De Amor, Amantes y Amigos

Revista de amor y Relatos de amor

Entre infieles anda el juego (Parte II) Desde París con plantón

RELATO CHICK LIT 11º

RELATO CHICK LIT 11º

– Chicas, en serio. Menudo Macho Man. Me siento como la princesa del cuento a la que rescatan de un torreón. Y el tío no se hizo ni un rasguño. Me he enamorado profundamente, exageró Carol, como de costumbre, al terminar de contarle nuestro particular fin de semana a Marian y Ana.
– ¿Alguien quiere un poco más de pizza? Pregunté yo mientras me dirigía a la cocina para abrir la segunda botella de vino.
– Yo un trozo pequeño, respondió Marian. A tomar por culo la dieta, continuó. Alucinante, la verdad. Está claro que el mundo es un pañuelo. Tú en la boda rodeada por tres de tus ex y Lola chocándose de frente con el suyo. Muy divertido vuestro viajecito, sí. Tenía que haberme ido con vosotras.
– Anda ya, intervino Ana, que hasta ese momento había permanecido bastante callada. ¿y perderte todo lo que te ha ocurrido? En serio Marian, tu historia no tiene desperdicio y estoy convencida que más de un guionista estaría encantado de tomarla prestada, bromeó nuestra amiga.
– Sí, claro, protestó Marian, para un capítulo de Mr Bean, ¿no te jode? Además, mira quién va a hablar, como si tu fin de semana hubiese sido normalito.
– Hombre, a mí no me ha detenido la policía en el aeropuerto de Orly. Cielo, lo siento, pero esta vez ganas tú, le guiñó Ana mientras apuraba el fondo de un tarro de crema de queso azul Président con el también penúltimo colín.
– ¿Perdona?, exclamamos al unísono Carol y yo. ¡Que te detuvieron en el aeropuerto….! ¿Lo dices en serio? Preguntó Carol, que no salía de su asombro. Pero, ¿por qué? ¿Qué has hecho esta vez sinvergüenza? ¿De verdad que estoy cenando con una delincuente? ¡Uuuuuuu, qué miedo!, le preguntó Carol en su habitual tono de guasa al entender que todo tenía que haber sido un malentendido.
– ¿Queréis parar ya las tres? -Puse orden yo-. Y tú Marian, ¿nos quieres contar de una vez qué es eso de la detención y qué te ha ocurrido este fin de semana para que tengas esa cara de perro? Se suponía que ibas a disfrutar de un par de días románticos, ¿no?
– Pero ya sabes que nuestra amiga es particularmente especial, interrumpió Ana como siempre, sarcástica. La mayoría se va a París a enamorarse y ella va a… (y empezó a cantar la del Civera) “que la detengan, que es una mentirosa, malvada y peligrosa, yo no la puedo controlar”, y soltó una carcajada.
– JA. JA. JA, se burló Marian. Pero qué graciosilla está aquí la alta ejecutiva. Ya me hubiese gustado verte a ti en una situación parecida, a ver qué tal te habrías defendido.
– Oye, ya vale, en serio, que vosotras dos habéis comido hoy juntas, pero Carol y yo estamos en desventaja.
– Valeeeeeeeeeeeee, ya me callo, señorita Rottenmeier, dijo Ana haciendo el gesto de sellarse la boca.

