De Amor, Amantes y Amigos

Revista de amor y Relatos de amor

Lo que el viento se llevó. 75 años fascinando y enamorando

POR MAYTE GARCÍA CANEIRO.

La lotería, Nochebuena, Navidad, Fin de Año y Año Nuevo; dentro de unos días Reyes, y otras Navidades que terminan, ofreciendo ahora todo el protagonismo a este 2015, al que hemos dado la bienvenida con la misma esperanza e ilusión que a sus predecesores, o por lo menos en mi caso. De todas estas fiestas, la noche de fin de año es para mí, la más emocionante, y no porque haga algo especial, sino porque lo especial, es lo que esos últimos minutos del año, me hacen sentir. No importa la edad que tenga, ni con quién me encuentre ni dónde. A las 11 de la noche, cenada y arreglada, con mi ropa interior roja (por aquello de no tentar a la mala suerte en lo que a la pasión se refiere, ya ves tú), yo retrocedo a mi infancia y me convierto en una niña insolente y caprichosa que no tolera que nadie la interrumpa y desconcentre de la labor más importante en esos momentos: quitarle la piel y las pepitas a las doce uvas en cuestión. Te parecerá una tontería, pero se trata de un tradicional ritual, por no llamarlo manía, que me tomo muy en serio. Después el año vendrá como sea, pero siempre pienso que la forma de comenzarlo es muy importante y hago todo aquello que considero, me ayudará a cargarme con esa energía positiva con la que deseo empezarlo. Cuando sólo faltan cinco minutos, ya estoy hecha un manojo de nervios, atenta a la televisión, y ajena a conversaciones o comentarios que puedan distraerme. Por fin llega el momento, consigo comerme una uva blandengue y pringosa por cada campanada, me levanto, me emociono, abrazo, libero toda la tensión acumulada en una estruendosa carcajada, y sobre todo piso con mucha fuerza mi entrada en el nuevo año. Pasados unos minutos, los ánimos se van relajando y todo vuelve a la normalidad, y es ahí cuando consigo racionalizar un poco, dándome cuenta que nada ha cambiado, y que habrá que esperar día a día, para comprobar si lo de la petición de deseos, la ropa interior, y el resto de rituales, tienen algún efecto en mi vida. De momento, trato de disfrutar ese 1 de enero de resaca, de sobras gastronómicas, de maquillaje mal retirado de la cara, para serle infiel a la cama con el maravilloso sofá, rey, presidente y jefe de estado, del salón de mi casa. Curiosamente, es el único día del año en el que no siento ni un mínimo de culpabilidad por estar toda la tarde tirada no haciendo otra cosa que ver la tele. Me dispongo a ello, con un vaso de agua en la mesa y mi mantita de pelo largo y sedoso, rodeando mis piernas, y en ese preciso instante recuerdo haber leído en algún sitio que a mediados de diciembre mi adorada película “Lo que el viento se llevó”, cumplió 75 años. “¡Genial!, pienso”. Nada me apetece más que volver a ver la sombra de mi querida Escarlata O’Hara alejándose de la pantalla, mientras pone a Dios por testigo de que nunca volverá a pasar hambre. Es Navidad, es 1 de enero, y es su cumpleaños. Seguro que alguna de las cadenas la emiten, porque en mi opinión, la Navidad no es Navidad sin esas magníficas 4 horas de emociones, amores no correspondidos, pasiones calladas, amistad, traición, celos, guerra. Compruebo la programación y ni rastro de este maravilloso clásico del cine, ni siquiera en las temáticas de la TDT, ni en los canales Hollywood de Ono. No me lo puedo creer. Si quiero verla, debo suscribirme a una de estas webs, convertidas en los nuevos videoclubs, o descargármela de internet. Pero, jo, yo quería verla en mi pantalla de 42” y no dispongo, por el momento de esos cables que conectan el ordenador con la tele, ni de los conocimientos friki informáticos necesarios. Tampoco consigo encontrarla en youtube, así que finalmente, decido conformarme con algunos fragmentos