De Amor, Amantes y Amigos

Revista de amor y Relatos de amor

DE PELÍCULA

RELATOS CHICK LIT 4º

RELATOS CHICK LIT 4º

– Que síiiii, que te lo prometo, que de hoy no pasa, en serio. Hoy se lo cuento todo, tranquila. Venga, anda, no te preocupes, que va a quedar todo claro y la incógnita despejada. Vaaaale, tú también cuídate mucho. Un beso.

Hola a ti. Sí, sí, a ti, que estás leyendo este relato. Acabo de hablar con Mayte, la dueña y autora del blog De Amor, Amantes y Amigos. Por cierto, muy maja ella, ¿eh? Un poco pesada a veces, pero buena gente. Me ha llamado para pedirme que me presente, para decirme que después de tres relatos, considera que ya va siendo hora de que os desvele quién soy. Y sobre todo, ha insistido en que deje claro que soy un personaje de ficción, que poco o nada tiene que ver con ella o con su vida. Vamos, que lo que  quiere es que te explique que soy como Doña Rogelia para Mari Carmen o Macario para el Moreno. Me da a mí que ya se lo han debido preguntar más de una vez desde el primer relato, y ha pensado que lo mejor es, que sea yo la que te lo cuente todo.

Me llamo Lola y tengo historia aunque más que historia, son mis relatos, como diría mi particular versión de la canción de Café Quijano. Soy “soltera” circunstancial y estoy en esa edad, en la que empiezas a hacer muecas delante del espejo para apreciar la profundidad de las incipientes patas de gallo, en la que, un insignificante salero se convierte de inmediato en el peor enemigo de tus tríceps, en la que los niños te llaman “señora” cuando te preguntan qué hora es, y en la que te percatas de que tu memoria va más allá de lo que te gustaría. Me he casado y divorciado dos veces, tengo una hipoteca, dos trabajos que alivian los últimos días del mes, un centenar de revistas de decoración y las dos últimas temporadas de Friends, ya que la custodia de las otras 8 se la apropió el gran necio, estúpido, engreído, egoísta y caprichoso de mi primer marido (¡que viva la más grande!). Sí, ya lo sé. Primero digo que soy soltera y luego que me he casado dos veces. Pero después de tres años sin pareja estable, supongo que mi estado civil se ha debido de revirginizar, ¿no? Pues eso, que prefiero decir que soy soltera a separada. No por nada, sino porque aunque no lo creamos, los matices son diferentes, y después de todo, si algo surge, ya tendré tiempo de explicarlo, o no. De lunes a viernes me explotan como comercial en una empresa alicantina de calzado y los sábados por la mañana disfruto dando clases particulares de teatro para adultos, porque a pesar del rumbo profesional que ha tomado mi vida, yo soy ACTRIZ, de formación, de vocación, de alma, corazón y vida. Gracias a esas horas semanales, en las que desconecto del mundo e intento transmitir algo de lo que recuerdo, vuelvo a llenarme de energía y a reencontrarme con la Lola divertida, que se reía de su sombra, que soñaba, se arriesgaba, jugaba y se bebía la vida a palo seco. A pesar de no tener pareja, nunca me he sentido sola porque afortunadamente, mi carácter extrovertido, me ha regalado grandes amistades a lo largo de todo este camino que es la vida. Algunas las conservo desde la niñez, otras me atropellaron y desaparecieron tan rápido como habían llegado y en la mayoría de las ocasiones, se trata de personas que he conocido estos tres últimos años de fructífera soltería. Es realmente curiosa la manera en la que, de pronto, conoces a alguien de la forma más inesperada, y después se convierte, de la noche a la mañana, en una de tus imprescindibles. Ese es, precisamente, el caso de Marian. Ya te hablé de ella en el relato titulado, “El Amigo Kinder”. Es una de mis mejores amigas. Quién me iba a decir a mí que aquel último viernes de mayo de hace dos años, las estrellas, los astros y mi mala suerte con las sandalias compradas un mes antes a la competencia, me llevarían a la zapatería en la que la conocí. Eran unas sandalias planas, super cómodas, de esas, tipo chanclas con pulsera en el tobillo pero muy mal rematadas. El caso es que, al salir de una reunión con un posible distribuidor de nuestra firma de calzado, no me preguntes cómo ni porqué, el despistado talón de mi pie izquierdo, pisó la delantera del derecho, provocando una auto- semi- zancadilla y un posterior tropezón sin caída, menos mal, que dio como resultado el desprendimiento de la cinta de sujeción y me quedé literalmente descalza. (Éste ha sido mi jefe, que me ha echado un mal de ojo por calzar mis pies con otra marca, pensé cabreada). Aunque ya no había programado más reuniones para ese día y mi siguiente destino era el sofá open 24h de mi casa, sabía que mi capacidad y resistencia para andar a la pata coja no superaba ni medio minuto, así que, con la sandalia únicamente sujeta por el tobillo, la arrastré como pude a la zapatería más cercana.

