De Amor, Amantes y Amigos

Revista de amor y Relatos de amor

AMOR EN NUEVA YORK

 AMOR EN NUEVA YORK

–          Hombreeeeeee, ¡dichosos los ojos! Pero qué guapa estás. ¡Qué bien nos han sentado esas vacaciones, ¿ehhhhh? Ven aquí y dame un abrazo, que me moría de ganas de que volvieras, se incorporó una efusiva Carol cuando me vio entrar por la puerta de siempre de mi tediosa oficina.

–          ¡Pero qué exagerada eres!, contesté devolviéndole el abrazo. Si sólo han sido diez días. ¿Cómo va todo por aquí? ¿Novedades?

–          Jo, hija. Hay que ver qué profesionalidad. Un poquito de plancha y marujeo antes de ponernos serias, ¿no? ¿Qué tal el viajecito al aroma de luna de miel con tu churri profe? ¿te ha metido ya la quinta?, continuó interrogándome Carol con un gesto pícaro y ansioso.

–          ¡Qué bestia eres Carol!, sonreí. He quedado esta tarde con Marian en mi casa para contarle todo con detalle. Si te apuntas, os pongo al día, prometí mientras revisaba perpleja y agobiada, la bandeja de entrada  de mi email, donde algo más de 200 mensajes esperaban impacientes a que les despojase de “la negrita” de encima.

–          No lo dudes, allí estaré, que la historia promete. Pero sólo quiero un titular, ¿qué tal? ¿bien?

–          Eso espero. Sólo te diré que si después de este viaje, quiere seguir conmigo, sin duda es el hombre de mi vida, avancé misteriosa.

–          Pero, ¿y eso? ¿tan mal ha ido?, preguntó Carol preocupada.

–          Hombre, mal, mal, no, pero digamos que, ha descubierto a una Lola o ciertas facetas de una Lola algo diferente a lo que él ya conocía. ¡Pero basta ya, no sigas sonsacándome que tengo mucho curro! Luego os lo cuento. Y puse fin radicalmente a la conversación.

El día transcurrió veloz, y a pesar del jet- lag, de mi depresión post- vacacional y de la sucesión de imágenes que de vez en cuando me asaltaban y recordaban algunos de los episodios vividos en mi viaje, llegaron las 3 de la tarde de aquel viernes. Era genial volver al trabajo un viernes. Había tenido el tiempo suficiente para ponerme al día, y me esperaba otra vez mi adorado fin de semana. Me despedí de Carol hasta más tarde. Ella y Marian vendrían a nuestra particular fiesta del pijama, acontecimiento que celebrábamos cada vez con menos frecuencia, pero que nos servía a todas de terapia grupal. Volví a revisar el móvil y nada, ni un mensaje, ni una llamada, ni un miserable whatsapp de Carlos. Empecé a temerme lo peor. ¡Otro que sale por patas! Pero me mantuve firme y no caí en la tentación de llamarle. Vamos a dejar que el chico respire y asimile, pensé poco convencida. Tenía la misma sensación que otras veces, y con la misma persona. Ningún hombre había conseguido tenerme nunca tan pendiente, pero ese tira y afloja, protagonista desde el principio de nuestra relación, me estaba consumiendo. Y este silencio ahora ¿qué significa? Que quiere que le llame yo, que quiere que interprete que pasa de mí, que simplemente pasa de mí… ¿Por qué? Y digo más ¿Por qué no me lo puedo quitar de la cabeza? Me repetía una y otra vez sin percatarme de que mi propio ensimismamiento me había hecho pasarme la estación de mi casa.

Había conocido a Carlos hace algo más de dos años, cuando decidí que ya iba siendo hora de desempolvar mi carnet de conducir. Después de casi dos décadas sin atreverme a coger el volante de un coche, de dos renovaciones y de haberme convertido en la persona con menos multas y tener acumulados más puntos que nadie en todo el planeta,  llegó a mi buzón la publicidad de una autoescuela que acababa de abrir en mi recién estrenado barrio. Por aquella época, y tras llevar un año separada, todo en mi vida era nuevo. Nueva casa, nuevo barrio, nuevo trabajo, nuevos amigos, nuevas actividades, nuevos electrodomésticos con sus nuevas, confusas  y enrevesadas instrucciones…. Así que decidí que quizás también iba siendo hora de quitarme mis antiguos miedos y comprarme un coche nuevo. Pero para ello, no había otro camino. Antes debía dar unas cuantas clases prácticas porque a esas alturas y después de tantos años, no existía ninguna garantía de no estrellarlo a la salida del concesionario.