y esperar hasta el día 2 para comprármela. ¿Por qué esta obsesión mía por ver una y otra vez la misma película? ¿Y por qué no? Al fin y al cabo, creo que podría compararse con el hecho de probar una receta exquisita, y no volver a cocinarla, por la sencilla razón de conocer su sabor. Debo haber visto Lo que el viento se llevó, alrededor de 4 o 5 veces y a pesar de su duración, siempre descubro algo nuevo. Desde la primera vez que la vi, me sentí cautivada por el personaje de Escarlata, quizás por lo que su carácter y personalidad representaba para el sexo femenino. Y es que a mí, me encantan las mujeres diferentes, las que no se someten, las que pisan con fuerza y avanzan sin miedo. Desde su juventud, ella destaca, y resulta escandalosa, por no parecerse al resto, por apartarse de todos los convencionalismos, por no ser como las demás. Es una niña mimada, caprichosa, egoísta, engreída, manipuladora, ambiciosa, materialista, enamorada, a lo largo de todo el relato, del único hombre que no se rinde a sus encantos, el pavisoso y cobarde emocional Ashley Wilkes, que antepone el honor, el deber y la razón, a su verdadera y oculta pasión, Escarlata. Ella le persigue e intenta seducirlo porque, en mi opinión, supone un reto, para una mujer acostumbrada a conseguir todo lo que se propone, aunque, pienso que no deja de ser un capricho más, del que se hubiese cansado enseguida. Únicamente el desparpajo del sinvergüenza, embaucador  y burlón Rhett Barler, consigue equilibrar y poner en su sitio a la fuerza de la descarada señorita del sur. Su historia de amor es apasionada, apasionante y adictiva.
Desde el primer encuentro en la fiesta de los Doce Robles, cuando un genial Clark Gable presencia la conversación en la que Escarlata, tras confesar a Ashley sus sentimientos hacia él, es rechazada, pasando por la secuencia donde el Capitán Batler puja en la subasta benéfica, por conseguir un baile con la viuda señora Hamilton (una Escarlata de riguroso luto en su atuendo, deseosa de seguir divirtiéndose y vivir en color), o el primer beso robado donde Rhett le declara a Escarlata su incondicional amor por ella con esa mítica frase: “Sólo se y comprendo una cosa, y es que te quiero Escarlata, pese a ti y a mí, y a ese mundo que se desmorona a nuestro alrededor, te quiero, porque somos iguales, dos malas personas, egoístas y astutos, pero sabemos enfrentarnos con las cosas, y llamarlas por su nombre”. Sus encuentros y desencuentros, sus acaloradas discusiones, sus tira y afloja, el empeño y la obsesión de él por seducirla, el permanente empeño de ella por no reconocer que le ama profundamente, los diálogos, la banda sonora, la bellísima fotografía, el vestuario, el sufrimiento de la guerra. Todo en esta película es grandioso y sorprendente, sin ordenadores ni efectos especiales. Y es que, a través de sus personajes, reflexionas sin darte cuenta, acerca de las vueltas que da la vida, los giros inesperados, la influencia que pueden llegar a ejercer las circunstancias externas en tu comportamiento, tus decisiones o tu evolución, y en definitiva, sobre lo que el viento arrastra consigo a lo largo del tiempo. Porque el tiempo, al igual que el viento, se lleva consigo los momentos vividos, el amor, los amigos, a tus seres queridos, pero, afortunadamente, también te libera del rencor, del sufrimiento, de la pena y del dolor, y mientras eso sucede, a veces lo mejor es pararse y, pensar como Escarlata: “Ahora no puedo pensar en ello, me volvería loca si lo hiciera. YA LO PENSARÉ MAÑANA”

Ahora, como siempre, y a través del NavegAmor, os dejo unos links, con curiosidades sobre la película, con motivo de su 75 aniversario, y algunas críticas.

www.elperiodico.com

www.europapress.es

www.filmaffinity.com

www.blogdecine.com

 

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