De Amor, Amantes y Amigos

Revista de amor y Relatos de amor

UNA AVENTURA A LA ITALIANA

UNA AVENTURA A LA ITALIANA

A ver chicos, éste es un ejercicio estupendo para entrar en conexión con vosotros mismos durante una hora. Os aconsejo que os lo toméis en serio porque si lo hacéis de verdad, puedo aseguraros que vais a descubrir aspectos de vosotros que desconocíais o simplemente no recordabais, y eso siempre es interesante, ¿no? Cuando haya transcurrido una hora, encenderé las luces, y voluntariamente, los que así lo deseen, saldrán, y delante de todos, relatarán cuáles han sido sus sensaciones y qué ha sido lo primero en acudir a su mente. ¿De acuerdo? A ver, ¿preparados?, pongo la música y lo dicho, dejáis la mente en blanco y movéis vuestro cuerpo en función de lo que la música os transmita. Ojo, no se trata de bailar. No penséis en nada, y sólo escuchad la música y a vosotros mismos, eso es todo.

Disfrutaba tanto en mis clases de teatro de los sábados, que a pesar de que mi situación económica había mejorado notablemente en la empresa, gracias al cobro de unas comisiones atrasadas y a un ascenso, no me planteaba dejarlas ni por asomo. Era lo último que me conectaba con mi Lola actriz, rodeada de un mundo lleno de magia, de imaginación, de color, de múltiples e infinitas personalidades, y disparatadas y sorprendentes vidas. Me encantaba poner en práctica con mis alumnos, algunas de las técnicas aprendidas y practicadas años atrás. Era increíble presenciar, tras ellas, escenas de improvisación tan conmovedoras e impactantes, que en muchas ocasiones, superaban a los mejores textos teatrales.

Tenía la oportunidad de comprobar cada semana eso de que la realidad supera siempre a la ficción, y es que al final, la ficción no es más que una interpretación subjetiva que tiene como punto de partida una historia real, ¿no?

El teléfono móvil, ese gran amienemigo que lo mismo sirve para comunicarte y conectarte con el mundo que para todo lo contrario. El móvil, dedo acusador de infidelidades, chivato de confidencias ajenas, llena silencios incómodos, sustituto de conversaciones cara a cara, coitus interruptus, aguafiestas de mañanas domingueras con mensajes de apagafuegos laborales, odioso despertador diario, y saca mil colores de vergüenza cuando, por un pequeño olvido suena en el cine, en una conferencia, en una reunión de trabajo, o como aquel día, en el ejercicio de concentración e introspección que les había solicitado a mis alumnos

Menos mal que acabábamos de empezar y no sonó en mitad de la actividad, porque habría estropeado el clímax que pretendía crear, y como consecuencia, el objetivo de la misma. ¡Perdón, perdón!, continuad, susurré avergonzada, y cogiendo el bolso musical, salí inmediatamente del aula como alma que lleva el diablo. Espero que sea importante, pensé mientras me dirigía hasta el vestuario de chicos, menos próximo a la clase que el de las chicas. Introduje confiada mi brazo derecho en mi super bolso bandolera, que será muy mono y muy moderno, pero de práctico tiene poco, y ante la imposibilidad de encontrar el insistente móvil, agobiada y de los nervios, opté, como en otras muchas ocasiones, por vaciarlo en el suelo. ¿Por qué los bolsos, por muy pequeños que sean, se empeñan en jugar contigo al gato y al ratón cuando más prisa tienes?

–          Dime pesada, ¿qué pasa? Te he dicho mil veces que no me llames los sábados por la mañana, que estoy en clase, y acabas de interrumpir una de las que exige mayor concentración. Menos mal que he salido fuera, increpé crispada a Carol, que me llamaba desde Florencia.

–          Ayyyyyyyyyy, es verdad Lola, lo siento, lo siento, perdona, no me acordaba. No te preocupes, te llamo luego, sonaba algo inquieta y arrepentida Carol.

–          No, venga, no pasa nada. Los chicos van a estar una hora navegando por su interior. Siento mi reacción. Si en el fondo la culpa es mía, que se me ha olvidado poner el móvil en silencio. Tengo dos minutos, si es importante.

–          Jo Lola, estoy hecha un lío. Me volvería ahora mismo a Madrid. Estoy aquí, en una de las ciudades más bellas y románticas del mundo, con un italiano de toma pan y moja que me tenía loca hasta hace dos días y ahora, no puedo entender qué coño me ha ocurrido, pero en cuanto le vi ayer en el aeropuerto, supe que no quería estar aquí. Y lo peor de todo es que no vuelvo hasta mañana por la tarde, y la habitación la hemos cogido entre los dos, y yo sólo quiero salir corriendo, y él me lo está notando y no para de hacerme arrumacos. Ayyyyy Lola, ¿qué hago?

