De Amor, Amantes y Amigos

Revista de amor y Relatos de amor

Entre infieles anda el juego (Parte I): La boda de mi primo

RELATO CHICK LIT 10º

RELATO CHICK LIT 10º

Resulta que en muchas ocasiones, mis pensamientos más extraños llegan cuando me encuentro en la cocina. Pues sí, me sucede con frecuencia que se me ocurre algo, y de pronto le empiezo a dar vueltas al ritmo que remuevo el puré de calabacín con queso que, en ese preciso momento me estoy haciendo para cenar. No, que va, no suelen ser cosas importantes o fantásticas y originales ideas que me sacarían de pobre, para nada. Me refiero más bien a preguntas o reflexiones que me asaltan sin que yo pueda evitarlo. Y anoche precisamente fue la última vez que me pasó. No me preguntes por qué, pero así, de repente recordé el refrán o el dicho popular: “Cada uno tiene lo que se merece” y después de preguntarme una y mil veces a qué clase de persona y en qué circunstancia se le ocurriría esto, por lo tremendamente injusto que resulta, me percaté de que el calabacín se me había quedado un poco agarrado en el fondo de la cazuela. Mira, como yo, que me he quedado pillada con el refrancito. Porque resulta que, desde que eres un niño, y en casi todos los ámbitos de tu vida, si te fijas, te rodean esos mensajillos del diablo vestidos de moralejas o sabios consejos que te condicionan para el resto de tu vida. Porque a ver, ¿se merece un multimillonario su fortuna cuando la ha conseguido a base de desviar fondos ajenos? Y de igual forma, ¿se merece un niño vivir en la calle con sus padres porque sus ahorros estaban ingresados en el banco desfalcado por el millonario de antes? ¿Quién decide que alguien es merecedor de su destino?

En mi opinión, sólo cada uno sabe, en su whatsapp interno, ese en el que tú eres el único integrante de tu propio grupo, ese que no compartes con nadie, sólo contigo mismo, ese en el que te permites divagar en un ten con ten con tus pensamientos, si te mereces o no lo que te ocurre en la vida. En mi caso, hacía mucho tiempo que tenía clarísimo cuándo me merecía las cosas que me sucedían, tanto las buenas, como las malas. Supongo que los años eran, en parte responsables, pero también la práctica, cada vez más habitual, de salirme de mí para darme un paseo por la tierra de los imparciales, donde reina la autocrítica y gobierna la empatía. En cualquier caso, ahora me apetecía pensar que me merecía lo que me estaba sucediendo, porque atravesaba uno de los mejores momentos de mi vida, tanto en el terreno profesional como en el personal, sobre todo en lo segundo, que por otro lado, se había convertido en mi prioridad. De pronto Carlos y yo encajábamos. Quizás era eso. Quizás, después de haber volcado en él todas mis frustraciones, todos mis miedos y todas mis desconfianzas; Quizás, tras haberle hecho pagar por mierdas de otras vidas con otros delincuentes emocionales, y quizás, por haber permanecido a mi lado a pesar de todo ello, por fin me había dado cuenta de que a lo mejor me quería de verdad y decidí relajarme y vivir esa historia de amor. Lo que sí parecía estar claro es que yo había cambiado, y mucho, desde que estaba a su lado, y es que va a ser verdad eso de que dos que duermen en el mismo colchón, se vuelven de la misma condición. Me sentía más segura de mí misma, emocionalmente menos dependiente y en definitiva más autónoma y libre.  A medida que se incrementaba el tiempo que pasábamos juntos, crecían proporcionalmente mis ganas de verle y estar con él pero también había aprendido a respetar su espacio y a descubrir lo fantástico que podía llegar a ser, tener el mío propio. Y en esa relación, creo que la más sana que he tenido en toda mi vida, de vez en cuando viajábamos y nos lo pasábamos en grande juntos, pero también viajábamos y nos lo pasábamos en grande separados.

Aquel fin de semana de un prematuro verano y con Carlos de actividades solidarias por Senegal,  yo también había hecho mis planes. Acompañaría a Carol a la boda de un primo segundo por parte de su padre, aunque acordamos que yo no asistiría, sino que aprovecharía las horas que ella no estuviese para conocer Cáceres, lugar donde se celebraba el enlace. Su hermana Ana se había escaqueado alegando un reencuentro con sus compañeros del colegio y a Marian la teníamos haciendo las francias para reencontrarse también con un antiguo amor de la adolescencia. Hasta ese momento, pensé, parecía que el refrán sí estaba siendo justo, porque todas nosotras nos merecíamos un fin de semana genial y parecía que íbamos a tenerlo, pero dejó de serlo cuando al volver, nos reunimos en mi casa para cenar y contarnos nuestros correspondientes periplos mini vacacionales.