Después de rellenar unos formularios y abonar el 50% de las 32 clases que decidí contratar, (¿exagerada yo? Para nada) me asignaron al que se convertiría de inmediato en el motivo de mis pasados y actuales desvelos. Carlos era guapo. Carlos era tremendamente atractivo y sexy. Carlos era agradable, simpático, dicharachero y sencillamente encantador. Enseguida me di cuenta de que yo no era la única en tener esa opinión sobre el chiquillo. Todo el género femenino que se paseaba, trabajaba o asistía en calidad de alumna a la autoescuela, bebía los vientos por él. Lo que me faltaba, pensaba. A estas alturas, tener que competir por un tío.

–          Así que, ¿llevas casi veinte años sin coger un coche? Me preguntó un incrédulo y algo guasón Carlos en mi primera clase. ¿y eso cómo ha podido ocurrir? ¿le cogiste miedo?

–          Digamos que lo de conducir nunca ha sido lo mío. Me saqué el carnet en la pequeña ciudad más cercana al pueblo de mis padres, cuando todavía no existían rotondas. Conduje sólo el primer año, y por carreteras comarcales. Nunca he conducido por una ciudad grande como Madrid, reconocí avergonzada.

–          Ya veo, pero lo básico: arrancar, embragar, frenar, acelerar, poner intermitentes, aparcar, ¿crees que eso lo recuerdas? Insistió Mister Autoescuelas aguantando la risa.

–          Hombre, eso yo pienso que sí, me envalentoné.

–          Perdona que te haga estas preguntas, pero necesito saber aproximadamente cuál es tu nivel, para adaptar tanto mis clases, como los lugares a los que te llevo, aclaró al sospechar que me había ofendido su interrogatorio. Lo que no entiendo es por qué lo dejaste tanto tiempo. ¿Ocurrió algo especialmente traumático para que dejaras de conducir?

–          Pues sí, varias cosas muy seguidas. Cómo te lo diría. Soy un pelín despistada. Por si te sirve de algo, el profesor de la autoescuela con el que me saqué el carnet, me decía que no conducía mal, pero que mi problema era que no ponía todos mis sentidos en el volante, así que tras aprobar, y por el miedo a mis despistes, instauré la ley del mínimo esfuerzo: conducía por debajo del mínimo límite permitido, ocasionando múltiples y sonoras pitadas, aparcaba a las afueras de la ciudad y me subía andando, para evitar tener que maniobrar… Pero un buen día, que me sentí valiente, decidí aparcar en el centro, mientras hacía unas gestiones, y en una de las calles estrechas, al intentar torcer, me llevé por delante la esquina de una casa, dejando las puertas laterales completamente destrozadas. Aunque ese episodio lo superé, otro día, al volver al pueblo, me sorprendió una copiosa y cegadora tormenta de verano y en un adelantamiento, casi me doy de frente con el coche que venía en la otra dirección. Todavía no me explico cómo lo hice, pero al regresar a mi carril, obligué también a frenar a los que venían detrás de mí, que de inmediato me hicieron sabedora de su indignación con una sonora sinfonía de cláxones. En fin, que me acojoné viva y desde ese momento empecé a ser una fiel y profesional copiloto. Creo que tengo la enfermedad esa, que ahora no me acuerdo cómo se llama, pero que se resume en miedo a conducir, expuse ante la preciosa y sonriente mirada de mi guapetón profesor, que desde ese momento, no sé si por la naturalidad y sinceridad de mi relato, o simplemente, porque lo hacía con todos sus alumnos, demostró una paciencia y comprensión en todas sus clases, que me hacían sentirme más que cómoda a su lado. Eso, y que era un cachondo y me partía de risa en cuanto abría la boca.