–          Pues apechugar guapa, y a fingir hasta mañana que eres la mujer más feliz del mundo. Eso, o ser sincera con él y quedarte un día y medio tú sola. Pero si Filippo, además de estar como un tren, es un encanto y  te volvía loca en la cama, ¿no?, me apresuré a recordarle lo que me llevaba taladrando desde que le conoció el anterior verano.

–          Ya, bueno, no sé. Ufffff, te dejo, que ya me está mirando con carita de cordero degollado. Mañana me paso por tu casa cuando llegue y te cuento. Ah, y perdón por la interrupción, se despidió una desolada y confundida Carol.

El año pasado a Carol le dio por lo italianini: clases de italiano, varios cursos de cocina italiana, música italiana, viajes a Italia, restaurantes italianos, y cómo no, rollitos y aventuras con los que ella aseguraba eran los chicos más guapos, aseados, metrosexuales, atentos y galantes del mundo: los italianos. Y lo peor de todo es que nos arrastró a todas hacia su obsesión, utilizando el chantaje emocional para que la acompañásemos. Mira, la parte buena es que desde el curso de “Iniciación a la cocina italiana” al que me apuntó sin consultarme, me salen unos spaguetti a la carbonara objetivamente estupendos. Conoció a Filippo en Gandía. Había alquilado un piso junto a tres amigas para pasar una semana desenfrenada, inmediatamente después de estar  otra, en República Dominicana donde también tuvo un par de historias simultaneadas, cómo no, con dos italianos. Al parecer, la cosa no acabó muy allá cuando ambos se enteraron del jueguecito “de oca en oca” de Carol, y más teniendo en cuenta lo posesivos y machistas que resultaron ser los napolitanos. Al volver, y antes de marcharse a la playa, hizo una pequeña escala en Madrid, que aprovechó para relatarme el desaguisado que provocó su billar a dos bandas allende los mares:

–          Mamma Mía, Lola. No sabes la que se preparó. Yo cenaba con Francesco en el hotel en el que los dos nos alojábamos, y como de Alessandro me había despedido la noche anterior, me creí a salvo. Pero como este puñetero mundo es un pañuelo, resulta que, sin yo saberlo, ambos habían coincidido días antes en una fiesta que organizaron amigos comunes con los que habían viajado. No sé si la prima de Francesco era la novia del mejor amigo de Alessandro, o al contrario, pero resulta que, Nápoles es más pequeño de lo que yo imaginaba y esa última noche, era Alessandro el que debía acudir a otra fiestecita que, en esta ocasión, se celebraba en nuestro hotel.

–          Menuda situación incómoda, ¿no? ¿Cómo saliste de ella?, le pregunté sorprendida.

–          Pues imagínate, por la puerta grande desde luego que no, sino más bien por la de atrás. Cuando Alessandro entró y nos vio cenando, se abalanzó sobre Francesco, iniciando una encarnizada pelea de película que simplemente no quise presenciar. Acabé la noche en la habitación de uno de los animadores del hotel con el que había conectado desde el primer día y que, casualmente estaba también cenando en el momento. Me cogió del brazo en el preciso instante en el que la botella de vino que Francesco había pedido minutos antes para brindar por nuestro romántico idilio, salió disparada de la mano de Alessandro en dirección: la cabeza de su contrincante.

–          ¿No me digas que al final acabaste liándote con el animador? Pregunté incrédula.

–          Que va, me aseguró Carol. Se comportó como un caballero. Estuvimos charlando, bebiendo, riéndonos por la situación vivida y finalmente me quedé dormida. Afortunadamente regresábamos al día siguiente, así que no volví a encontrarme con ninguno de los dos.

Por eso, cuando me llamó emocionada desde Gandía para contarme que se había colado por otro italiano, no pude evitar reprenderla.

–          Desde luego Carol, tú es que no aprendes. Pero ¿ya se te ha olvidado lo de la semana pasada? Hija, qué capacidad de recuperación tienes, yo flipo contigo.

–          Pues sigue flipando, porque se llama Filippo, se carcajeó por el juego de palabras. No, en serio Lola, esto va a ser diferente, lo intuyo. Sólo por la manera en la que nos hemos conocido, ya de entrada, pinta mejor.

