que a la menor oportunidad me marcharía a la francesa. Nos dirigimos al metro y cuando estábamos en el andén, no sé si por verdadero interés, o por llenar un recientete silencio, o simplemente por cortesía, la TODO ÍSIMA Olga se dirigió a mí. (Porque para Mario hacía horas que yo había dejado de existir)
o Me encanta tu paraguas. En serio, es precioso.
o ¿Si? ¿Te gusta? Le pregunté entusiasmada y agradecida en el fondo por prestarme un poquito de atención. El caso es que, dejándome cegar por esa euforia, quise regalarle una demostración in situ de las cualidades de mi fantástico paraguas automático, sin calibrar la potencia de su innovador sistema, ni recordar el lugar en el que nos encontrábamos. Menos mal que por lo menos tenía la cintita de seguridad que impidió que se abriera, pero el paraguas salió disparado hacia la vía, sin que nada ni nadie pudiera retenerlo. En cuestión de segundos, los dos me miraron, y yo a ellos, sabiendo los tres lo que sucedería a continuación. Y es que, en las pantallas ya anunciaban: PRÓXIMO TREN VA A EFECTUAR LA LLEGADA A LA ESTACIÓN
– ¿Me estás diciendo que tu paraguas ha sido atropellado por el tren?, la interrumpí incrédula. Y sin poder aguantarme más, solté una estruendosa carcajada al imaginarme la escena. Perdóname Bea cielo, pero es buenísimo. Lo que no entiendo es lo del jersey.
– Nada, tranquila, si sabía que te ibas a reír, me dijo sonriendo contagiada por mi risa. ¿Lo del jersey? Ahora lo vas a entender. Te juro que yo estaba convencida de que ya había cubierto el cupo de desgracias por hoy, que no era posible hacer más el ridículo, que esas cosas sólo pasan en las pelis malas de humor, y lo único que deseaba ya, era salir del metro y darles esquinazo. Eso, o que se abrieran los raíles y me tragara la tierra. Pues no, todavía faltaba mi último numerito, el de los fuegos artificiales, el que me llevaría al estrellato, nunca mejor dicho. Al llegar a la estación de Sol, nos dirigimos hacia las escaleras mecánicas, en la misma posición de sujeta velas de toda la tarde: ellos dos delante, y yo tras ellos. Era una de esas escaleras interminables que dan tiempo a relajarse, y pensé que lo mejor era esconder mi vergüenza mirando mi móvil. Con el convencimiento de que ellos estaban comentando la jugada del paraguas y para evitar mirarlos, me situé ofreciéndoles mi mejor perfil, apoyando mi espalda en uno de los laterales de la escalera, con tan mala suerte que mi adorado y recién estrenado jersey de lana naranja, se enganchó en uno de los tornillos sueltos y rotos de la parte de abajo.
– ¡No!!!!!!, interrumpí entre asustada, incrédula y jocosa
– Siiiiiiiiii, respondió. Justo lo que te estás imaginando. Las escaleras subían y mis piernas bajaban intentando no alejarme demasiado del lugar del enganchón, porque quedé literalmente atrapada a través de mi bonito pero traicionero jersey. Y por no hablar del atasco que originó mi estupendo número digno del Circo del Sol. La gente me insultaba, me preguntaban si estaba borracha, mientras que Mario y Olga, que lo habían presenciado todo, por supuesto, como no podía ser de otro modo, se alejaban de mi desgracia. Cuando conseguí por fin ganar en velocidad a la escalera y bajar del todo, recogí los restos de mi jersey, muy digna yo, hice una madejita (que guardé en el bolso), y me vine a tu casa.
Yo, que llevaba ya un buen rato doblada de risa en el sofá, le pregunté:
– ¿Y te has venido así, sin despedirte?
– ¿Tú qué crees? Había llegado al límite de mi vergüenza y además pensé: Quita, quita. Me marcho, que tal y como va la noche, a saber qué va a ser lo siguiente.
– A ver si los que van a ser gafes son ellos, Bea, dije desternillada.
A esas alturas de la historia, afortunadamente nos estábamos riendo tanto que la propia Bea reconoció que en un futuro lo recordaría como una de las mejores anécdotas de su vida.
Al día siguiente se marchó y pasado un año me contó que había recibido una llamada de Mario. Quería quedar con ella después de confesarle que estaba superando la ruptura con Olga. Después de diez meses viviendo juntos, ella se cansó y le dejó por un amigo de él, más joven.
– Mal momento, le dijo Bea. Acabo de casarme.

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POR MAYTE GARCÍA CANEIRO
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6 comentarios el “SHISHA PARA TRES

  1. Kneira
    septiembre 10, 2013

    Quéeeeee grande!!!! No podía parar de reír, el momento vueltas en el supermercado, brutal!!

  2. Granjera
    septiembre 11, 2013

    Con q

  3. Granjera
    septiembre 11, 2013

    Con quién se ha casado?!?!
    Me encanta momento La Sirena 🙂

  4. Laura
    septiembre 18, 2013

    q bueno Maite, me he desternillado con la historia,es genialísima, divertidísima,entretenidísima y simpátiquísima…..si es que mola todo de ella!! a por la próxima,,,

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Esta entrada fue publicada en septiembre 10, 2013 por en Relatos y etiquetada con , , , , , , , .

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