De Amor, Amantes y Amigos

Revista de amor y Relatos de amor

Da igual, la vida sigue

RELATO CHICK LIT 9

RELATO CHICK LIT 9

Tengo que admitirlo. Definitivamente soy muy patosa. Lo compruebo cada día, y aunque intento tirar balones fuera y cabrearme con el mundo o con las leyes de Murphy, al final debo reconocer que tiene que haber alguna conexión en mi cerebro defectuosa o fundida o incluso inexistente que me arrastra a una sucesión de calamidades estúpidas, y casi siempre estando yo sola en casa.

Abro el congelador y un filete de panga resbaladizo se abalanza sobre mí, proporcionándome, en primer lugar un susto de muerte y en segundo, un golpetazo inesperado con la puerta, que había dejado abierta, al incorporarme del suelo tras perseguir al puñetero pescado. Y todo en cuestión de segundos. Me autolesiono constantemente con las esquinas o con los marcos de las puertas; abro un yogur y de pronto me sorprendo haciendo malabarismos con una cuchara que sale disparada de mis propias manos y pone perdida la alfombra, y todo sin que haya ocurrido nada externo que provoque ese movimiento reflejo de mis extremidades superiores. Si me pongo en plan victimista o negativa, llegaría a conclusiones poco saludables mentalmente hablando, flagelándome con la idea de que soy gafe o de que todo me pasa a mí. Pero como yo no soy así, me intento motivar relacionando estas pequeñas desgracias con situaciones anímicas más bajas, ya que, de esta forma, pienso que cuando salga del fango, también mejoraran mi destreza y habilidades.

Y es que todavía estaba coleando y me seguía removiendo lo sucedido la semana pasada. Si estuviera concursando en Pasapalabra me dirían algo así como: “Empieza por la D. Sentimiento de frustración causado por algo al no cumplir tus expectativas”. Decepción. Esa es la palabra. Fue la semana de las decepciones, de la mía y de mis amigas. Coincidieron todas. Vamos, como si hubieran hecho un cuatro por uno en la agencia de viajes de los sentimientos y hubieran decidido visitarnos a las cuatro. Todas tuvimos nuestra ración y de diferente manera.

Cuando Carol llegó el lunes a la oficina, en seguida supe que le ocurría algo. Entró, colgó el abrigo y el bolso, se sentó en su sitio, encendió el ordenador y se puso a trabajar. Ni un “buenos días”, ni un resumen de su alocado fin de semana, ni una de sus carcajadas matutinas que a todos nos hacían odiarla por ser la única persona en el mundo a la que parecía no importarle retomar sus tareas laborales después del ansiado descanso dominical… Yo, desde luego sólo la había visto así dos veces, y las dos tuvieron que ver con un proceso gripal que la dejó en casa durante unos días.

– ¿Estas bien cielo? Le pregunté extrañada después de una hora observándola y viendo que no reaccionaba ni cambiaba de actitud. ¿Mal fin de semana?, continué ante su indiferencia.

– Pues no, no estoy bien Lola. Ha sido un fin de semana de mierda, la verdad, pero si no te importa, prefiero no hablar de ello, resolvió cortante.

Vaya, me dije, eso sí que era raro. Le pasara lo que le pasara, Carol siempre había confiado en mí y me ponía al día de cualquier cosa que le sucediera, por pequeña que fuera, hasta el punto que en algunas ocasiones, reconozco que me sentía un poco agobiada por su exceso de dependencia. ¿No os pasa que cuando una persona a la que crees conocer a la perfección, de pronto un día hace algo tan diferente a lo que suele hacer siempre en las mismas circunstancias, que te preocupas todavía más por ella? Pues eso es lo que me ocurrió con Carol. Algo muy gordo tenía que haber sucedido, y sin embargo, preferí respetar su silencio. Me di cuenta de que recibía constantemente whatsapps y de hecho, salió a hablar por teléfono en varias ocasiones. Otro detalle diferente. Carol nunca se escondía de mí para hablar por teléfono. El hecho de estar las dos solas en un despacho y ser íntimas amigas, le otorgaban la suficiente confianza como para no salir nunca al pasillo, pero el lunes lo hizo. Y no solo el lunes. Su extraño comportamiento se prolongó el resto de la semana durante la cual, volví a preguntarle en un par de ocasiones y con la misma suerte del primer día.