MARIAN
Antes de que sigamos con la desventura de Marian en el aeropuerto, os pongo en antecedentes. Marian conoció a Michel hace más de veinte años en un camping de Roses, en la Costa Brava. Los padres de Marian, auténticos hippies de los de antes, conservaban una vieja caravana con la que habían viajado por todo el país, mientras que sus hijos eran pequeños. Sin embargo, con el paso de los años, y tras varias averías, se vieron obligados a tomar una decisión, la de jubilarla o alquilar una parcela de un camping y dejarla allí aparcada para poder utilizarla como destino alternativo de vacaciones. Compraron una super tienda que se acoplaba perfectamente, con unas cremalleras a uno de los laterales de la caravana, unos cuantos muebles de exterior, los electrodomésticos básicos y se construyeron un acogedor hogar al que se escapaban siempre que podían. Para Michel, ese era su primer verano en el camping. Hijo de padres separados, había viajado desde París con su madre, su hermano mayor, el nuevo novio de su madre y los dos hijos de éste a pasar 15 días de vacaciones. Coincidieron por primera vez en la piscina y ninguno pudo dejar de mirar al otro desde el primer momento que se vieron. A las miradas vergonzosas le siguieron las sonrisas y ese juego de seducción tan limpio y natural que sólo ocurre en la etapa adolescente. Ni Marian sabía francés ni Michel se defendía demasiado bien en español, pero enseguida encontraron su propio código para entenderse, de tal modo que, desde el primer día se hicieron inseparables. Iban juntos a la playa, a montar en bici, salían de fiesta y se divertían como nunca. Transcurridas dos semanas, Michel debía regresar a Francia para pasar el resto de las vacaciones con su padre y esa última noche por fin se besaron. Según nos contó Marian, fue uno de los momentos más mágicos de toda su vida. Y después, cinco años sin verse, años que Marian aprovechó para aprender la lengua gala y Michel la noble castellana. Aunque durante el primer año consiguieron mantener una curiosa relación epistolar diccionario en mano, las cartas dejaron de llegar en ambos sentidos y los dos pensaron que el otro se había olvidado de aquella bonita historia. Recién cumplidos los 21, y en plena ruptura sentimental de su primer novio serio, un compañero de la facultad, con el que había salido algo más de un año, Marian regresó, como todos los veranos a su vieja caravana, pero esta vez, en compañía de unas amigas. Lo estaba pasando fatal y quería vengarse de su ex con el que primero se lo pusiese a huevo. (El motivo de la ruptura había sido la primera corona de cuernos con la que el susodicho obsequió a mi desafortunada amiga. Digo la primera porque no sería la última. Me refiero, a que años después, Rodrigo, su ex marido, volvería a coronarla con el título de: “Cornuda por sorpresa”). Su cara fue un verdadero poema cuando al llegar a la recepción para realizar el check in, se encontró con una espalda familiar, la de Michel. En esta ocasión, él también había ido acompañado de unos amigos y… de su novia.
– ¿Michel?, preguntó Marian al cogote del francés.
Cuando el chico se giró, la cara se le iluminó, al mismo tiempo que se ensombrecía la de su chica, una rubia de poco más de metro y medio, con una cara de vinagre que asustaba. Como si de pronto alguien hubiese dado a la tecla del stop en el mando que maneja el mundo, ambos se fundieron en un tierno y cálido abrazo, sólo interrumpido por la chirriante voz de la rubia enana que, ignorando a Marian, le pedía en francés a su novio el carnet de identidad que le estaban reclamando en recepción. Michel le hizo un gesto que indicaba que se verían más tarde y Marian se marchó confundida, excitada y hecha un manojo de nervios, impaciente por contar el sorprendente encuentro a las que, por aquel entonces eran sus amigas, sus antiguas compañeras del instituto. Decidieron que lo mejor para refrescar las ideas era marcharse a la playa pero al volver, una de las amigas de Marian, que había preferido quedarse a cargar pilas regalándose una siesta de dos horas, le dio un sobre que “alguien” había colado por una de las ventanas de la tienda. Era de Michel. Le decía que se había alegrado mucho al volver a verla y que encontrarse con ella le había removido sentimientos y emociones dormidas. Necesitaba que hablasen y le pedía que se vieran esa misma noche sobre las 12 en el lugar de siempre, una pequeña cala contigua al camping a la que acudían todas las noches de aquel inolvidable verano en el que se conocieron, para ver las estrellas, hablar, escuchar música, reírse y tomarse el último litro de cerveza.