CAROL Y LOLA

Primer error. No acordarme de lo despistada que es Carol, y allí estábamos las dos, tiradas en la carretera esperando que la grúa llegara y nos llevase a la gasolinera más cercana.

–          Es que me parece alucinante que nos hayamos quedado sin gasolina, y con el calor que hace, le recriminé a una avergonzadísima Carol que no sabía dónde meterse. Pues menos mal que la boda es mañana por la tarde, porque si te hago caso y salimos mañana, no llegamos ni a los postres. ¿Cuánto tiempo te han dicho que van a tardar?

–          Joder Lola, que lo sé, que lo siento, de verdad. El caso es que sabía que algo se me olvidaba, trató de justificarse.

–          Pero bueno, aunque se te haya olvidado, tienes una super pantalla y un indicador que sirve precisamente para recordártelo, ¿no?, volví a reprenderla.

 

Encima, y por si fuera poco, como también nos habíamos equivocado de salida, llevábamos varios kilómetros por la nacional cerca de vete tú a saber dónde. Menos mal que, si hay algo por lo que también se caracteriza Carol, es por haber nacido con una estrella en el culo, por lo que, finalmente, unos conocidos de sus padres que, casualmente pasaban por allí, y que también estaban invitados a la boda, nos trajeron un bidón de gasolina que nos permitió llegar hasta la gasolinera más cercana y seguir nuestro camino.

Nos alojamos en un cuatro estrellas muy céntrico y muy mono, por cierto, porque pensamos que, ya que iban a ser sólo dos noches, qué menos que darnos un pequeño homenaje. Estábamos agotadas así que decidimos salir a cenar algo rápido y volver temprano. Además, por la mañana Carol tenía hora en la peluquería, y con lo presumida y sobre todo, con lo insegura que es, necesitaba tomarse sus 3 o 4 horas para arreglarse. Decidimos compartir habitación, por economía y porque a no ser que Carol ligara en la boda, cosa bastante improbable, ya que todos los invitados eran familiares o conocidos de toda la vida, nos apetecía estar juntas. Lo primero que hice cuando regresamos de cenar fue meterme en el baño. Al descubrir la super bañera de hidromasaje, fue amor a primera vista. Me encantaba bañarme, pero al resultar imposible hacerlo en el minúsculo plato de ducha de mi casa, no me quedaba otra que aprovechar las escasas estancias en hoteles para darme ese gustazo.

–          Lola, bajo un momento a recepción, que estoy llamándoles pero no me lo cogen, gritó Carol desde el pasillo.

–          ¿Por qué? ¿Qué pasa? Salí de mi mundo de burbujas.

–          Nada, que no funciona la tele. Voy a pedir que nos manden al de mantenimiento.

No sabíamos dónde meternos cuando un chavalín muy joven y muy guapo, todo hay que decirlo, subió a resolver nuestro pequeño problema. Con gesto incrédulo y un tono algo hostil nos dijo:

–          A la tele no le pasa nada señoras, sólo que estaba desenchufada, nos soltó mientras se ponía en cuchillas y metía la clavija de la tele en el enchufe.

Esa frase entró por nuestros oídos después de golpearnos en la cabeza a modo de colleja, pero Carol, que no puede evitar decir siempre la última palabra, afirmó muy digna:

–          Pues me parece increíble que en un hotel de esta categoría tengan la tele desenchufada. Eso es algo con lo que uno cuenta, porque perdona guapetón, pero ni somos tontas ni somos señoras, ¿vale? Soltó ella muy ofendida, porque en el fondo, le había molestado más el hecho de que nos llamara “señoras” que la vergüenza de nuestra torpeza.

–          Discúlpeme usted si le he molestado. No era mi intención, pero verá, lo de los enchufes y lo del tratamiento formal son normas del hotel. Lo primero, por seguridad, y lo segundo por educación y respeto a nuestros clientes. -Se apresuró a disculparse nuestro apuesto joven arregla teles.-

–          No te preocupes-  intervine yo rápidamente poniéndome delante de  Carol tratando así de evitar que volviese a meter la pata y entrase en una absurda discusión sin sentido.-  Has sido muy amable, y perdónanos tú por nuestro pequeño despiste. Cuando asumes que las cosas están ya enchufadas, te empecinas ahí con el mando a tocarle todos los botones, y claro, te olvidas de lo evidente.