– Mira Carol, en serio. Estoy preocupada por ti. Sé que algo te ocurre pero también me he dado cuenta de que no me lo quieres contar, y sabes que no me gusta insistir. Estoy aquí y si necesitas algo, puedes contar conmigo, le dije sincera el jueves, cinco minutos antes de que llegara la hora de nuestra liberación diaria.

– Vamos, te invito a una cerveza, volvió a sorprenderme su inesperado cambio de tercio y precisamente, varios tercios después, Carol por fin abría la caja del misterio. Veras Lola, antes de nada quería pedirte disculpas por mi comportamiento esta semana. Reconozco que he estado más rara que un perro verde pero no se trata de mí, ¿sabes? Es un problema familiar que me tiene algo preocupada y con la cabeza en otro lado, continuó sincerándose.

– Y yo, ¿puedo ayudarte en algo? Carol, soy tu amiga pero también soy tu jefa así que, si necesitas tomarte unos días libres, sabes que Gonzalo no va a poner problemas, y menos a ti, que eres su niña bonita, le dije guiñándole un ojo que le hizo sonreír

– Te lo agradezco un montón jefa, me devolvió el guiño. Pero no es tan grave como para necesitar ausentarme del trabajo. Verás, si no te lo he contado es porque se trata de mi hermana, y ya la conoces, ella es muy suya con sus cosas y prefiero que, si quiere, te lo cuente ella.

Ana era la hermana mayor de Carol. La conocí un año más tarde que a ella. Fue un sábado por la noche. Carol, Marian y yo habíamos quedado para cenar y luego tomarnos unas copas en nuestro garito favorito de Lavapiés. Nos encantaba terminar allí la noche porque nos garantizaba volvernos a casa con agujetas en la tripa, de lo que nos divertíamos y reíamos. Ana acababa de separarse después de 10 años de relación con un compañero de trabajo. Cuando Carol nos pidió permiso para invitar a su hermana a nuestra quedada, nos dio la risa.

– ¿Qué somos ahora, adolescentes que se torturan con el “me ajuntas y no me ajuntas” o con el “¿puedo sumar una amiga nueva al grupo?” le dije enseguida ante su absurda petición. Pues claro que sí, tonta, claro que se puede venir tu hermana. Ni que esto fuera una hermandad de las pelis americanas.

Ana nos encantó tanto a Marian como a mí desde el minuto cero y aquella noche fue tan especial y tan divertida, que la invitada se convirtió en otra de las indispensables del grupo. Si me piden  que defina a Ana con una palabra, sin duda diría, “borde”. Eso sí, una borde encantadora que nos hacía reír a todas. Aunque físicamente se daban un aire, eran tan diferentes en su manera de ser, que te costaba creer que fueran hermanas. Carol era graciosa por su espontaneidad, su locura infantil, su mágica excentricidad. Ana lo era por todo lo contrario. Tan seria, tan correcta, tan perfeccionista pero con un brillante e inteligentísimo sentido del humor. Vamos, el Eugenio de nuestro grupo. Tal fue la conexión, que a veces quedábamos las unas con las otras sin necesidad de estar todas presentes, de tal forma que al poco tiempo tanto Marian como yo, estábamos perfectamente al día del pasado de Ana y de sus intimidades. A veces yo me enteraba antes de sus cosas, incluso, que su hermana, por eso, cuando Carol me dijo que el motivo de que hubiera estado así todos estos días era por Ana, me extraño que no me hubiese llamado para contármelo,

– Pero ¿qué le ha ocurrido?, le pregunte sin entender nada. Estuvimos de compras la semana pasada, ¿te acuerdas? y la vi pletórica de felicidad con su nuevo amor. Carol bajo la cabeza y deduje que se trataba de eso. Ya, entiendo ¿Es por él, verdad? Me miró a los ojos y un suspiro acompañado de un levantamiento de ceja, fueron más que suficientes. ¿No me digas que lo han dejado? continué con mi interrogatorio al vacío.