Deseaba que llegaran los lunes y los miércoles,  para disfrutar de su compañía, aunque sólo fuera una hora y empezaba a fastidiarme enormemente el desfile de féminas que venía a recogerle al terminar la clase. Aunque Carlos no hablaba demasiado de su vida privada, a través de una de sus compañeras, Esther, supe que no sólo estaba soltero, sino que ninguna de esas chicas significaba nada para él. Conocía a Esther porque el año anterior se había apuntado a uno de los monográficos de teatro que yo impartía los sábados, y aunque no habíamos vuelto a vernos, las dos celebramos la casualidad de reencontrarnos tomándonos unas cervezas al finalizar una de mis clases. El nivel de nuestra mutua alegría se equilibró con el número de botellines acumulados en la mesa del bar que estaba en frente de la autoescuela, de tal forma que, a partir del quinto, se me soltó demasiado la lengua y me sorprendí a mí misma confesándole lo pillada que estaba de mi profe.

–          Tranquila Lola, hip, puedes confiar en mí. Te prometo que seré una tumba y que te guardaré el secreto, hip, que eres más maja que todas las cosas, hip. Pero te aviso que Carlos es un tío complicado y misssssterioso. Estuvo viviendo con una chica durante unos meses y terminaron bastante mal, hip. Creo que está en esa etapa de no querer saber nada ni de relaciones ni de compromisos. Vamos, que utilizando la jerga automovilística, te confirmo que su semáforo está en rojo, me previno la anestesiada lengua de trapo de Esther.

–          No, si yo tampoco quiero nada serio, mentí al universo. Ya tengo suficiente con dos divorcios en mi currículum sentimental, y me pedí otra cerveza para olvidar mi poca o nula destreza en la asignatura “Elección correcta de hombres”. Siempre suspendía. Huía de los que me perseguían, de los buenos chicos, de los que me querían, y cómo no, me enganchaba de los complicados, misteriosos y que no podían ofrecerme nada duradero ni serio, como la gran mayoría de las mujeres. Éste había sido siempre uno de los mayores conflictos de mi vida. ¿Era masoquista o simplemente me sentía atraída por los retos, por la satisfacción de conseguirlos? Prefería pensar lo segundo.

Sin planificarlo, sin pensarlo y sin pretenderlo, empezamos a una apasionadísima relación de ni contigo ni sin ti, donde, a una ruptura, le seguía su correspondiente y ardiente reconciliación. En definitiva, en el momento en el que por fin empecé a controlar las señales, los pedales, el volante y los intermitentes del coche, desaprendí todo lo vivido en lo que a conducir una relación se refiere, y los intermitentes, se convirtieron, valga la redundancia, en los protagonistas de mi historia con él. Acelerones, frenazos, idas, venidas y un sinfín de curvas me mantuvieron mareada durante más de un año, hasta que mi obligado viaje laboral a Londres me ayudó a tomar la decisión de ponerle punto y seguido al romance. Y digo punto y seguido, porque durante mi estancia de casi un año en la ciudad de la eterna niebla, Carlos vino a verme un par de veces. Lo mismo me echaba de menos cuando no me veía, que me echaba de más cuando estaba conmigo, como decía la canción del Veneno. El caso es que no terminábamos de fluir ni la relación acababa de cuajar. “Damas y caballeros, por un lado, con más miedo que vergüenza y con 50 kilos de inseguridad en su haber, la asustada y desconfiada Lolaaaaaaa, que se enfrenta en esta batalla, al huidizo, acojonado soltero empedernido y con 72 kilos de insensibilidad e incapacidad para demostrar sentimientos, Carlosssssssss”. Total, que con esa actitud, no había manera ni de encontrarnos, ni de coincidir, ni mucho menos de tener una relación medianamente normal. Finalmente y de mutuo acuerdo tomamos la decisión de volver a dejarlo por enésima vez, hasta que, tras varios meses sin saber nada el uno del otro, unos amigos comunes nos invitaron a un cumpleaños, en el que, después de apagar las velas, volvió a encenderse la llama de nuestra pasión. Y para celebrarlo, y a pesar del frío que sabíamos que íbamos a pasar, compramos dos billetes a New York, New York.

