De Amor, Amantes y Amigos

Revista de amor y Relatos de amor

Entre infieles anda el juego (Parte III) Los maridos de mis amigas son mis amantes

RELATO CHICK LIT 12º

RELATO CHICK LIT 12º

– Ey, ey, ey, cariño, no llores, ¿qué ha pasado?, pregunté a Marian al tiempo que me acercaba a ella para abrazarla.

No respondía, sólo gimoteaba desconsoladamente como una niña pequeña con la cabeza escondida en mi pecho. Carol, Ana y yo, nos mirábamos sin entender lo ocurrido, intentando imaginar mentalmente las múltiples posibilidades y variantes de la conversación con el franchute traidor, que habían arrastrado a nuestra amiga a tan lamentable estado. Como si estuviésemos manteniendo una conversación telepática a tres bandas, decidimos que no era el momento de preguntar nada. Nos conocíamos tan bien las cuatro y habíamos vivido tantas cosas juntas, que sabíamos perfectamente lo que cada una necesitaba en cada situación. Carol se fue al baño y del baño a la cocina, de la que salió acompañada de una botella de ron, una cubitera y una coca cola light de dos litros, y en un segundo viaje, de unos vasos de tubo. Ana sacó su ipad mini del bolso y se entretuvo poniéndose al día con Facebook, twitter, instagram, y otras tantas redes sociales, en mi opinión, impronunciables, haciendo gala una vez más de su habilidad con el mundo virtual.
Yo, por mi parte, mantenía el tipo y la cabeza de Marian, apoyada sobre mi brazo izquierdo, que poco a poco se adormecía por el peso, con el consiguiente cosquilleo y picor molestísimo, mientras decidía, dentro de ese festival de prioridades, la puntuación que debía darle a mi brazo versus el llanto depresivo de una de mis mejores amigas. Durante algunos minutos, la competición estuvo muy reñida, pero al final, y sintiéndolo mucho por Marian, ganó mi brazo. Menos mal, que por lo menos, la intensidad de la congoja había cesado:
– Cielo, discúlpame, pero es que se me ha dormido el brazo y la que también está a punto de llorar, pero de dolor, soy yo ¿Te importa si cambiamos al otro?, interrumpí el silencio de media hora.
– Claro, perdóname Lola, respondió Marian con un hilillo de voz mientras se incorporaba y enjugaba sus últimas lágrimas con las manos. No os preocupéis, ya estoy más tranquila. Ahora vengo, continuó, levantándose del sofá y dirigiéndose al baño.
Intuimos que se estaba lavando la cara y decidimos seguir esperando sin hablar. Cuando salió, mis dedos habían recuperado su color y movilidad habitual, y para demostrarlo, se abalanzaron hacia uno de los cuatro cubatas que descansaban sobre la mesa auxiliar y que, tan concienzudamente habían sido preparados por Carol.
– ¿Ya estás mejor? Le preguntó Ana en cuanto apareció de nuevo en el salón.
– Sí, lo siento chicas. Muchas gracias. Es que, entre lo sensible que estoy, y este nuevo giro de los acontecimientos, he explotado. Supongo que ha sido la gota que ha colmado mi vaso.
– Pues aquí tienes uno también lleno pero de alcohol, le dijo divertida Carol mientras le ofrecía uno de los cubatas.
– No te lo voy a rechazar, ¿sabes?, aceptó sonriente la oferta.

Después de beber de un trago la mitad de la consumición, nos contó que en la última conversación telefónica con Michel, reconoció que, en realidad, la chica a la que había dejado embarazada era su novia de toda la vida, con la que nunca había cortado, la rubia enana de poco más de metro y medio que Marian había desconocido en el camping. Ella era, y no otra, la hija de fruta del dueño de la productora, y por lo tanto, también le había mentido al decirle que sólo se había acostado con ella una sola vez. En realidad, Michel llevaba varios meses comprometido, estaba a punto de casarse, y en definitiva, había jugado y engañado a ambas mujeres.