– Mira Lola, sí, es eso, lo han dejado y está hecha polvo pero yo no te he dicho nada, ¿vale?  Que si no, ya sabes cómo se pone conmigo porque dice que soy una boca chancla, acabo reconociéndome Carol.

– Vale, no te preocupes, ahora lo entiendo todo, le aclaré. Como estaba tan preocupada por ti, al final la llamé ayer por teléfono para ver si ella sabía algo, y aunque no me lo cogió, me envió un mensaje en el que me preguntaba si podíamos quedar mañana para comer después del curro. Supongo que tiene que ver con eso, pero te diré que no me sorprende. Sabes de sobra que personalmente nunca he terminado de creerme del todo esa historia con Don Perfecto. ¿Recuerdas que te lo comenté? Carol asintió mientras le daba el último sorbo a su tercer botellín.

– Ya lo sé. A mí también me olía raro. Había algo oscuro y sospechoso en él, pero hija, hacia tanto tiempo que no veía a mi hermana tan feliz, que quise volver a creer en los cuentos de hadas, y de hecho, le di un voto de confianza al chiquillo, pero nos ha engañado a todos. A mi hermana, por supuesto, pero también a mi familia y a mí. Menuda decepción tan grande Lola. Es que te juro que me da tanta rabia…. Estaba tan ilusionada y convencida de que este capullo de mierda era el definitivo, que si le veo ahora, soy capaz de reventarle la cabeza, dijo una Carol más cabreada que nunca.

– Te creo y no sabes cuánto, me solidarice con ella. Supongo que seguimos confiando demasiado en la gente y cuando confías, esperas, y cuando esperas, es muy fácil llevarse un chasco. Si me encontrara ahora mismo con una que yo me sé, no quiero ni pensar en la reacción que tendría, le dije al recordar la confesión de mi novio la noche anterior.

– ¿Ah sí? ¿Con quién? me pregunto sorprendida Carol, al notarme tan molesta y agresiva. ¿Me he perdido algo, verdad? Asentí. Joder, perdona Lola, continuó arrepentida. He estado tan absorta con lo de mi hermana, que ni me he enterado. Anda, que ya me vale. Te escucho.

– No, si no es nada, le resté importancia. Es una decepción más, que se suma a larga lista y que me hace reflexionar sobre lo que estábamos hablando con respecto a las expectativas que pones en las personas. Cada vez veo con mayor claridad que lo verdaderamente sano es no esperar nada de nadie, y de este modo, todo lo que te llegue, te sorprenderá gratamente, y lo que no, no te hará daño, le dije sonriendo.

– Ya, pero es un poco triste, ¿no?….permaneció unos segundos pensativa y regresó a la conversación. Joder Lola, siempre haces lo mismo. Empiezas a divagar y no vas al grano. ¿De quién estás hablando? Insistió impaciente.

– ¿Tú te acuerdas de Esther?, le pregunté sin más preámbulos

– Pues claro, Esther, tu amiga, la que fue alumna tuya en el monográfico de teatro, y que además es compañera de trabajo de tu Carlos, ¿Esa Esther, no?

– Sí, sí, esa, le confirmé. Pues al parecer, mi queridísima amiga intentó llevarse a la cama a mi novio en la fiesta de empresa de Navidad. ¿Qué te parece? Para mear y no echar gota, ¿eh?

– ¿Qué dices? me preguntó alucinando por la noticia. Pero si de eso hace ya algunos meses y te ha seguido llamando, ¿no? ¿Cómo te has enterado?

– Me lo dijo Carlos anoche, después de pasarme una hora al teléfono con la traidora. El pobre no me lo contó antes porque sabía que me iba a doler, pero al reconocer la hipocresía y la sangre fría con la que continuaba comportándose la otra, estalló y cantó por soleares. Nosotras estábamos en Alicante celebrando la nuestra. ¿Te acuerdas? y la muy guarra aprovechó para ponérselo en bandeja de plata. Él, la rechazó diciéndole que estaba conmigo, que me quería y que no tenía ninguna intención ni ninguna necesidad de engañarme y ella, en lugar de contármelo o incluso de apartarse de mi vida, ha seguido llamándome y fingiendo que no pasaba nada. ¿Cómo te quedas?