–          Tranquilas, si no es la primera vez que pasa. Si yo les contara algunas de las anécdotas del hotel, seguro que se darían cuenta que esto, a su lado, ha sido una tontería. Además, es mi trabajo, nos dijo el chico muy amablemente.

Después de ofrecerle una generosa propina y de que Carol, arrepentida al darse cuenta de su cagada, le pidiera perdón al chico, nos quedamos otra vez solas en la habitación acompañadas por un gran ataque de risa al recordar  la situación vivida.

A la mañana siguiente, Carol logró convencerme para que la acompañara a la peluquería, vendiéndome el lugar como un auténtico paraíso del bienestar. Y lo era, vaya si lo era. Me vine arriba provocando que mi tarjeta de crédito se viniera abajo, y es que soy una clienta muy agradecida y muy manipulable. Así que, en cuanto aquellas jovencísimas chicas, empezaron a explicarme con sus angelicales y sonrientes caritas los beneficios de los innovadores tratamientos con unos nombres larguísimos en una carta similar a la de los restaurantes, no pude negarme. A la exfoliación corporal de algas de no sé dónde, le siguió la mascarilla de oro de la Conchinchina y la manicura permanente, de la que, por cierto, me arrepentí a los diez días, al comprobar que claro, permanente era, pero las uñas continuaban creciendo, dejando la típica señal naciente no pintada horrorosa, y aquel eterno esmalte no se iba ni con espátula.

Total, que al salir del templo del destemple monetario, el reloj marcaba casi la una del mediodía. Como la boda tendría lugar a las seis, decidimos comer algo rápido para que a Carol le diese tiempo a decidir cuál de sus 5 vestidos se posicionaría como el más apropiado para la ocasión.

–          La verdad es que todavía no entiendo por qué no has querido quedarte en casa de tus tíos del pueblo y venirte desde el principio de la boda con tu familia, le dije a Carol entre prueba y prueba, mientras observaba mis nuevas uñas naranjas, tumbada en la cama.

–          Pues porque ya sabes que mi forma de ser y de vivir no son muy políticamente correctas y siempre he sido algo así como la ovejita negra de la familia. No me encuentro cómoda con ellos, Lola. Son mi familia, pero siento que constantemente me están juzgando y yo no tengo que justificarme delante de nadie por vivir como me apetece, ya está. Además, si mi hermana se hubiese venido, habría servido de amortiguador, pero al rajarse a última hora, me ha dado una pereza que me muero. Prefiero estar aquí contigo y así mañana tenemos todo el día para hacer lo que nos dé la gana, ¿no? – Me explicó al tiempo que se probaba el tercer vestido y se remiraba en el espejo del armario- Bueno, ¿qué te parece éste? ¿es más discreto, no?, cambió de conversación.

A la quinta fue la vencida y a las cinco y media, Carol se marchó a la iglesia, muy próxima al hotel, finalmente ataviada con el más atrevido y sensual de todos sus vestidos, un palabra de honor rojo ajustado y de encaje, más corto que el miembro viril de un playmobil. Eso sí, por lo menos conseguí convencerla para que se llevara un blazer negro, que quieras que no, le daba un toque algo más distinguido y le combinaba estupendamente con los zapatos y el tocado, también negros. Me dijo que después de la tarta, como mucho, se tomaría una copa y se vendría, para terminar la noche de fiesta conmigo, pero como con Carol nunca se sabe, decidí hacer mi vida. Tras pedir en recepción un plano de la ciudad y dejarme asesorar sobre los principales lugares de interés turístico, salí del hotel, sin imaginar el encuentro en la tercera fase que iba a vivir aquella tarde noche.

Después de dos horas pateando esta ciudad declarada Patrimonio de la Humanidad, y con razón, porque mira que es bonita, me senté en una terraza a reponer fuerzas eligiendo una leche merengada, que me encanta, cuando sonó mi móvil. Era mi querido Carlos, que había ido a cenar esa noche a Dakar con unos amigos, y aprovechando la cobertura, se apresuró a llamarme. La llamada duró sólo diez minutos, pero fue suficiente porque, al fin y al cabo, sólo llevábamos un par de días sin vernos. Estaba guardando el teléfono en el bolso, cuando sentí que alguien se sentaba con decisión en mi mesa y me decía:

–          Hola Lola, qué guapa estás. ¿De quién te despedías tan cariñosamente? ¿De tu novio o de tu tercer marido?, dijo socarronamente mirándome a los ojos.