Yo estaba convencida de que Carol era la inventora de la frase: “Una mancha de mora con otra verde se quita” y además ella era del tipo de personas que nunca miran hacia atrás, y menos en esa etapa “me pongo el mundo por montera”, por la que estaba pasando, en la que lo único que quería era divertirse. Las vacaciones son para eso, ¿no?, se justificaba siempre. Según me contó, después de quemar Gandía la primera noche, ella y sus amigas, se levantaron casi al mediodía, y tras comer algo, decidieron continuar la fiesta durmiendo en la playa y lo que surgiera. Cogieron sus toallas, una nevera llena de cervezas, por aquello de “darle salida” y alquilaron unas hamacas con sus correspondientes sombrillas. En seguida se percataron de que un grupo de cuatro italianos, a cuál más estupendo y atlético, decidió escoger precisamente las hamacas vecinas y Carol, entre lo payasa que es, y los efectos de la resaca retroalimentada por un par de latas de cerveza, empezó a canturrear, con un cómico acento italiano a lo Rafaela Carrá, “para hacer bien el amor hay que venir al sur, para hacer bien el amor iré donde estás tú”, acompañando su canto con una coreografía de brazos, que en el momento del “donde estás tú”, le llevó a señalar y mirar a Filippo, provocando una sonrisa y un inmediato interés por ella.

–          Hemos quedado esta noche todos, aunque ha sido muy gracioso Lola, porque a ninguna nos ha gustado el mismo, y ellos, ya se sabe, son tíos, así es que, ya en la playa, cada uno ha empezado a coquetear con la que le correspondía, contaba jocosa y divertida Carol.

–          ¿Pero saben español? ¿De dónde son éstos?, le interrogué algo maternal.

–          Filippo es de Florencia y los demás, pues supongo que también. No se lo he preguntado, ahora que lo dices. Bueno, me da igual, la verdad. Acabamos de conocerlos y no, no saben ni papa de español, pero ¿qué más da? Está tremendo Lola, es guapísimo y tiene una sonrisa profiden que quita el sentío. Ah, y no te lo pierdas, el chico utiliza bañador tipo slip, y por lo que he podido adivinar, creo que me lo voy a pasar mejor que bien estos días, y terminó su frase con una sonora carcajada.

No se separaron en toda la semana, hasta el punto de que las amigas de Carol se cogieron un cabreo de narices, porque desapareció literalmente del mapa, y con lo “sosas” que eran, no sabían divertirse sin su monito de feria. Volvía al apartamento a ducharse, coger algo de ropa y casi nunca coincidía con ellas. Tampoco es que a Carol le importaran demasiado, porque las había conocido a través de amigas comunes y se apuntó al viaje con ellas, por el simple hecho de que Carol se apuntaba a un bombardeo. Sin embargo, más tarde me contó que eran un poco petardas y que lo de Filippo, además le había servido de válvula de escape. Por otro lado, las neo amigas de conveniencia, no habían tenido tanto éxito como ella con los amigos italianos de Filippo, y sus historias no fueron más allá de la primera noche. Tal fue el enfado, que el día que debían volver a Madrid, la dejaron tirada, abandonando sus pertenencias en el apartamento junto a una nota que decía: “Aquí te quedas guapa, disfruta mucho con tu italiano buenorro”, me contó mi amiga disgustada al volver a Madrid en tren.

–          Pero ¿por qué son tan raras las mujeres? Tú eres la única que me comprende Lola. Al resto del género femenino le caigo mal. Es que ¿es tan raro que quiera divertirme un poco? A mí no me habría importado lo más mínimo si alguna de ellas hubiera hecho lo mismo. Vive y deja vivir, ¿no? Me preguntó Carol buscando mi aprobación.

–          ENVIDIA. A ver cielo, lo hemos hablado muchas veces. Eres espectacularmente guapa además de simpática, inteligente, divertida y le gustas a todos los tíos, es decir, carne de cañón para convertirte en el objeto de envidia de personas inseguras y sin autoestima. Sin embargo, en este caso, creo que te has pasado un poco, ¿no? Al menos deberías haber pasado algo de tiempo con ellas, o llamarlas de vez en cuando. Creo que has sido una egoísta. Recuerda que, al viaje te apuntaste porque te interesaba y no querías ir tú sola. Si luego vas a ir a tu bola, entonces no viajes con otras personas, y más cuando no saben cómo eres, le dije sincera.