– Pues de piedra, me dejas alucinando, Lola. Lo siento mucho. ¡Será capulla y asquerosa! ¿Y no has hecho nada? ¿No la has llamado para poner los puntos sobre las íes?, continuó indignada y algo pedete, ya.

– Si te digo la verdad, anoche quería sacarle los ojos con cucharilla pero en lugar de hacerlo, o de coger el teléfono y ponerla a caldo, me puse a respirar. El día que me llame, que no tardará en hacerlo, ya veré como reacciono. Lo que tengo clarísimo es que ella misma se ha definido con lo que intentó y al final, quien está con Carlos, soy yo. La apartaré de mi vida, igual que ya he hecho con otras personas y se convertirá en una anécdota a la que no dedicaré demasiado tiempo ni una sola de mis neuronas ni de mis lágrimas, dije tajante y segura.

– Qué capacidad de autocontrol tienes Lola. Eres admirable. Si estuviera en tu lugar, a mí me oía, vaya que si me oía.

– Créeme, no merece la pena. Cuando alguien se carga de esta manera tu confianza, de poco sirve reprenderla. Ella sabe perfectamente lo que ha hecho y el peor castigo siempre es la indiferencia, sentencié la conversación.

Después de mi charla con Carol y antes de volver a casa, me dirigí al piso de Marian a llevarle unas cápsulas de Nespresso que me había encargado esa misma mañana, ya que ella no tenía cerca ningún distribuidor. Me extrañó mucho que tardara tanto en responder al portero y me pareció percibir en su “¿Quién es?” cierto tono de desgana y flojera. Eso también resultaba extraño en Marian, teniendo en cuenta que se trataba posiblemente de la persona más enérgica que conozco. Cuando me abrió la puerta confirmé mi sospecha. Sus ojos hinchados y el gesto compungido, reflejaban su estado anímico.

– Hola guapa. Ni me acordaba de que ibas a traerme las cápsulas. Me había metido en la cama, me confeso una apesadumbrada Marian.

– ¿En la cama? Pero si no son ni las 10, le dije sorprendida. A ver, ¿qué ha pasado? No me lo digas. ¿Has vuelto a saber algo de Rodrigo?, le pregunté, con el convencimiento de que sus recaídas siempre guardaban relación con noticias sobre la nueva vida de su ex con la usurpadora.

– No, que va. No tiene nada que ver con él, menos mal, y esbozo una tímida sonrisa. Es por el trabajo. Hoy me he llevado una decepción de tres pares con mi queridísimo jefe y todavía estoy intentando asimilarlo, me confesó la pobre Marian.

– Pues sí que estamos bien. Menuda semanita, le dije recordando lo sucedido en las últimas horas.

Según me explicó, después de llevar varios años dejándose la piel en la empresa para la que trabajaba, una pequeña agencia de publicidad familiar, y en lugar de ofrecerle un merecido ascenso, con su equivalente monetario, su jefe, al que ella idolatraba y con el que siempre había tenido una excelente relación que traspasaba el terreno de lo puramente laboral, había decidido contratar a otra persona para ese puesto.

– Entiéndeme Lola. Sé que a mi jefe no le ha quedado otra opción, teniendo cuenta que el advenedizo es nada más y nada menos que el sobrino del presidente de la agencia, pero podía haberme avisado, ¿no?, que lo sabía desde hace tiempo. Y no, que me he enterado hoy, y porque el chico se incorpora mañana, continuó una lacrimógena Marian. Y, por si no fuera suficiente la falta de reconocimiento, encima me tengo que encargar yo de su aprendizaje, porque con todos sus Masters y todos sus idiomas, el nuevo jefecillo hijo de papa, no ha trabajado en su vida.