– No irás, ¿verdad?, Ese chico tiene novia, le preguntó la “castrante Bárbara”, apodo por el que las amigas titulares, es decir, las actuales (Ana, Carol y yo misma), denominábamos a la ex amiga de Marian.
– Pues sí, creo que sí iré Bárbara, le contestó algo molesta Marian. Ese chico, como tú dices es un amigo muy especial, hace años que no nos vemos y me apetece mucho pasar un rato con él. Además, no creo que estemos haciendo nada malo. Sólo vamos a charlar.
– Claro, claro, a charlar, ironizó Bárbara. Por eso queda contigo a escondidas de su novia. ¿Qué quieres? ¿Pasar de cornuda a amante? ¿Estás tan dolida que ahora vas a liarte con todos los tíos comprometidos que te lo propongan? Continuó hiriente la castrante.
– Mira Bárbara, no sé cuál es tu problema. Bueno, mejor dicho, sí que lo sé. Tu problema es que crees que estás por encima del bien y del mal, y no se puede ser tan rígido, ¿sabes? Porque tú ahora estás en tu burbuja de bienestar, con tu novio, con tu bodorrio a la vuelta de la esquina, con toda tu vida planificada, pero a lo mejor algún día, todo eso se te va a la mierda y aparece alguien del que te enamores de verdad, alguien que no te conviene pero al que deseas con todas tus fuerzas, y entonces te verás obligada a tirar toda tu lógica y tu saber estar y tu guardar las apariencias por el retrete, y actuar simplemente por lo que te diga el corazón. Así que, bonita, a partir de ahora te pido por favor que no vuelvas a meterte en mi vida y que no se te vuelva a ocurrir juzgarme, ¿Has entendido? Se desahogó Marian ante las incrédulas miradas del resto de sus amigas. Se sintió estupendamente bien al poner a Bárbara en su sitio, y de paso al resto. Sabía que probablemente lo que acababa de decir le traería consecuencias, como así fue, pero estaba bastante harta de Bárbara y compañía, de su falsedad, de enterarse cuánto la criticaban cuando ella no estaba delante, de su carácter interesado. De hecho, a los dos días del altercado verbal, toda la comitiva, capitaneada por Bárbara abandonó la caravana y el camping, dejando a Marian con la única compañía de su hermana, aunque ninguna, y para ser sinceras, se entristeció con la estampida.
Después de la discusión con Bárbara, se dio una ducha, cenaron y acudió a su cita con Michel. Sabía que él ya estaba allí, porque a medida que se acercaba al punto de encuentro, escuchaba con mayor nitidez la canción que les había acompañado todo el verano y que se había convertido en la banda sonora de su platónica historia de amor: “Wellcome to the Hotel California, such a lovely place, such a lovely face….” Sí, cómo lo leéis. El día que Marian me contó esta historia tuve que interrumpirla:
– ¿Me estás diciendo que el lacito musical de vuestra historia de amor es una canción que habla de fantasmas o incluso algunas leyendas dicen que de drogas? Vamos, de todo menos de amor. Así, no me extraña que no haya cuajado el romance. Tú mucho francés, pero de inglés, ni papa, ¿no? Me burlé de Marian
– Ya, contestó carcajada en boca, pero eso lo supe muchos años después. Yu nou que ai dont espic inglis veri well fandango.