– Lo peor de todo es que empiezo a pensar en serio, que tengo un imán especial para los pinochos. Primero Daniel, luego Rodrigo, ahora Michel. Soy, lo que se dice, una experta en el arte de enamorarme de hombres infieles. O lo son conmigo, o lo son con sus parejas utilizándome a mí, pero la infidelidad es mi extraña compañera de cuarto, reflexionaba, esta vez en voz alta nuestra amiga.
– Puessss yo lo que creo es que el prrroblema no es que tú te enamores de hombres infieles, sino que la infidelidad es parte del adn del género masculino, intervino una lúcida aunque ya muy borracha Carol. Todos lo son, Marian. Está en sssu naturaleza y lo que ocurre es que, culturalmente, nos han hecho creer que no. Sobre todo, a las mujeres, y desde niñas, nos han educado en la absurda creencia de que la monogamia es posible con la falsa trampa del “Felices para siempre”, hip, presente en todos los cuentosss infantilesss, y lo único que han conseguido es un mundo lleno de frustraciones y decepciones sentimentalesss ¿Lo veis? Por eso yo no me implico más de lo necesario ni me emparejo con nadie, para evitar estas situaciones, finalizó su discurso Carol, patinando peligrosamente de una palabra a la otra.
– ¿Y no será que somos nosotras las que elegimos mal a los hombres? ¿No os parece que es un poco infantil eludir constantemente nuestra responsabilidad en lo que nos sucede culpándoles a ellos? Perdóname Marian, porque puede que ahora, lo último que necesites sea cargarte además con el sentimiento de culpa, pero por tu vida también han pasado chicos estupendos, buenísimas personas, a los que de entrada, rechazaste etiquetándoles de “blanditos” y “edulcorados”. Y debes contemplar la posibilidad de que ninguno de ellos te hubiese sido infiel. ¿Me equivoco?- Expuse mi reaccionario razonamiento ante la interrogante mirada de mis amigas, que, sin estar de acuerdo conmigo en muchas ocasiones, siempre se mostraban tolerantes y abiertas a otras opiniones-.
– No sé, Lola, puede que tengas parte de razón, pero es verdad que escuchar ahora que me merezco lo que me pasa porque soy yo la que elijo mal, no me alivia mucho, intervino molesta Marian.
– Lo que creo que no te ayuda ni te ayudará en lo sucesivo es seguir pensando que todo te pasa a ti, que ¿qué habrás hecho tú para merecer esto? o seguir instalada en tu papel de víctima. Reacciona de una vez tía, coge las riendas de tu vida y quítate las lentillas rosas, que la vida es un juego y quien sabe jugar, consigue divertirse y mucho. Y perdona si ahora esto no te alivia, pero sinceramente, y conociéndote, sé que es lo que más necesitas, continué aun a riesgo de ser expulsada del club de las mejores amigas.
Adoraba a Marian, y ella lo sabía, pero en ocasiones me exasperaba sentir que su rol de víctima se agudizaba por momentos, haciendo de ella una persona débil y sin ganas de seguir luchando. Por otro lado, casi desde el principio de nuestra amistad, ambas hicimos la promesa de no mentirnos nunca y de hablarnos siempre “sin censura”. La sinceridad era el pilar más importante y aunque ahora no fuese el momento más apropiado, sabía que tenía que decirle lo que pensaba. Ella habría hecho lo mismo, estoy segura, aunque después de mi declaración de principios, se produjo en el salón un silencio algo incómodo, que enseguida una avispada Ana supo romper, cambiando magistralmente de tercio.
– Queridas amigas, si me lo permitís, en mi humilde opinión, yo lo que creo es que ninguna de nosotras está viviendo realmente a tope. Más bien, considero que somos meras observadoras de lo que sucede realmente ahí fuera. Vamos, que vivimos y vemos la vida por un agujerito muy pequeño. Estamos tan centradas en nosotras y en lo que nos pasa, que hacemos de ello un mundo y os puedo asegurar que al otro lado de esta puerta están ocurriendo cosas objetivamente más graves que, de conocerlas, nos ayudarían mucho a relativizar, valorando lo que tenemos y yo diría incluso, a reírnos de lo que nos sucede.