–          Que sí tonta, que es muy fácil y encima las chicas no tenemos que pagar nada. Entras en la página, te haces un perfil y a ligar, le contaba una divertida Carol a una atentísima e interesada Marian, mientras yo terminaba de apañar la cena a base de foie con mermelada de arándanos y Quiche Lorraine.

–          A mí es que, lo de conocer tíos por Internet me da un poco de miedo. Tiene que haber mucho loco suelto, ¿no?, continuaba incrédula y prejuiciosa Marian.

–          Hombre, hay de todo, reconocía Carol. La semana pasada, sin ir más lejos quedé con uno con el que había estado chateando durante un mes. En la foto parecía guapete y la verdad es que, por el chat me reía mucho con él, así que, ante su insistencia, decidí darle una oportunidad. Bueno, pues nada más verle bajar del autobús, me arrepentí, relataba sin poder evitar carcajearse. Igualito que Steve Urkel, ¿os acordáis? O como Julián Muñoz, con unos pantalones que le llegaban casi hasta las axilas, unos tirantes con la bandera de España y una pajarita. Por no hablar de su pelo “me acaba de lamer una vaca” y sus gafas de culo de vaso. Os juro que cuando lo vi, llegué a mirar hacia los lados para ver dónde estaba la cámara oculta.

–          ¿Y por qué no te fuiste? Me incorporé a la conversación, al tiempo que extendía el mantel sobre la mesa.

–          Claro que me fui, pero después de tragarme durante dos horas la extraña relación a lo Psicosis que mantenía con su madre. Pero cuando ya me empieza a decir que a su padre le había asesinado su hermano pequeño, el cual estaba en la cárcel, y que a su madre la cuidaba él porque siempre estaba enferma, con depresión, y en la cama, me dije, uffffffffff, es el momento de recibir una llamada. Le mandé un mensaje de SOS a mi hermana, que inmediatamente me telefoneó, con una excusa falsa, y me piré, antes de que tuviese tiempo de pedir la cuenta y se empeñara en acompañarme al metro.

–          ¡Joderrrrrrr!, qué miedo Carol. ¿Y todavía quieres que me haga un perfil?, interrumpió Marian, todavía atónita por la anécdota.

–          ¿Y quién te dice a ti que el tío, al ver las pintas hippies de Carol, no se inventara la historia de la madre, precisamente para conseguir que aquí, nuestra seductora amiga, saliera por patas? Añadí jocosa la conversación.

–          Mírala ella qué graciosilla está, cómo se nota que viene muy contenta de su viaje, ironizó divertida Carol. Bueno, ¿y tú qué? Que nos tienes aquí entretenidas y no sueltas prenda, hija, que hay que sacarte las cosas con sacacorchos. ¡Qué pelmazo de tía!

–          Eso, eso, le secundó Marian. ¿Cómo ha ido el viaje? ¿La Historia Interminable continuará?

–          Pues sinceramente, no lo sé. Llevo todo el día sin saber nada de él, y yo, la verdad es que tampoco me he atrevido a llamarle, reconocí algo intranquila y preocupada.

–          Pero ¿qué ha pasado en el viaje que sea tan terrible como para no saber si seguís o no seguís? Me preguntó Marian cariñosa.

–          Que hice mucho, pero mucho el ridículo, chicas, y cuando digo mucho es muuuuuuuuucho, y ahora tengo un poco de miedo de que piense que soy un desastre, o que estoy un poco pirada, o que crea que no me puede corresponder, o que se haya cansado al darse cuenta de que estoy loca por sus huesos. Y ya sabéis vosotras que no hay nada que aleje más a un tío que percibir que te tiene en la palma de su mano. A los hombres les atrae y les mueve la conquista, y cuando consiguen su presa, su instinto les arrastra hacia una nueva. Es algo atávico e irracional, y yo, me he expuesto demasiado en este viaje. Y es que no sé hacer lo que hacen otras tías. Yo cuando quiero a alguien, lo digo, y si siento, lo demuestro, sin medida, sin control y sin límites, y no me guardo nada para mí…..y……

–          Pspspspspsps, tranquila cielooooooo, respira, que seguro que no es para tanto, intentó tranquilizarme Marian cogiéndome la mano.