–          ¿Me sacas un 37 de éstas, éstas y……éstas, por favor?

–          Vaya, qué mala suerte. A mí también me pasó lo mismo el año pasado, pero me pilló en una excursión, y no quiero contarte lo mal que lo pasé hasta que llegamos a casa.

Era Marian. Se estaba probando unos zapatos de salón en color crudo.

–          Pues sí, le respondí. No sabes el ridículo que he hecho hasta que he llegado aquí. Por cierto, te quedan fenomenal.

–          ¿Te gustan? Son para mi boda. Me caso hoy, me dijo ilusionada. De hecho, dentro de una hora. Bueno, en realidad no es una boda, boda. Vamos a hacernos pareja de hecho en el registro que está aquí al lado y ya que no llevo un vestido de novia, me apetecía comprarme por lo menos los zapatos, ¿no?

–          Pues mira qué bien. ¡Enhorabuena!……Perdona, estamos aquí hablando y no me he presentado. Soy Lola, ¿y tú?

–          Encantada Lola. Yo me llamo Marian. Oye, ¿te importa si te hago una pregunta un poco indiscreta?

–          Eso dependerá del nivel de indiscreción, dije divertida. Venga, ¡dispara!

–          ¿Tú tienes algo que hacer después? Quiero decir, ¿tienes algún compromiso?

–          Pues no, le dije algo confundida. Pensaba irme directamente a casa. ¿Por qué?

–          Pues porque necesito llevar un testigo y me encantaría que fueses tú.

–          ¿Yo?, pero si acabamos de conocernos….

Marian me explicó que ese era precisamente el pacto al que habían llegado Rodrigo y ella. Rodrigo era su novio. Llevaban juntos una semana pero les había dado tan fuerte a los dos, que habían decidido hacerse pareja de hecho, con la única condición, eso sí, de no contárselo a nadie. No les apetecía ni celebración, ni personas conocidas a su alrededor que les distrajesen o desviasen su atención de lo único que les importaba en esos momentos de embriagador enamoramiento, es decir, de ellos mismos. Para esto, los testigos no podrían ser ni familiares, ni amigos, ni compañeros de trabajo, ni siquiera un vecino. Marian llevaría a su testigo desconocido y Rodrigo, al suyo.

Me pareció todo tan alocado, sorprendente y divertido, que no pude negarme ante la insistencia y la emoción de Marian, con la que además, había conectado desde el minuto cero.

A la zapatería le siguió un café con charla, churros y risas. Muchas risas. Así que, cuando llegamos al registro, Rodrigo hubiera podido decir perfectísimamente, que habíamos incumplido el pacto. No le importó. Es más, a él le había sucedido algo similar con su testigo, un conductor de los autobuses Madrid- Visión, que precisamente ese día, libraba. De esta forma, Rodrigo, emparejado de hecho ya con Marian, la propia Marian, Hugo el conductor y yo, acabamos la tarde celebrando el enlace con cava y copas de plástico en la parte superior descapotada de la línea “Madrid Histórico”. Y todo, por la cara.