La historia de Carol y Filippo continuó vía telefónica, sobre todo mediante mensajes, ya que el idioma, que era una barrera en “el cara a cara”, telefónicamente, les llevaba a tener un diálogo de besugos donde ninguno de los dos se enteraba de nada. Hace un par de meses, me convenció para hacer juntas un viajecito de cinco días por la Toscana y de paso, aprovechar para reencontrarse con su Filippo

–          Te prometo que sólo voy a quedar con él un día, Lola, el resto, nada de chicos, sólo las dos, de verdad, me juró y perjuró antes de sacar los billetes.

–          Pero ¿por qué no te vas tú sola y quedas allí con él? Que me tienes que llevar a mí de carabina, le pregunté poco convencida de que no me fuera a hacer lo mismo que a las petardas estivales.

–          Porque quiero ir contigo y aprovechar para verle y si me sigue gustando como yo creo, pues luego me voy yo sola un fin de semana. Porfa Lola, vente conmigo, que nos lo vamos a pasar genial, me suplicó con esa irresistible carita de niña buena con la que siempre me convencía

Fue uno de los mejores viajes de mi vida sin ninguna duda y Carol cumplió su palabra. Conocí a Filippo el penúltimo día, y como vino acompañado de unos amigos encantadores, pasamos una tarde estupenda. Únicamente me dejó sola esa última noche, cosa que agradecí. Ayer fui a llevarla al aeropuerto y estaba entusiasmada, por lo que no logro entender este repentino cambio. Bueno, qué tontería, sí lo entiendo, ella es así.

Entré de nuevo en clase y ahí estaban mis alumnos, algunos arrastrándose como culebras por el suelo, otro dando puñetazos a la pared, otro completamente petrificado y con la mirada perdida. En definitiva, nada que me sorprendiera con un ejercicio de teatro como el que les había propuesto en esta ocasión. Fui cambiando la música, pasando de la clásica al rock, y del rock al blus, y del blus al jazz, controlando siempre que el corte no fuera muy brusco, porque se trataba de dejarse llevar pero sin perder la concentración. No pude evitar fijarme en Diana, porque estuvo todo el tiempo, en postura embrionaria, haciendo un suave, y a continuación, brusco balanceo, y con la cabeza escondida entre sus rodillas. Me producían mucha curiosidad y cierta expectación, las posteriores improvisaciones, que a raíz de dicho ejercicio, debían hacer, y más la de ella, ya que, me había dejado con la boca abierta en más de una ocasión, por la naturalidad y espontaneidad de sus interpretaciones, a pesar de no haber asistido nunca a clases de teatro. Esa chica, sin duda, y aunque en sus planes no estaba el de convertirse en actriz profesional, tenía madera. Pero algo pasó. Cuando le tocó su turno, sólo faltaban cinco minutos para que terminara la clase, y durante las improvisaciones del resto de sus compañeros, permaneció ausente, como ensimismada, con la mente en otro lugar.

–          Diana, te toca salir, le dije, sin obtener respuesta. Diana, ¿estás bien? Insistí al ver que seguía sin reaccionar.

–          Sí, sí, perdona Lola, contestó incorporándose con cierta desgana y pesadez.

 

Cogió una silla, se sentó muy despacio, cabizbaja y con gesto melancólico, empezó a observarlo todo. Sus ojos recorrieron todos y cada uno de los rincones del aula, como cuando te despides de algo y necesitas volver a mirarlo para grabarlo por siempre en tu mente. A continuación hizo lo mismo con sus compañeros y por último conmigo. Durante su paseo ocular, adivinamos unas incipientes y prematuras lágrimas que poco a poco fueron asomando por sus almendrados ojos castaños, hasta que, sin poder frenarlas ya, brotaron con fuerza  seguidas de una congoja sobrecogedora. Se produjo cierta confusión, porque no entendíamos si esa era precisamente su improvisación, es decir, ficción, o si, simplemente algo le había ocurrido durante el ejercicio o incluso en su vida personal, y se estaba desahogando. En cualquier caso, el aplauso de uno de mis alumnos, puso fin a ese momento que no sabría si definirlo como “mágico” teatralmente hablando, por lo que había provocado en nosotros, o como “muy triste”, si había sido la consecuencia de un ejercicio que le había removido sus más profundos sentimientos.

–          Muy bien Diana, ha sido, en fin, no tengo palabras, tan real, tan de verdad. ¡Enhorabuena!. Sentí que debía y que quería darle un fuerte abrazo, y en ese momento arrancó a llorar todavía con más fuerza.