Muerta, me quedé muerta. Era Víctor, mi segundo marido, con el que había estado casada cinco minutos. Y ahora estaba allí, tan seductor y atractivo como siempre. Pero ¿de dónde había salido? Y ¿qué hacía allí? Habían pasado más de cuatro años desde la última vez que nos vimos, el día que firmamos el divorcio, pero, a pesar de ello, manteníamos una divertidísima amistad telefónica muy de vez en cuando. Víctor era un bandarra encantador con el que  resultaba imposible enfadarse, aunque reconozco que lo que me hizo, o mejor dicho, lo que nos hizo,  asesinó por completo mi confianza en él, empujándome a inventar mil excusas cada vez que proponía vernos. No es que no lo tuviera superado, simplemente yo era así. Cuando me herían o me sentía traicionada, me volvía extremadamente radical costándome un mundo eso de las segundas oportunidades, ni siquiera como amigos. Con aquellas llamadas puntuales me daba por satisfecha. Él, trabajaba como freelance de cámara de televisión, por lo que no paraba de viajar. Nos conocíamos desde niños porque nuestros padres eran amigos de toda la vida pero, en mi opinión, el hecho de vernos casi como hermanos, nos frenó en la adolescencia y luego en la juventud a ir más allá de los abrazos en fechas especiales. Así que, continuamos con la amistad llegando a conseguir una complicidad tal, que nos arrastraba a contarnos y aconsejarnos mutuamente en lo relativo a nuestras aventuras amorosas. Incluso, el destino quiso que tuviese que recurrir a él para ser el padrino de mi primer matrimonio, tras una tajante negativa de mi padre, el cual, se opuso, desde el principio a mi enlace con el hijo de un señor que le había hecho la vida imposible en la mili. “Es hijo de su padre, y seguro que te la lía. No puede ser bueno ese capullo si tiene los genes de su progenitor”, afirmaba mi obtuso padre.

–          Pero, no puedo creerlo, ¿Qué, qué, qué estás haciendo tú aquí? Pregunté confundidísima y titubeante mientras me levantaba efusivamente a darle un abrazo.

–          ¿Y tú?, me contestó devolviéndomelo. Eras la última persona que esperaba encontrar. Y aquí, sentada en solitario, hablando por el móvil, haciéndote la interesante, como siempre. ¿Buscas compañía, preciosa?, me dijo con su habitual tono insinuante de típico conquistador.

–           ¿Tú no cambias eh? Cómo se nota que llevas sangre gallega por las venas. Ahí, respondiendo con una pregunta. Pues no, no estoy buscando compañía porque he venido acompañada,- le dije con ese mismo tono de coquetería, que se había instalado de forma permanente en nuestra especial relación- Y además, para tu información, sí, con el que charlaba es mi pareja, Carlos. Además, ya te he hablado de él, pero claro, como hace casi un año que no sé nada de ti….. en fin, – le dije con ironía para picarle.- Vamos, que muy amigos, muy amigos, pero desde que te cazaron, has desaparecido del mapa, – le reproché en broma.

–          Tienes toda la razón pero a Rebeca le cuesta entender nuestra especial amistad.  Está loca por mis huesos la chiquilla y se pone muy celosa, se justificó el muy bribón.

–          Ya, ya. Puede que seas tú el que le da motivos ¿no? ¿Qué pasa? ¿Sigues siendo un ligón empedernido?, continué atacándole.

–          No, lo que ocurre es que ninguna ha logrado interesarme tanto como tú, bombón, y ya sabes que lo de ser fiel me supone un importante esfuerzo, se defendió burlonamente.

–          ¿Perdona? Pero qué morro tienes. ¿Te recuerdo el motivo por el que nos divorciamos? Creo que se llamaba Patricia, azafata de uno de tus programitas de televisión, le apuñalé por la espalda.

–          Eso no cuenta porque de sobra sabes que yo no estaba bien en aquel momento, pero tú nunca quisiste entenderlo, siguió con el código de broma aunque en este caso el reproche escondía todavía algo de escozor.