– Toma ya. ¡Brrrrravooooooo! Nos asustó Carol con un estruendoso aplauso. Di que sssiiiiiiii, hermanita, pero una cosa, ¿desde cuándo te has vuelto tú tan libbbberrallll y tan open mind? Si esssa parrafada es más típica de mí que de tíiiiii, que tú eres la seria, la trrrradicional, la cuadriculada, con el gps instalado de serie en la tommmmmaaaa de decissionesssss, jejejeje.
– Es verdad Ana, no te pega nada el discursito que nos acabas de soltar, reforcé el comentario jocoso de Carol.
– Estáis muy equivocadas las dos, se defendió Ana y veo que me conocéis muy poco, ironizó nuestra ex encorsetada amiga. No, ahora en serio, tengo que reconocer que parte de lo que decís es cierto, pero os aseguro que lo que he visto y vivido este fin de semana, ha sido como un baño de realidad que me ha hecho pensar mucho estos dos últimos días y planteármelo todo desde otra perspectiva.
– Anda, es cierto, tu fin de semana de reencuentro con compañeros del cole,- intervino por fin Marian en la conversación, que hasta el momento había continuado paseando por su nube de desengaño- . Al final ayer ocupamos todo el tiempo de la comida con mi historia a la francesa, y no me contaste nada, y encima hoy, entre el relato de la boda a la que han ido Lola y Carol, y mi segunda parte, no te hemos hecho ni caso. Perdona Ana, ¿qué tal te lo pasaste?
ANA
Tras la ruptura con su pareja, a la que había dedicado algo más de diez años de su vida y cinco o seis kilos, y la reciente decepción amorosa con Ismael, Ana llegó a la conclusión de que debía dar un paso atrás para volver a coger el impulso que necesitaba. Ella no era de las que se quedaba llorando lamentándose de su destino o de su suerte. Ella se iba un día de compras, se hacía un cambio radical de look con un corte a lo garçon que le quedaba de miedo, le sacudía el polvo a todas sus agendas y se apuntaba a cualquier sarao que la invitaran personal o virtualmente. Fue precisamente así como un buen día, hace algo menos de un mes, Ana recibió en su correo la propuesta de amistad en Facebook de un antiguo compañero del colegio. Se llamaba Sergio y hacía más de veinte años que no se veían. Sergio y Ana fueron compañeros de pupitre los tres últimos años de la EGB, cuando el profesor Don Antonio, tutor del grupo B, y profesor de matemáticas, decidió que el orden de los factores sí alteraba el producto y que para no liarse, lo mejor era que sus alumnos se colocasen manteniendo otro orden, el alfabético. El prematuro amaneramiento y la preferencia de Sergio por los juegos de las chicas durante el recreo, enseguida le llevaron a ser el blanco fácil de la crueldad del resto de sus compañeros chicos, que se burlaban constantemente de él bautizándole con una variada gama de motes que evidenciaban la supuesta “desviada inclinación sexual” del chico: “nenaza”, “mariquita”, “mariposón” o “clavelito” se convertían así, en los top cuatro de una larga lista de insultos. Desde el principio Ana y sus dos mejores amigas del cole, María y Olga tomaron partido defendiendo a su amigo a capa y espada. Años después, ya en el instituto, la pandilla se disolvió. Los padres de María y Olga decidieron que en los colegios públicos y mixtos no se impartían la disciplina y los valores que ellos consideraban los apropiados para que sus hijas atravesasen sin contratiempos la etapa adolescente, inscribiéndolas así, y amén en un colegio de monjas. Por otro lado, Sergio y Ana continuaron afianzando lazos rosas siendo nuestra amiga, la primera persona a la que Sergio confesó su homosexualidad.