El resto de mis alumnos, al ver el panorama, recogieron sus cosas y nos dejaron solas. Cuando por fin conseguí que se calmara haciéndole controlar la respiración, me contó que el día anterior, su ginecólogo le había confirmado que nunca podría ser madre, algo que había deseado desde que era una niña.  Me dijo que no recordaba cuándo fue la última vez que había llorado, ya que siempre, tanto con su familia, como con su marido, se vio obligada a mantener el rol de “la fuerte”.

–          Estos ejercicios, remueven muchas cosas y mira, hoy éste en concreto ha conseguido que llores por lo que no has llorado desde hace años. No es el fin Diana. Puedes ser madre sin tener hijos biológicos. Hay muchos niños que necesitan a alguien que les quiera y que les cuide. Puedes adoptar, ¿no?

–          Sí, sí, si eso es lo que vamos a hacer, ya lo habíamos hablado, pero te juro que no me explico por qué he reaccionado así, me dijo todavía sonrojada por el disgusto, y con los ojos hinchados y humedecidos.

–          No te disculpes, no pasa nada. Lo vives todo intensamente y eso es fantástico porque como resultado, tus interpretaciones son brillantes, pero la próxima vez, no te metas tanto, deja un poco fuera, mujer, sonreí, restándole  importancia.

 

El domingo después de comer, no había ni una sola película que me interesara: Traicionada y Humillada en la 1; Amor y Venganza en A3; Espero que me esperes en Telecinco…. Así que, ante tal panorama de telefilms de nivel Maribel, decidí tumbarme a descansar. ¿Por qué los fines de semana al mediodía nunca hay ninguna película en condiciones? ¿Qué clase de ofertas les hacen las distribuidoras a las cadenas? “Compra un estreno y llévate mil quinientos bodrios”.  ¿Es que no tienen a nadie que controle la calidad de lo que se emite con el paro que hay? En fin, sin comentarios. Mi intención era dormir una breve siesta de 20 minutos así que no creí necesario poner el despertador (tiene narices que siga confiando en mí hasta ese punto). Cuando sonó el portero, mi sueño había sido tan profundo y largo, con restos de babilla incluida en mi cojín de raso preferido, ¡qué asco!, que no sabía ni qué día era, ni dónde estaba. ¡Qué fuerte! Llevaba durmiendo casi tres horas. Ésta debe ser Carol.   

–          Vaya careto que tienes, ¿no? ¿No me digas que te he despertado? Me saludó con desparpajo y sinceridad, mi amiga.

–          Pues sí, contesté entre bostezos. Me he quedado dormida, y volví a bostezar. ¿Qué tal tu viaje?, le pregunté sin demasiado interés, mientras arrastraba todo mi cuerpo otra vez hacia mi super sofá con super poderes narcotizantes. La verdad es que no me sentía con demasiadas ganas de escuchar a Carol, pero hice un esfuerzo y para ayudarme, me encendí un cigarro.

–          Ay, Lola, el viaje ya es historia y Filippo también. Hemos hablado en el aeropuerto y le he explicado que me dolía mucho volver a separarme de él, además de que no me sentía con fuerzas para mantener una relación a distancia y me ha entendido perfectamente, dijo sin ningún tipo de arrepentimiento por su cruel mentira y sin un mínimo de demostración de pena.

–          Pues te veo muy afectada, ironicé. Alucino con tu capacidad de recuperación, tía. Una cosa es que te hayas quitado un peso de encima y otra muy distinta es que.., no sé, da la sensación de que estás encantada de la vida. Como si te acabaras de quitar un tatuaje o unas extensiones. A veces pienso que ni sientes ni padeces, en serio. Otro bostezo, y otro más.

–          Hombre, no me digas eso Lola. Claro que me ha dado pena el chico, pero ya sabes cómo soy, para mí lo que ha sucedido hace una hora, ya es pasado, y si ya ha pasado, ¿para qué mirar atrás, no? A ver, si estoy así de contenta, continuó, es porque no sabes lo que me ha pasado en el avión. Mira que nunca tengo suerte con mis compañeros de asiento, pero hoy, no sólo se ha sentado a mi lado el tío más guapo de todo el pasaje, sino que además, hemos conectado de una manera increíble. Bueno, con decirte que me ha acompañado en taxi hasta tu casa, y me ha pedido el teléfono para invitarme a cenar…….

–          Desde luego Carol, eres incorregible, le dije divertida por la historia. Y este nuevo ligue ¿es de Madrid?

–          No, contestó con picardía. También es italiano, y nos echamos las dos a reír.

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POR MAYTE GARCÍA CANEIRO
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Un comentario el “UNA AVENTURA A LA ITALIANA

  1. Deloras
    febrero 3, 2014

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