Fue la única vez que vi a Rodrigo. Siempre quedábamos las dos a solas, aunque no tan a menudo como a mí me hubiese gustado. Marian vivía por y para él y él……… Él era celoso, absorbente y posesivo.

–          Tengo la sensación de ser algo prohibido, le dije un día a Marian. Siempre que te veo, es en tu casa, y cuando no está Rodrigo. ¿Por qué? ¿Qué soy? ¿Tu amante bandido?

–          Pero qué dices Lola. Estás fatal. Quedamos en mi casa porque me encanta estar aquí y que tú vengas a verme. Y lo de que nunca está, es porque prefiero disfrutar yo sola de tu amistad, sin que esté él delante. Así somos más libres de hablar de lo que nos apetezca.

–          Eso, o que no le gusta que te relaciones con gente y te quiere para él solito…

–          ¡Ya le estás juzgando! ¡Hay que ver cómo eres Lola!

Había que dejarla. Cuando Marian se empeñaba en no ver, la mejor ayuda era cerrar también los ojos, al menos mientras la siguiese viendo feliz. Y lo era, vaya si lo era, porque a las actrices, te aseguro que las conozco, y muy bien.

–          ¡Anda mira! Hablando de la reina de Roma. Es un whatsapp de Marian. Me pregunta si me apetece ir al cine esta tarde. En la puerta de los cines Princesa a las 19:00 para ver una argentina. Ok, guapa, nos vemos allí. Un beso.

Pues ya son las cinco y todavía tengo que ducharme así que si no te importa, continuaré con mi historia y la de Marian en otro momento.

–          ¡Mierdaaaaaaaaaaaaaaaaaa!. Ya me he cortado otra vez, y con la prisa que tengo. Pero ¿a quién coño se le ha ocurrido ponerle a esto el atributo de abre fácil?

Como había perdido mis tijeras del baño, el otro día, me compré unas pequeñas, precisamente para cortar los puñeteros blíster de las cosas que se describen como abre fáciles (y que en realidad son pequeñas armas blancas camufladas), o las etiquetas de plástico duro que ponen ahora en algunas pulseras o collares. Pero soy tan despistada, que no me percaté de que las tijeras también venían en un plástico duro “ábreme si tienes huevos”, y al final, y tras darle un primer tajo con el cuchillo me he terminado cortando con el plastiquito . ¡Si yo sólo quería estrenar mi pulsera nueva!. Al final llego tarde, ya verás, con lo puntual que es Marian.

Efectivamente, cuando llegué a las siete y diez, Marian no estaba en la puerta del cine. No la veía por ningún lado así que la llamé por teléfono:

–          Perdona cielo. Sé que llego tarde, pero he tenido un problemilla doméstico. ¿No te habrás marchado, no?

–          Hola, me respondió susurrando. Estoy aquí, detrás de unos arbustos.

–          ¿Qué estás dónde? No te oigo, Marian, ¿por qué hablas tan bajo?, le dije sin entender nada.

–          Me he tenido que esconder. Ahora te lo explico.

–          Pero es que no te veo, dije también en voz baja sorprendiéndome a mí misma por el efecto contagioso que tiene el susurro. Volví a subir el volumen. ¿Que dónde estás Marian?

–          ¿Ves el jardincillo que hay justo en frente del cine y del Macdonal?

–          Sí, le dije mientras me giraba ciento ochenta grados.

–          ¿Y ves la hilera de arbustos?, continuó con sus palabras medio silbadas.

–          ¡Que sí, que lo veo, pero a ti no!.

–          Eso es porque estoy en cuclillas.

–          Anda queeeee, ya te vale. Voy, y me lo cuentas, porque de verdad, ¡contigo me siento siempre como dentro de una escena de una peli de Almodóvar, guapa!

Ahí estaba la pobre Marian, sentada en sus botines altos de leopardo. Como no sabía de qué iba todo aquello, seguí con el efecto imitación y también me situé en modo “soy invisible”, a pesar de las caras de extrañeza que percibí, por parte de los que estaban sentados en la terraza que se encontraba justo detrás de nuestro ridículo.

–          Estás como una cabra, (y le dí dos besos). ¿Me quieres decir de qué nos escondemos?