– Ana, ¿recuerdas que te dije que esta noche tengo una cita con una persona que me tiene loco perdido? Le preguntó por sorpresa un buen día de primavera adolescente Sergio.
– Claro que lo recuerdo, le respondió. ¿Estás nervioso?
– No, no lo estoy. En realidad, la persona con la que voy a cenar y a tomar el “postre”, o al menos eso espero, se llama Jacobo, le confesó quitándose un gran peso de encima.
– Pues mira que bien, se llama igual que mis filetes preferidos, así que tendrás ración doble de proteína, le respondió Ana jocosa sin inmutarse por la revelación.
– Ana, ¿no lo entiendes? Que la persona se llama Jacobo, que soy gay, que no es una broma, continuó Sergio, sorprendido por la ausencia de algún gesto de asombro o desaprobación de Ana.
– Que ya lo sé, cielo. Siempre lo he sabido, respondió ella cariñosa mientras alargaba su mano para hacerle un pellizquito en el moflete. Sólo esperaba a que tú me lo quisieses decir en voz alta. Para mí eres el de siempre, y sinceramente, me importa una mierda lo que le cuelgue a tus ligues o tus futuras parejas, o lo que hagas en tu intimidad. Eres mi amigo y te quiero y eso, querido, no va a cambiar nunca. Me alegro de que me lo hayas contado porque ahora sí que estoy convencida de que puedo hablar contigo de todo, y que la confianza entre nosotros es plena.
Para Sergio esa “sin reacción”, esa naturalidad, esa aceptación tan sincera de Ana fue absolutamente conmovedora y siempre la consideró como una de sus mejores amigas, a pesar de que las circunstancias personales de cada uno, les hubiera distanciado durante tantos años. Ahora, y gracias a las redes sociales, volvían a encontrarse, se dieron los teléfonos, y desde la primera llamada todo volvió a fluir natural como el yogur. Quedaron varias veces y de hecho, se hicieron la promesa de no volver a perderse de vista. Fue Sergio, precisamente quien le contó a Ana lo de la fiesta en el antiguo colegio para reunir a todos los alumnos de su promoción.
– Venga nena, anímate. Tienes que venir conmigo, que va a ser super mega divertido, le decía por teléfono un Sergio más “divina” que nunca. Veremos qué tal les ha tratado la vida, y de paso, aprovecharemos para contonearnos y que todos vean lo bien que se ha portado con “nosotras”, le intentaba convencer, exagerando al máximo sus ademanes.
Ana sabía que de alguna manera, para Sergio esa fiesta sería algo así como una catarsis, como una reconciliación con una infancia muy dura en la que la confusión, el complejo y el miedo le habían robado constantemente la silla, dejando su moral por el suelo. Ahora deseaba pasear su seguridad, y sobre todo, la buena honda que sin pretenderlo, desprendía, delante de todos los que se burlaron de él.
– Está bien, iré contigo, aunque la verdad es que, me da una pereza enorme encontrarme con María y con Olga, dijo Ana resignada. ¿Tú has vuelto a saber algo de ellas? Yo lo último que supe fue que las dos se casaron y tuvieron hijos, pero ni idea de cuántos ni de qué edades. Que continuaron siendo inseparables, que sus maridos son también íntimos, que salían juntos a todas partes y que incluso se compraron dos chalets pareados pegaditos en una urbanización muy cara.
– No me puedo creer que sólo sepas hasta ahí. Ossssea, que me estás diciendo que no te has enterado de lo que sucedió después con el cuarteto lalalala, exclamó incrédulo Sergio. Pues, cariño, me acabas de dar la llave maestra para conseguir que te vengas. Si quieres saber lo que pasó con nuestras queridas amigas, te lo cuento en la fiesta y, cielo, es una historia que no puedes perderte, te lo aseguro, chantajeó Sergio a Ana, convencido ahora de que con ese caramelito, mi amiga no podía negarse a asistir.