El caso es que esa noche, al final y como le había advertido Marian a la castrante, sólo hablaron y se abrazaron. Michel le contó que su hermano mayor había fallecido en un accidente de moto un año después de conocerla a ella. De ahí el parón de sus cartas. Lo había pasado muy mal y se refugió en el alcohol. Con sólo 19 años le tuvieron que ingresar en una clínica de desintoxicación. Gracias a los contactos de su afamado padre, un reconocido y prestigioso abogado, y al terminar sus estudios de lo que en España conocemos como FP, consiguió un empleo como asistente de atrezzo en una productora de televisión, en la que también conoció a su actual novia. Por su parte, Marian también le puso al día de su vida, que en ese momento se resumía y centraba en la reciente ruptura y decepción sentimental por la que estaba atravesando. Pasados varios días de furtivos y aparentemente casuales encuentros en la cafetería, el supermercado, la lavandería o la piscina del camping, además de su programada y pactada cita nocturna en la cala del “amor fantasma”, Michel sorprendió a Marian con una inesperada petición de matrimonio, anillo incluido (una improvisada alianza tuneada hecha a partir de la anilla de la lata de cerveza que se estaban bebiendo a pachas). Fue un mal momento. A Marian le encantaba Michel y sabía que si ella aceptaba, la novia canija y siesa, no sería ningún impedimento. El problema es que Marian seguía enamorada de su ex novio, y por no poder, ni siquiera pudo ir más allá de unos castos besos con Michel. Se sentía demasiado unida todavía a Daniel y aunque ya no estaban juntos, era incapaz de acostarse con otro, (odiándose además por ello, claro)
Volvieron a despedirse, volvieron cada uno con sus vidas, volvieron a pasar los años pero esta vez no perdieron el contacto. Ya en la era de los móviles, sustituyeron las cartas por mensajes y llamadas puntuales. Michel le pedía continuamente a Marian que lo dejara todo y que se marchara con él porque no podía olvidarla. Cuando se enteró de que Marian y Rodrigo se habían separado, se volcó de lleno con mi amiga. La llamaba a diario y logró convencerla para pasar un fin de semana juntos en París, donde ahora, y estando los dos sin pareja, podrían reanudar su relación donde la habían dejado años atrás. Y en ese plan estaba implícito, por supuesto, presentar íntimamente a sus deseosos cuerpos.
Cuando Marian nos contó que si todo salía bien, estaba incluso dispuesta a cruzar la frontera para vivir en el país vecino, no dimos crédito.
– A ver cielo, le dije con cariño. No quiero yo ahora ser como la doña “castrante Bárbara”, pero ¿no crees que es muy pronto? No hace un año todavía de tu separación de Rodrigo, y, no sé, yo te veo muy vulnerable. ¿Estás segura? Le hice reflexionar a Marian.
– Mira Lola, lo que ahora mismo tengo muy claro es que necesito un buen polvo con alguien de confianza y que me trate con mucho cuidado y cariño, y ese es Michel. A partir de ahí, que pase lo que tenga que pasar. No quiero ponerme límites, ni barreras ni prohibiciones. Soy consciente de que siempre me dejo llevar por los sentimientos y mantengo en el banquillo a la razón, y que ser así me ha hecho sufrir mucho, pero Lola, la parte buena es que, la otra cara de esa forma de ser, es una vida llena de momentazos de felicidad así que prefiero seguir arriesgándome. Qué le vamos a hacer Lola, lo confieso, me llamo Marian y soy adicta al amor, dijo poniendo su mano en posición horizontal delante de sus ojos.
Y aquí es donde llegamos ya al momento de la detención en el aeropuerto.
– Y entonces, ¿qué pasó? ¿Por qué te detuvieron? ¿Qué tal con Michel? ¿Te vas a vivir con él? ¿Nos abandonas? Le ametralló a preguntas el etílico aliento de Carol.