–          Lola, estás super colgada, tía, nunca te había visto así. Estoy flipando contigo, dijo Carol asombrada. Pero ¿por qué dices que hiciste el ridículo y sobre todo por qué estás tan insegura con esta relación? Si total, desastre y pirada, te das cuenta que lo eres en cuanto se te conoce, bromeó mientras me guiñaba un ojo. Pero Lola, esa eres tú, y precisamente tus excentricidades, tus despistes y tus pequeñas locuras, llenan de color tu vida y la de los que te rodeamos. Eres especial y divertida, como nosotras, ¿verdad Marian?

–          Jo hija, qué subidón de autoestima me entra cada vez que te veo. Di que sí, aplaudió Marian la intervención e inyección de optimismo de Carol. Pero a ver, volvió a dirigirse a mí. ¿Qué hiciste que fuera tan vergonzoso?, insistió.

–          Veréis, comencé a relatar. El viaje ha sido precioso porque Nueva York es espectacular y está lleno de referencias cinematográficas que a todos nos resultan familiares, con sus taxis amarillos, sus interminables edificios, Time Square, Central Park, La Estatua de la Libertad, el puente de Brooklyn, el humo saliendo del suelo, los puestos de perritos, Tiffany’s…y quizás fue  precisamente ese entorno y ese escenario tan de película, junto a mi embobamiento romántico, los culpables de mi desdoblamiento de personalidad, transformándome de pronto en una torpe Bridget Jones, que no ha dejado de meter la pata.

–          Pero qué exagerada eres, Lola, me interrumpió Marian. Seguro que no es para tanto.

–          ¿Que no es para tanto?, continué. El primer día me cargué la persiana de la habitación en la que nos alojábamos, aunque gracias a un apaño con un cuchillo de plástico, improvisado por  mi Carlos, alias, Mcgiver, nos libramos de abonar el desperfecto. El segundo, le demostré mi falta de equilibrio en la pista de patinaje del Rockefeller Center. El cuarto día, paramos a descansar y entrar en calor en una cafetería. Aproveché para ir al baño, pero, al tirar de la cadena, el agua empezó a rebosar de tal forma, que decidí salir disimulando y sin mirar atrás, aunque de inmediato, y al ver que los dueños entraban preocupados con cubo y fregona al percatarse de que el agua iniciaba un imparable desbordamiento por debajo de la puerta, enseguida, mi Carlos, alias, Investigador Privado, dedujo que yo había sido la última en visitar el excusado, y por tanto, culpable del incidente. Pero la peor de mis cagadas, la más vergonzosa, estaba aún por llegar. Decidimos que no podíamos marcharnos de Nueva York sin asistir a uno de los musicales de Broadway y el penúltimo día, compramos dos entradas para ver Mamma Mía. La noche, aunque tremendamente gélida, prometía y yo me sentía realmente emocionada. Estaba con mi amor en Nueva York, en Broadway, rodeados de luces, de glamour, de limusinas y a punto de disfrutar de un musical. ¿Qué más podía pedir? Al entrar, nos ofrecieron unos cascos y un aparatito que contenía una grabación de traducción simultánea para poder seguir el espectáculo, pero no nos avisaron de que la locución del castellano no comenzaba hasta pasados un par de minutos del propio musical, o a lo mejor sí, pero como mi inglés es de Vallecas, no lo entendí, de tal manera que, al levantarse el telón e iniciarse los primeros acordes, pensé que mi auricular estaba estropeado y toqué todos sus botones, subiendo, sin saberlo, el volumen al máximo. Me pegué tal susto cuando empezó a sonar, que los cascos saltaron por el aire, cayendo a los pies de mis vecinos de fila, y provocando un molesto incidente que ocasionó la indignación y las miradas asesinas de toda la platea y de la acomodadora, que al unísono me reprendieron con un Shshshsshshshshshshs tan afilado que me clavó en mi asiento y me dejó inmóvil durante todo el primer acto. Carlos, mientras tanto, se moría de la risa y yo me acordaba de Paco Martínez Soria en “La ciudad no es para mí”. Tengo que reconocer que estaba tan avergonzada, que, aunque recuperados mis auriculares a un volumen normal, no me enteré de los diez primeros minutos del musical. Pero ahora viene lo bueno.