– Te digo de verdad que hay gente que nace, más que de pie, sentadito en un trono. ¡Qué fuerte Marian! Lo siento un montón, intente consolarla, pero mira, ahora ya sabes que en el trabajo, tienes que ser un cerebro y que los sentimientos deben quedarse fuera, porque tu estás así por el chasco personal que te has llevado con tu jefe, además de por la injusticia laboral. Venga, anímate, que esto es solo un pequeño obstáculo. Has superado cosas peores, ¿no?, y le di un abrazo.

Para intentar que pensara en otra cosa, y sobre todo, para que desdramatizara su decepción, le hable de la mía y cuando iba a relatarle la de Carol y Ana, me confesó que esa misma tarde, Ana se lo había contado todo por teléfono.

– Esta bastante deprimida y todavía no se lo cree, pero me ha comentado que vosotras habéis quedado mañana así que, abrázala fuerte de mi parte, ¿vale?

Cuando llegué a casa, Carlos me estaba esperando con la cena hecha y una acogedora sonrisa.

Reconozco que me encantaba esa sensación, tanto, que me asustaba pensar en la idea de que tuviera un final y más ese jueves emocionalmente tormentoso. A Carlos tampoco le sorprendió la ruptura de Ana con el innombrable. Él siempre me dijo que no le parecían ni medio normales tantas demostraciones de amor en tan poco tiempo. De hecho, nos costó alguna que otra discusión, cuando yo se las contaba recriminándole su ausencia de detalles románticos.

–          Ay Carlos, qué bonito, que lleva toda la semana mandándole flores al trabajo, y que le ha escrito un mensaje preciosísimo y ha contratado su colocación en una marquesina de autobuses que está al lado de la oficina de Ana, y otra en la plaza de Ópera. ¿no te parece un chico muy romántico? Jo, ya podías tomar nota, le relataba envidiosa, las múltiples demostraciones del pinocho cabrón a mi amiga Ana.

–          Pues no, a mí eso no me parece romántico, respondía seriamente convencido. Todo lo contrario. Si a mí una tía, a la semana de conocerla, me hace esas cosas, saldría corriendo porque pensaría que está mal de la cabeza. Desconfía del que siente tanto en tan poco tiempo, y finalizó la conversación.

Así era Carlos, sincero, parco en palabras y muy pragmático. Algunas veces me indignaba su aparente frialdad y su dificultad para demostrar sus sentimientos, pero en lo que al ex de Ana se refiere, debo reconocer que había dado en el clavo con su predicción.

Ismael y Ana se conocían desde niños porque eran vecinos del mismo portal y según nos contó ella, se trataba de una especie de amor platónico, ya que el chico tenía un físico bastante agraciado, la verdad, que encima fue mejorando con los años. Crecieron y cada uno hizo su vida. Ismael se casó y tuvo una hija y Ana, por su parte, tuvo un par de relaciones largas. Al contrario de Carol, toda la juventud de Ana la había vivido en pareja. Cada uno sabía de la vida del otro a través de sus padres, que continuaban compartiendo comunidad. Hace 6 meses Ana nos contó pletórica la historia de su reencuentro. Ismael llevaba casi un año separado después de quince de matrimonio y Ana, casi dos, libre como el viento. Después de abordar a la madre de Ana en el portal y acompañarla al mercado, Ismael, que tenía claro su objetivo, intentó persuadirla para que le diera su teléfono, al enterarse que en esos momentos Ana no tenía pareja. Como no accedió, ya que la pobre mujer tenía clarísimo que ella debía mantenerse al margen de la vida privada de sus hijos, dejó una tarjeta con su teléfono en el buzón y como último favor, le pidió que le dijera a Ana que le llamara si quería quedar con él en alguna ocasión. No hizo falta, porque precisamente ese fin de semana, Ana fue a comer a casa de sus padres. Después de contarle lo sucedido, una divertidísima Ana, que al asomarse al balcón, vio que él estaba en la calle, decidió bajar con la excusa de tirar la basura. Se encontraron, hablaron, y desde ese preciso momento, iniciaron una relación que pasó de 0 a 100 en menos de medio segundo. A todas nos pareció desde el principio, que iban muy rápido pero Ana siempre nos decía que ella se estaba dejando llevar por el ritmo que él marcaba, por no decir que se había colgado como una quinceañera. Durante esos meses que estuvieron juntos, hubo varias cenas oficiales de confirmación de la relación “viento en popa a toda vela” con los padres de ella, los padres de él, la familia de ella, los amigos de él, la hija de él, una adolescente encantadora  que mantenía una relación bastante distante con su padre pero que enseguida conectó con Ana y Carol.