– Os cuento, comenzó a relatar Marian. Michel quedó en ir a recogerme al aeropuerto de Orly. El plan era dejar mi maleta en la preciosa habitación de un super coqueto hotel próximo a la zona de Bastilla y después ir a cenar, aunque de esa parte se había encargado él personalmente. Chicas, os lo juro. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan ilusionada. No podía evitar pensar que a lo mejor me había pasado los últimos veinte años de mi vida de relación en relación, como de oca en oca, cuando a lo mejor, mi hombre ideal, mi príncipe azul, mi medio limón, mi gran amor, era en realidad mi primer amor de adolescencia. Estaba tan contenta que, de camino al aeropuerto me dio por saludar a todo el mundo, como si fuera la reina o como si estuviera en un pueblo pequeño: al guarda de seguridad del metro, a la chica que se me sentó al lado, al camarero que me sirvió el desayuno, y hasta un vendedor de billetes de la ONCE al quien acabé comprando un cupón, después de que me contara lo de su enfermedad. De tan buen humor estaba, que en la sala de embarque me arrastré por el suelo para jugar con el camión de un niño de unos 7 años que respondía al nombre de Claudio, y que iba acompañado de su tata, la señora Pepa. Durante la media hora que esperamos sentadas a que anunciaran nuestro vuelo por megafonía, nos hicimos íntimas. Pepa era tata, ama de llaves, criada, señora de la limpieza, niñera, consejera y lo que hiciera falta de una “familia bien, pero bien de verdad” que vivía en La Moraleja. Ese fin de semana, los padres de Claudio, volvían a tener una agenda social muy ajustada que les impedía estar con su hijo, así que decidieron compensar su mea culpa, con un lujoso viaje a Eurodisney para él y para la tata Pepa. Al final también conseguimos que el ocupante del tercer asiento del avión me cambiara el sitio, por lo que continuamos afianzando lazos. Claro, imaginaos la cara de Pepa y de Claudio, cuando al desembarcar en Orly, dos policías de la Gendarmery, se me acercan, me apartan a un lado, por lo que, ni siquiera pude despedirme de ellos, me piden la documentación, todo esto en francés, claro está, y me invitan a que les acompañe a la comisaría del aeropuerto porque hay una irregularidad con mi carnet y necesitan hacer unas comprobaciones.
– ¿Qué dices? Qué fuerte, interrumpió Carol. Pobre señora. Seguro que pensó que le había contado su vida y miserias a una terrorista, o a una asesina en serie de tatas acompaña niños de ricos.
– Pues sí, continuó Marian. Algo así debió pensar porque a pesar de que yo me mostré todo el tiempo tranquila y sonriente, la señora Pepa me miró con una cara de susto que ni os imagináis.
– Pero ¿qué pasó después? Quise saber más
– Nada, lo que os digo. Fliparon con mi reacción porque estuve simpática, atenta, divertida. Le llegué a pedir incluso al poli hombre, la otra era una poli mala, que me ayudara a llevar la maleta, mientras me interesaba por lo duro que debía ser su trabajo. Vamos, que ni una detención policial en el aeropuerto me iba a arruinar el fin de semana. Llegamos a la comisaría y enseguida me di cuenta de que allí había gato encerrado, sobre todo en el momento en el que, el supuesto Comisario me llamó Marian. Espera un poco, pensé, si el problema es con mi documentación, en ella aparezco como María de los Ángeles y Marian sólo me llaman mis conocidos. No, si al final, la que tiene madera de poli soy yo. Empecé a reírme, y de la nada apareció una cámara de televisión y todo el equipo de un programa de cámaras ocultas con mucho éxito en Francia. Mira tú por donde, un programa hecho por la productora en la que continúa trabajando Michel, ahora como Jefe de Producción.
– Pues menudo recibimiento, ¿no? Qué bueno, Marian, aplaudió Carol. ¿Y ahora vas a salir en la tele?