– Eres un capullo, ¿sabes? ¿Quieres decirme que hasta el sábado no me vas a contar nada? ¡Quedan cinco días! ¿Cómo puedes hacerme esto? Andaaaaaaaaaa, Sergiooooo, porfaaaaaaaaa, cuéntamelo, suplicó aniñada Ana, ávida de esa información rosa privilegiada, pero Sergio no soltó prenda.
Llegó el sábado y según lo acordado, Sergio pasó a recoger a Ana en su Fiat 600 descapotable de color azul cielo.
– ¿Y esa bolsa de amazon? ¿qué llevas ahí tesoro? Le preguntó la curiosidad de Sergio a Ana en cuanto ésta se subió al coche.
– Es un regalo para ti, que no abrirás hasta que no me cuentes ya lo de María y Olga, le chantajeó mi amiga al escolta secretos.
– Pero qué jodía y qué mona eres a la vez, por favor. ¿Para mí? Pero si no hacía falta, tontina, si te lo iba a contar allí, pero se agradece igual. Vale, te prometo que si me dejas abrirlo, te lo cuento por el camino.
Se trataba de una colección de vinilos con parte de la discografía de Alaska, y los Pegamoides y Dinaramas de turno, que de inmediato animaron a las lágrimas de Sergio a saltar por el tobogán de sus sonrientes mejillas.
De camino a la fiesta, Sergio le contó que María finalmente se había casado con Rober, al que ambos conocían porque también había compartido aula con ellos en esos maravillosos años. Rober era el guapito de la clase, por el que todas las niñas y Sergio babeaban. De pelo rubio y rizado y con unos enormes ojos azules, su autoestima y seguridad en sí mismo eran como unos altísimos zancos que enseguida le hicieron mirar a los demás por encima del hombro. Durante los años de colegio, María y Olga mantuvieron una constante aunque cordial disputa por la atención del querubín, pero al parecer, la última batalla, la que le llevó a colocarse una alianza en el dedo, la ganó la primera. Sin embargo, y según el relato de Sergio, fue eso, sólo una batalla. Olga no se rindió. Continuó pegada día sí, día también a la pareja, con la excusa de no poder separarse de su mejor amiga. Como la gran estratega que era, pensó que, para evitar posibles sospechas del sagrado y religiosísimo círculo que las rodeaba, lo mejor sería casarse también y encontró en Pedro, el mejor amigo de Rober, el gran aliado para su retorcido plan. Nunca llegó a enamorarse de él, pero el carácter sumiso, complaciente y manipulable del chico, fortalecieron sus intenciones. María se quedó embarazada, y a los pocos meses Olga también. María y Rober se compraron un chalet, y Olga y Pedro, a los pocos meses, el de al lado. María volvió a dar positivo en la prueba de embarazo, y Olga decidió que ella no tardaría en darlo. Los años pasaron, los niños cumplieron 10 y 8 años en ambas parejas y todo parecía idílico y maravilloso hasta que durante unas vacaciones, que como todos los veranos, pasaban juntos, llegó el momento del último combate. Olga, por fin consiguió lo que se había trabajado pasito a pasito, tacita a tacita, todos estos años: liarse con Rober. La mojigata, la mosquita muerta, la fiel esposa y abnegada madre, de puertas para dentro, resultó ser nada más y nada menos que una experta amantis religiosa que volvió completamente loco al aburrido rubiales, vencido en ese momento por la monotonía conyugal.
– Pero, ¿qué me estás contando? Le preguntó sorprendida Ana a Sergio. ¿Quieres decir que en la fiesta van a estar los cuatro? Pero ¿siguen juntos? ¿rompieron? ¿María y Pedro se enteraron? Le acribilló impaciente mi amiga a preguntas.