–          Más que de qué, es de quién. Acabo de ver a Rodrigo con la capulla, zorra, asquerosa y guarra con la que me puso los cuernos. Han pasado cinco meses desde que lo dejamos y mira, sigue con ella. Eso es que les va bien, y bajó entristecida su mirada hasta ponerla a la altura de sus tacones.

–          Vaya, lo siento. Pero ¿dónde están? Aunque también te digo, que incluso teniéndole a mi lado, creo que no le reconocería. Sólo le vi una vez, y fue el día de vuestro emparejamiento de hecho. Y de eso haceeeeee?

–          Dos años y medio, respondió pensativa.

En ese momento supe que Marian acababa de desplazarse a aquellos días felices de amor y planes de futuro y decidí romper el encanto, como siempre hacía, para rescatarla y depositarla en su realidad.

–          Marian, ¿Qué cómo ha sido? ¿Dónde están?

–          Ay, perdona. Se me ha ido la perola, pero es que estoy un poco nerviosa. Están en el Vips. Yo estaba aquí, esperando a que llegaras, cuando de pronto les he visto y mi reacción inmediata ha sido, primero esconderme, y luego vigilarles para ver qué hacían. Han cruzado la plaza despacio, paseando, mirándose ensimismados, sonriéndose y haciéndose gestitos de enamorados, hasta que se han detenido delante de la cartelera. Después se han dado un beso de película….

–          Muy propio delante de un cine, ¿no?

–          ….y de post beso, se han dirigido y entrado en el Vips. Es decir, lo mismísisisisissimo que hacía conmigo cada vez que veníamos a este cine. Ha sido impresionante, te lo juro. Era como tener un déjà vu de esos, ¿sabes?

–          Hombre Marian. Lo que me cuentas no es exactamente un déjà vu, pero teniendo en cuenta las circunstancias atenuantes, admitiremos pulpo como animal de compañía.

–          Lo que quiero decir es que tengo la sensación de haber asistido a una especie de ritual. Nosotros veníamos mucho a este cine, cuando estábamos juntos. También llegábamos despacio, dando un paseo, mirándonos. Me besaba delante de la cartelera mientras decidíamos la película, y después nos íbamos a merendar al Vips antes de entrar. Tía, ¿no lo entiendes? Que ya he comprado nuestras entradas, y nos vamos a encontrar en el cine y me voy a querer morir. ¡Y a ver qué haces tú con una muerta!

Y como había soltado toda esta parrafada sin ningún tipo de pausa para tomar aliento, a la palabra muerta, le acompañó un simpático gallito que me hizo sonreír.

–          Anda, anda, Marian. Qué exagerada eres. Pero si a lo mejor ni siquiera van al cine. Es raro que no hayan salido ya del VIPS, ¿no?

Y según terminé mi frase, Marian me cogió del brazo con fuerza para invitarme otra vez a los bajos de los arbustos.

–          ¿Cómo que no? Míralos, ahí salen y van directos al cine, seguro.

Efectivamente. Rodrigo y su “recién estrenada”, entraron en el cine y pude observar cómo llegaban hasta la taquilla. En semejante situación, sólo se me ocurrió decir.

–          Muy mala suerte tendríamos que tener para que, de 8 películas de la cartelera, fuesen a escoger precisamente la nuestra. Nooooooo, que va, no creo. Pero, de todos modos, si quieres, aprovechando que ahora están dentro, podemos irnos y pasar de la peli.

Se hizo un silencio, sólo interrumpido por un repentino estornudo de Marian.

–          Ayyyyyy, no sé qué hacer Lola. Por un lado, saldría corriendo ahora mismo, y por otro, me estoy odiando mucho por ser tan cobarde, cuando el que debería sentir vergüenza en todo caso es él. Estoy hecha un lío, de verdad.

–          Mira, si quieres, podemos hacer una cosa. Como estoy segurísima de que Rodrigo no se acuerda de mí, y mucho menos ahora que tengo el pelo más corto y más oscuro, voy a entrar para intentar averiguar la película que van a ver, y con esa información, lo decides, ¿te parece?