– Pues parece que sí, pero vamos, me dijeron que mi broma no había sido muy graciosa porque lo que menos se esperaban era mi reacción de tan buen rollo. Al parecer, lo normal, y lo que enganchaba a la audiencia, era cuando la gente se ponía a llorar o salía corriendo o se indignaba y sacaba los dientes. Lo que menos se esperaban es que encima tuviese el morro de utilizar a uno de los policías como mi portador de equipajes, continuó Marian, así que, a lo mejor ni la emiten. De allí – continuó- el bromista jefe de producción y yo, nos fuimos al hotel y del hotel, a una romántica cena por el Sena en el famoso Bateau Mouche. La noche pintaba genial, teniendo en cuenta los preliminares. En el barco los delicados besos fueron dando paso a ardientes mordiscos y sensuales caricias y miradas. Estábamos como locos por que el barquito llegase a puerto pero el reloj no parecía tener la misma prisa. Cogimos un taxi y la cosa se puso muy, pero que muy calentita; subimos el ascensor del hotel devorándonos y desvistiéndonos. Durante la cena, me había dado cuenta de que su móvil no paraba de sonar pero él cortaba la llamada constantemente. Es del trabajo y hoy no quiero cogerlo, me decía. Ya prácticamente desnudos y a puntito de caramelo, volvió a sonarle el móvil, pero esta vez y al mirar el número, se levantó con rapidez a responder. ¿Qué habrá pasado? Me pregunté, al ver cómo su gesto, de excitado se volvía serio y preocupado. Colgó y sin mirarme a la cara, empezó a vestirse apresuradamente mientras me explicaba que su padre había tenido un accidente y que le habían llevado al hospital, que le perdonase pero que debía marcharse. Prometió llamarme más tarde para informarme pero no lo hizo hasta ayer, un par de horas antes de coger mi vuelo de vuelta.
– ¿Qué dices? ¿Te has pasado todo el fin de semana tú sola en París? Le pregunté entre sorprendida e indignada.
– Que va, sola no, contestó con una ironía que transmitía su evidente enfado. Me ha acompañado un generoso paquete de klinex que me abandonó también ayer cuando su último inquilino, harto de humedades, se abalanzó casi él solito a la papelera, y mi querido teléfono móvil, al que he agotado los minutos contratados por tarifa, por no parar de llamarle y dejarle preocupados mensajes en su buzón de voz.
– ¿Y qué explicación te dio ayer tras su estampida pre coitus interruptus? Porque, por tu cara, me da a mí la sensación que lo de su padre fue una excusa, ¿no? Preguntó impaciente Carol.
– Bingo, afirmó Marian. Me dijo que la llamada sí se la había hecho su padre, pero no porque hubiese tenido un accidente, sino para pedirle que fuese inmediatamente a su casa, porque allí le esperaban su jefe, dueño de la productora, y amigo íntimo de negocios del padre de Michel, y la hija de éste. Era ella la que le había estado llamando toda la tarde y a la que no quiso cogerle el teléfono. Quería decirle que estaba embarazada de él y que su estricto y conservador padre, al enterarse, había ardido en cólera y estaba dispuesto a ponerle en la calle y a sacar en los medios los trapos sucios de los chanchullos judiciales de su padre, si Michel no se responsabilizaba de la embarazosa situación, nunca mejor dicho. Me juró y perjuró que sólo se había acostado con ella una vez, en una fiesta celebrada por la productora un par de meses antes y bajo los efectos del alcohol. Me pidió mil perdones y una segunda oportunidad cuando resolviese el desaguisado.
– ¿El desaguisado? Intervino Ana, pero qué morro ¿no? Que estamos hablando de un hijo, y eso es para toda la vida. Menudo panorama Marian, y menuda jeta la de tu francesito. Yo no me creo nada. Hay demasiada película en esa historia.
– Es verdad que todo suena un poco raro, ¿no? Apoyó Carol la teoría de Ana. ¿Tú te lo has creído?
Cuando Marian se disponía a responder sonó su móvil. Marian nos enseñó la pantalla y entendimos que se fuese a hablar a la habitación. Era otra vez Michel. Cuando salió, las tres nos quedamos en silencio esperando impacientes a que Marian hablara. Tardó unos minutos en reaccionar, pensativa y con un sutil movimiento de negación con la cabeza.
– ¿Qué ha pasado Marian? ¿Qué te ha dicho ahora? Me atreví a romper el silencio.
Levantó las cejas, suspiró profundamente, se sentó en seco en el sofá, nos miró una por una y nos dijo:
– Ha vuelto a mentirme. ¿Es que nunca me voy a encontrar con un hombre de verdad que no juegue, no mienta, no traicione y no te joda la vida? Preguntó antes de arrancar a llorar.
CONTINUARÁ…

POR MAYTE GARCÍA CANEIRO
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