– María se enteró al poco tiempo. Era demasiado evidente el constante tonteo que los infieles mantenían sin cortarse un pelo delante de sus respectivos y decidió preguntárselo directamente a Olga, quien ni siquiera se molestó en negarlo. Yo lo sé todo por María, con la que a día de hoy sigo manteniendo el contacto. Lo pasó fatal pero se separó a los pocos meses y ahora vive en un piso del centro con sus dos hijos.
– ¿Y Olga y Pedro también se divorciaron? Continuó interrogándole con gran curiosidad.
– Que va. Olga es la típica conservadora hipócrita y con doble moral a la que le preocupan mucho las apariencias y el qué dirán. Ya sabes, su religión le impide romper los lazos del sagrado matrimonio, pero las malas lenguas aseguran que se sigue acostando con Rober. De hecho, hay algunas que señalan que Rober duerme demasiadas noches bajo el mismo techo que el matrimonio.
– Bueno, eso sí que no me lo puedo creer. ¡Qué fuerte Mari Puri! Joder con Olga femme fatal. ¡Menuda bicha! ¿no?
Sin embargo, y según lo que nos contó a continuación Ana, lo que ocurrió aquella tarde noche fue mucho más sorprendente aún que la propia historia relatada por Sergio. En la fiesta se divirtieron como los niños que fueron, visionando montajes de fotos que uno de los profesores había realizado, charlando con ellos y recordando viejas anécdotas como el día que Ana, jugando a hacer girar una regla con un boli, no midió la fuerza ni la dirección de la misma, lanzándola, sin querer hacia la barbilla de la profe de ciencias. El encuentro con María fue de lo más natural pero duró menos de lo que a Ana le hubiese gustado, aunque lo suficiente como para contarle abierta y sinceramente lo que mi amiga ya sabía por boca de Sergio y que delante de ella, fingió desconocer. María era consciente de que todavía le quedaba un largo camino por recorrer hasta superar lo ocurrido, pero, pensando siempre en sus hijos, ponía todo de su parte todo y más para conseguirlo. Al cabo de dos horas, y liberados los fantasmas, los tres bailaban y reían recordando viejos tiempos, hasta que el triángulo amoroso hizo acto de presencia. Olga, su apósito Pedro y Rober aparecieron de pronto en la fiesta y a María le entró un repentino dolor de cabeza que le hizo desaparecer a la francesa. Después de exhibir su carísimo vestido de firma y a sus complementos directo, alias Pedro, e indirecto, alias Rober, sin ningún signo y señal de vergüenza, se acercó a Ana y Sergio para saludarles e invitarles al exclusivo y privado after hour que se celebraba en su chalet.
– ¿Qué hacemos? ¿Vamos? Le preguntó indecisa mi amiga Ana a Sergio. Aunque es lo que menos me apetece en este momento, creo que puede ser una buena oportunidad para fisgonear y enterarnos de una vez de qué ocurre realmente en esa casa entre estos tres. ¿Nos apuntamos?
– Uffffffffff, qué perezón, princesa. Estoy muerto y sinceramente, esta gente me repugna. Si quieres te acerco hasta allí, pero yo, voy a pasar de entrar, le contestó el chico en mitad de un gran bostezo que rubricaba sus palabras.
– De acuerdo, no te preocupes. Si yo tampoco creo que aguante mucho. Mi intención es simplemente echar un vistacillo y luego pedirme un taxi para regresar.
– Ay hija, no te soporto cuando te pones en plan Lidia Lozano, le recriminó burlón, ni me gusta admitir que eres más cotilla que yo, continuó. Pero reconozco que yo también me muero de ganas por saber la verdad…..