–          ¿Ahora? Exclamaron a la vez Carol y Marian, que a esas alturas de la historia ya no reprimían sus carcajadas

–          Sí, ahora, ya veréis. Pues bien, finalizado el primer acto, como os decía, encendieron las luces del teatro e invitaron al público a acercarse a la barra, integrada en la parte trasera de la sala, para tomar algo. A nosotros no nos apetecía, y teniendo en cuenta mi reciente metedura de pata con los traicioneros cascos, preferimos no movernos demasiado intentando pasar desapercibidos, que los españolitos, ya habían dado bastante la nota. No obstante, Carlos decidió acercarse, por el pasillo central inclinado, hacia el escenario para cotillear la orquesta ubicada debajo de él, y yo, me quedé en ese mismo pasillo, de pie, esperando a que subiera. Todavía no entiendo qué fue lo que se me pasó por la cabeza. Supongo que las veinte veces que me he tragado Dirty Dancing tuvieron algo que ver. El caso es que, cuando Carlos se dio la vuelta y empezó a subir por el pasillo rojo, el personaje de Baby en la citada película se apoderó de mi cuerpo, y comencé a correr hacia un incrédulo y sorprendido Carlos que no entendía qué era lo que yo pretendía. En cuestión de segundos, que en mi mente se ralentizaron como en uno de los capítulos de Oliver y Bengy, me abalancé sobre él, que, al no haber captado la señal que proyectaba mi imaginación, donde su papel debería haber sido Patrick Swayze en esta espontánea y surrealista escena, no levantó los brazos para cogerme y alzarme, como el famoso salto de la película, acabando los dos en el suelo, él boca arriba, y yo, a horcajadas sobre él. Imaginaros el panorama. Carlos, sin poder ni hablar, sólo me miraba con sus pupilas dilatadas y con forma de signo de interrogación; el público, testigo de la cómica escena de amor, empezaba a sospechar que fuéramos dos de los personajes del musical, contratados expresamente para amenizar el descanso, y yo…, yo no sabía ni lo que había hecho, ni por qué lo había hecho, ni dónde meterme. Al final, salvé la situación con un nervioso ataque de risa que consiguió contagiar a Carlos. Pobreeeeee, seguro que estaba deseando volver para librarse de mí porque piensa que estoy tarada.

–          Eso seguro, no paraba de reír Carol, que se secaba las lágrimas con una de las servilletas de papel. Pero qué buena anécdota Lola, es genial. Una escena de película en pleno Broadway. Te van a dar el próximo Oscar, seguía bromeando.

–          ¿Y por eso estás preocupada? Preguntó Marian, que también se sujetaba ya la tripa por estar doblada de la risa. Estoy convencida de que eso es de lo más divertido y sorprendente que ha debido ocurrirle nunca con una chica.

–          ¿No me digas? Pero ahora me va a ver como una payasa de circo, y no como una mujer seductora y atractiva….

En ese preciso momento un bip bip me anunció que acababa de recibir un whatsapp de Carlos y al abrirlo sólo una frase y tres emoticonos con besos de corazón:

–          Hola pichón, ¿nos vemos mañana? Te echo de menos.

 

Safe Creative #1312109554339

 

POR MAYTE GARCÍA CANEIRO
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4 comentarios el “AMOR EN NUEVA YORK

  1. kneira
    diciembre 10, 2013

    Me has alegrado el día!! Adoro a Lola!!!!!

  2. Elenuda
    diciembre 12, 2013

    Cada vez mejor!!!!!!!!! Cada vez me río, me emociona y me gusta más!!!. Quiero más!!!!!!!!

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