–          Vale.

Me respondió con un gesto y una voz que me hicieron ver en ella a su niña interior. Entré en el cine con cierta pose de agente secreto, y al no verles en la parte de arriba, me imaginé que estarían en la de abajo, (que la poli no es tonta y si ven una colilla dicen: aquí han fumado). Y sí, allí estaban la pareja de pollos. Ella, sentada en unos labios de terciopelo rojo, y él, de pie leyendo la sinopsis de LA PELÍCULA. El problema fue, que desde la escalera, me resultaba imposible adivinar el título, y tampoco su posición me ofrecía información alguna sobre la puerta por la que entrarían. Los labios estaban junto a la puerta 6 y él se encontraba más cercano a la 3. Y en ningún caso, esa era la puerta por la que nosotras teníamos que entrar. Volví con Marian y le conté las conclusiones de mi investigación, pero ella ya había tomado una decisión, antes incluso de hablar conmigo.

–          Mira Lola, entramos y ya está. Que sea lo que tenga que ser. Vamos a confiar en la suerte y a pensar que no me voy a encontrar con ellos, y si me encuentro, pues nada, a ver cómo reacciono. Tengo que enfrentarme con esta situación y demostrarme que de algo han servido los 50 libros de autoayuda que he leído estos meses.

–          ¿50?, pregunté ojiplática.

–          Bueno, 20 o 30, da igual. Sin pasta para un psicólogo, era eso, o tirarme a la bebida.

Decidimos no obstante, calculando el tiempo que duran los tráiler, entrar unos minutos más tarde para seguir disminuyendo las posibilidades de catástrofe. Avanzamos a oscuras, siguiendo la linterna del acomodador y ocupamos las dos primeras butacas más cercanas al pasillo, de la fila 7.

–          Lola, les tenemos justo detrás de nosotras. En concreto, tú a la zorra, y yo al del ritual. Le he reconocido al pasar y además, lleva puestas las zapatillas que le regalé en su cumpleaños.

La bomba susurrada al oído que me acababa de soltar Marian, me puso tan nerviosa que me dio un ataque de risa contenida. Aguantó como una campeona las dos horas de la lacrimógena historia de amor, con aroma a tango, que nos tragamos. Soportó los múltiples rodillazos que su ex le estaba propinando en el respaldo, y ni siquiera se giró cuando el susodicho importunó a todo el público con una molesta tos seca. Estaba claro que Rodrigo también había reconocido la cara b de Marian. Así que, cuando los títulos de crédito empezaban a desfilar, y todavía con las luces apagadas, mi heroína se levantó, se giró, le miró y dijo en voz superlativa:

–          Por favor, ¿me pueden escuchar todos? Son sólo unos segundos. La película ha sido preciosa, pero lo que yo les quiero pedir es un favor muy sencillo. Se trata de dar un fuerte aplauso al mejor actor de todos los tiempos, afirmó mientras señalaba con sus dos brazos al “Grannnnn Rodrigo”.

No me lo podía creer. En cuanto ella empezó a aplaudir, todos lo hicieron. ¡Qué capacidad de liderazgo tiene esta chica!, pensé admirada, o qué borrega es la gente. Rodrigo, avergonzado, se fue hundiendo literalmente en la butaca, hasta que su “incrédula” tomó la iniciativa, y lo arrastró a la salida.

–          ¡Ole tus ovarios!, le dije mientras me giraba hacia ella. Después simplemente decidí regalarle mi último aplauso.

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POR MAYTE GARCÍA CANEIRO
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5 comentarios el “DE PELÍCULA

  1. Kneira
    septiembre 30, 2013

    Con la sensación de conocerte, Lola!!! Bienvenida.

  2. Laura
    octubre 10, 2013

    Esto se disfruta mucho, No dejes de sorprenderme

  3. miguel angel
    octubre 10, 2013

    Entretenimiento asegurado, así da gusto, besos.

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Esta entrada fue publicada en septiembre 28, 2013 por en Relatos y etiquetada con , , , , , , , , , , .

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