–          Como lo oyes Lola, se ha borrado, ha desaparecido de la noche a la mañana y hace casi una semana que no tengo ni idea de si sigue vivo, me relataba una decepcionadísima aunque muy serena Ana.

–          Pero ¿no te ha dado ninguna explicación?, le pregunté yo extrañada.

–          Llevaba unos días bastante raro, continuó. Y de pronto, el domingo, al volver a mi casa, después de haber estado comiendo con sus padres, le veo que empieza a recoger sus cosas y me dice que prefiere dormir en la suya esa noche y pasar un par de días solo, porque se siente un poco agobiado, que está pasando por una situación algo compleja en su trabajo, que se siente estresado y que no quiere pagarlo conmigo, que necesita resolverlo él solito. Le digo que lo hablemos, que si tiene algún problema podemos solucionarlo juntos, que cuente conmigo pero obtengo la callada por respuesta así que decido no insistir. Coge sus cosas, me dice que ya me llamará, y hasta hoy.

–          No sé qué decirte Ana porque suena todo un poco raro y sin sentido. Si quieres que te diga la verdad, creo que no te ha dicho toda la verdad y me da la sensación de que hay otra persona, su ex o quién sabe, deduje intentando poner algo de luz ante la oscuridad del caso. Por el comportamiento que ha tenido este ser (por llamarlo de alguna manera) durante los últimos meses, responde a un perfil de personas que necesitan siempre estar acompañados así que me extraña muchísimo que se haya marchado para estar sólo. Mira Ana, ¿sabes qué te digo?, que aunque ahora no lo veas, te ha hecho un gran favor, porque no parece estar muy equilibrado emocionalmente hablando. Ya era sospechoso que sin llevar un año separado, se lanzase a una relación de una manera tan avasalladora. No le había dado tiempo a pasar el duelo y al final esas cosas terminan explotándote en la cara.

–          Pero si me llegó a pedir que nos casáramos hace menos de un mes y de buenas a primeras, desaparece. Te juro que no lo entiendo, continuaba flagelándose.

–          Ni lo entiendes ni debes tratar de entenderlo Ana. ¿Para qué? No te desgastes con eso porque no vas a conseguir nada. Ese tipo de personas actúan así, sin más, sin calibrar las consecuencias de sus actos. Son personas tóxicas que envenenan todo lo que tocan. Mira, piensa que has pasado seis meses estupendos y quédate con lo bueno, pero no esperes más. Sinceramente, no creo que vuelva a aparecer en tu vida, le dije convencida.

 

Y así fue, no volvimos a saber nada de Ismael. Bueno sí, a los pocos meses y a través de una foto que su hija había colgado en Facebook, Ana, que la tenía incluida en su grupo de amigos, se enteró de que el pinocho cabrón estaba viviendo con una compañera de trabajo, que también tenía un niño pequeño. Dedujimos que, probablemente simultaneó las dos historias hasta que la otra se separó de su marido y fue en ese momento cuando Ismael se decidió por ella. Unos que vienen, unos que se van, pero también otros que se quedan. La vida sigue igual.

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 POR MAYTE GARCÍA CANEIRO

 

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4 comentarios el “Da igual, la vida sigue

  1. Tita
    abril 9, 2014

    Genial Mayte, tu último relato, pero no me ha sorprendido creo que ya te lo he leído en alguna parte, mi empatia con todos los personajes, son tan reales que es como si los conociera de toda la vida.
    Un abrazo muy fuerte, te quiero mucho pequeña.

  2. Chula52
    junio 22, 2014

    GENIAL!! ME ENCANTO COMO LO EXPONES , GRACIAS

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