Era verdad, lo de que Víctor no estaba bien cuando tuvo aquel desliz, me refiero. Antes de casarnos,  había tenido múltiples aventuras pero ninguna relación seria, por lo que nadie podía calificarle con el adjetivo de “infiel”. Durante la traumática separación de mi primer marido, de la que ya hablaré en otro momento, fue un gran apoyo y el hombro en el que llorar. Finalmente, un día que yo estaba especialmente sensible y hundida, se animó a declararse, asegurándome que llevaba toda la vida enamorado de mí, y que el hecho de albergar la esperanza de poder estar en un futuro juntos, le impedía prolongar sus historias de faldas más allá de una sola noche. Ese día, me pidió que nos casáramos. Supongo que su sinceridad y la fuerza de sus palabras, unido a mi débil estado de ánimo, nublaron mi razón llevándome, una semana más tarde al sí quiero en un juzgado. Sin embargo, la felicidad duró sólo un par de meses. Sus padres se mudaban a un pequeño apartamento que habían comprado años atrás en la playa, y Víctor, alquiló una furgoneta en la que transportaría las últimas cajas. Me ofrecí a ayudarle y presencié la escena que, en mi opinión, cambió para siempre su manera de ver y de relacionarse con las mujeres, hasta convertirle en lo que, y a las pruebas me remito, seguía siendo hoy, un gran truhán casi fiel en el amor.  El caso fue que una de dichas cajas se desgarró por el peso de su contenido, venciendo todo y cayendo al suelo. De pronto nos encontramos con un fajo de cartas antiguas dirigidas a su madre, cuyo remitente no era su padre. En un principio, a los dos nos hizo mucha gracia abrir la caja de pandora que contenía los inconfesables secretos de su madre y a pesar de que intenté disuadirle para que no las leyera por el atentado contra la intimidad que esa acción suponía, la curiosidad le pudo. Pobre Víctor. Nunca, ni en sus peores pesadillas, habría podido imaginar que descubriría de ese modo que su padre no era su padre, o mejor dicho, que su verdadero padre no era el que él había considerado como tal, hasta entonces. A partir de ese momento todo cambió, la relación con su familia, de la que se alejó inmediatamente al decidir no revelar a nadie esa información, y la nuestra, cuyo final llegó al enterarme de su infidelidad con la azafata, tres meses después del descubrimiento de la de su madre a su postizo padre.

El resto de la tarde noche se me pasó volando poniéndonos al día entre cervezas, risas y alguna que otra cobra que me vi obligada a hacerle, ya que Víctor no dejó de intentarlo, de tal modo que me olvidé por completo de Carol. Eran justo las 12 cuando se me ocurrió mirar el móvil y sorpresa: 6 llamadas perdidas y varios whatsapp de la invitada del año:

9:30 pm: – Lola, porfa, llámame en cuanto puedas. Esto es de coña. No me han sentado en la mesa de los niños, como suelen hacer con las solteras. Es mucho peor. Estoy en la misma que tres de mis ex del pueblo con sus respectivas esposas.

10:15 pm: Lola, ¿dónde te metes? ¿Va todo bien cielo? No consigo localizarte. Llámame tía, que están empezando a llover puñales en esta mesa y a mí me dijeron que era obligatorio el tocado, no el paraguas.

10:45 pm: Lola, que el alcohol ya está haciendo su efecto y uno de mis ex me está tirando descaradamente los trastos. Su mujer se ha dado cuenta y la veo cada vez más roja.

11:16 pm: Lola, la bruja de la mujer de mi ex me ha tirado un vaso de vino encima y me ha propinado una bofetada. Esto se está poniendo muy feo. Me piro de aquí pitando.

11:55 pm: Lola, menudo día llevo. Al final he salido por patas porque la susodicha se ha puesto muy agresiva. Estoy en  “Elinfiel”, ¿qué gracia, no? Pues eso, se trata del garito que se encuentra junto al restaurante que te dije. Flipa con esto. Al creer que me seguían, me he metido en el baño pero el pomo se ha roto por dentro y me he quedado encerrada. Para más inris, y con la música a todo trapo, aunque estoy gritando, nadie me escucha y lo que es peor, nadie tiene ganas de hacer pis.

No pude evitar reírme al imaginar la escena relatada en el móvil pero me recompuse, sobre todo al suponer que no le haría ninguna gracia oír mi cachondeo, y más, con lo mal que lo estaría pasando la pobre. La llamé inmediatamente para decirle que iríamos a sacarla de allí. Menos mal que Víctor me acompañó. Efectivamente, cuando llegamos, allí estaba ella gritando un “Por favor, ¿me oye alguien?” con la desgana típica de quien lleva más de diez minutos hablándole a una pared retumbando música pop de los 80. Después de pedirle a Carol que  se alejara todo lo que pudiera de la puerta y se colocara en la esquina opuesta a la dirección de apertura, mi ex Super héroe, cogiendo carrerilla, se abalanzó, con todas sus fuerzas sobre ella, consiguiendo derribarla y rescatar así a mi desvalida amiga.

–          Muchísimas gracias, ¿te has hecho daño? Por cierto, ¿tú quién eres? Preguntó extrañada mirándome.

–          Carol, él es Víctor, mi ex marido, respondí ante su incrédula mirada.

CONTINUARÁ…

 POR MAYTE GARCÍA CANEIRO

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