Se quedó unos segundos pensativo y a continuación le propuso esperarla en el coche mientras aprovechaba para echar una cabezadita. Finalmente, Ana sólo estuvo dentro algo menos de una hora. Desconcertada por lo que había presenciado, tardó algunos minutos en hablar, a pesar de la insistencia de su amigo. Según le relató a continuación, en la “fiesta privada” de Olga, además de ella y de su doble pareja, se encontraban varios nobles y respetables matrimonios de su jet círculo. En la entrada de la casa, y al lado de una percha en la que depositaban sus pertenencias, se habían colocado elegantemente, eso sí, generosas bandejas repletas de líneas continuas de coca por las que deslizaban sus narices hasta hacerlas desaparecer. Después, bajo la tenue y sensual luz imperante en la sala principal, amueblada por enormes sofás, alfombras y cojines de diseño y acariciados de una ambiental y sugerente música chill out, se iban creando grupos intercambiables y reversibles de dos, tres, cuatro, cinco, y hasta seis personas, llegó a contar Ana, que coqueteaban, se tocaban, se quitaban la ropa e iniciaban allí mismo, y delante de todos, el acto sexual. Llegadas a este punto de la historia, ya no pudimos contenernos más:
– ¿Quéeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee? No me lo puedo creer hermanita, interrumpió Carol a Ana. ¿Has estado en una orgía? ¿Tú? Diosssssssss, qué envidia, se burló nuestra amiga.
– Pero ¿tú qué hiciste?, le preguntó curiosa Marian.
– ¿Flipar? Respondió divertida Ana. Al principio, no me di cuenta, continuó. Me llamó mucho la atención lo de las bandejas de coca en la entrada, pero me dije. “Cosas de gente rica y aburrida”. Luego, había muy poca luz y enseguida apareció Olga con una copa en la mano y me llevó hacia uno de los rincones del salón, en el que estaban sentados también Rober, su marido Pedro, y otra pareja que yo no conocía. Me pillaba de espaldas, así que al principio no me percaté de lo que estaba sucediendo. Olga me estaba comentando que hacían esta reunión una vez al mes para liberarse del monótono rol de padres y divertirse un poco. Todos los sodoma y gomorra tenían hijos, y esas “noches espaciales” las aprovechaban para desfogarse en su ausencia. Se los encasquetaban a abuelos, familiares y baby sister, y ala, a liberarse.
– Mira tú, qué considerados, intervine. “Que nuestros hijos no presencien lo depravados que son sus padres”, engolé la voz imitando a un señor engominado imaginario. Seguro que estos son de los que van todos los domingos a misa y reprenden a sus hijos, educados en colegios privados y religiosos, por fumar o por tener relaciones sexuales antes del matrimonio. Uagggggg, qué asco. Pero qué panda de hipócritas, añadí con repulsión.
– De eso puedes estar segura, reafirmó Ana.
– Y entonces, ¿Qué ocurrió después? Se interesó de nuevo Marian.
– Pues eso, que ahí estaba yo charlando con Olga, y de pronto mi rabillo del ojo derecho me avisa de algo sorprendente. Delante de mí, Rober y Pedro, ya en calzoncillos, se besaban y metían mano apasionadamente, incluyendo a continuación y con toda la naturalidad del mundo a los otros dos miembros de la pareja anónima. Olga, que se dio cuenta de mi perplejidad, me acarició la cara y me preguntó si me apetecía participar, asegurándome diversión como en mi vida. Fue en ese instante, cuando al girar la cara, caí en la cuenta del tipo de fiesta al que me habían invitado. Miré a Olga, me levanté, y simplemente le dije: “Va a ser que no, te lo agradezco pero creo que mi disco duro no es compatible con estas versiones tan actualizadas del sexo. Mejor me marcho”, y antes de que pudiera responder, salí acelerada de aquella desenfrenada mansión del placer.
– ¿Sergio tuvo que alucinar con la historia, no? preguntó Carol a su hermana.
– Imagínate, igual que vosotras, pero no tanto como yo, claro.
– Vaya pedazo de historia y de experiencia nena. Me ha parecido genial. Está claro eso de que la realidad siempre supera a la ficción, ehhhhhhhh, ver para creer. Propongo que brindemos por ello porque de eso se trata la vida. Si no, ¡qué aburrida sería! ¿no?, y levanté mi copa, seguida de las de mis amigas.

 POR MAYTE GARCÍA CANEIRO

 

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