De Amor, Amantes y Amigos

Revista de amor y Relatos de amor

¿Por qué nos cuesta tanto practicar el amor propio? Nuevo viral de Dulcinea estudios para El Hormiguero

POR MAYTE GARCÍA CANEIRO

COMPLEJOS
No recuerdo el momento en el que empecé a ir a la peluquería, pero echando un vistazo a mi disco duro de recuerdos, creo que coincidió con aquellos felices e inolvidables años universitarios. Hasta entonces, mi madre, estupenda costurera, cocinera y peluquera retirada, había sido la encargada de los cortes de pelo, permanentes rizo richi, y tintes negro azulado, vino y caoba. Siempre he presumido y lucido una preciosa (objetivamente hablando, como no podía ser de otra forma, viniendo del sujeto emisor, osea, yo) melena larga, negra y rizada que han potenciado los rasgos duros, oscuros y agitanados de mi rostro. ¿El motivo? Pues porque, para bien o para mal, guste más o guste menos al resto, es el look con el que yo misma, me siento más cómoda y favorecida, y el que más versatilidad ofrece a una dueña algo ciclotímica y volátil. Pero si soy del todo sincera conmigo misma, reconoceré que gracias al pelo largo, consigo además esconder un pequeño gran complejo que arrastro desde pequeña: mis orejas. Supongo que al final no están tan mal, ni son tan grandes, ni me afean tanto, pero todavía, y a mis 41 años, estoy tratando de reconciliarme y aceptar esta parte de mi cuerpo que vive pegada a mi cabeza, y por partida doble, y que encima, me ofrecen la estupenda e indispensable capacidad auditiva. Si avanzo un poco más en el pasado, enseguida me doy de bruces con el verdadero origen de este complejo. Yo tendría unos 9 o 10 años, porque me visualizo en el patio del colegio, apunto de reiniciar un nuevo curso, con mi también recién estrenado corte de pelo a lo chico, una decisión unilateral de mi madre sin opción a oposición. Ya sé que su intención era buena, que ella sólo quería refrescar mi cuello ante la inminente llegada de un verano abrasador, que le encantaba y sigue encantando el físico de su hija pequeña (con la también objetividad que caracteriza a las madres, osea, la mía), y que, ni por asomo se imaginaba lo que aquél desafortunado corte de pelo influiría en personalidad de su niña, pero aquel primer día de cole, cuando esperábamos ansiosos en la fila de nuestra clase para iniciar el nuevo curso, sentí de pronto las miradas despiadadas, acompañadas de afiladas y burlonas risitas, que no fueron más que el pistoletazo de salida a un mote que me acompañó el resto del año: “OREJONA”. (No puedo creerme que te esté contando esto. ¿Será que empiezo a superarlo?) Afortunadamente, las modas pasan, el pelo crece, y el tiempo vuela, y sin darme cuenta llegó el instituto y mi melena volvía a abrazar mis hombros. Lo que ya nunca me abandonó, supongo que hasta hoy mismo, fue mi complejo.
Por tanto, sí, yo doy fe de la famosa frase que asegura que los niños pueden llegar a ser muy crueles con los otros niños, aunque en realidad, lo que creo ahora es, más que en la crueldad, en el exceso de sinceridad, y la ausencia de filtros que enmascaran lo políticamente incorrecto.
Mis orejas quizás, en ese momento eran desproporcionadamente grandes en una cabeza tan pequeña y resultaba gracioso que sobresalieran como dos parabólicas, pero hoy las miro y sinceramente, no las veo tan exageradas ni tan despegadas. Probablemente no tengan una forma que responda a los cánones de belleza establecidos, pero hoy, yo tampoco soy de las personas que cree demasiado en la veracidad y beneficio de esos cánones. Puede que mis orejas no sean preciosas, ni mis piernas perfectas, ni mi nariz pequeña y respingona, pero con el tiempo, las bofetadas de la vida, los errores, las caídas, los fracasos y las lágrimas, he aprendido a mirarme en el espejo cada día para intentar buscar en mi físico y en mi personalidad, aquellas cosas que sí me gustan y de las que me siento orgullosa: Mis ojos, mi espalda, mis pies, mis arruguitas delata sonrisas, mi alegría, mi capacidad de superación, mi creatividad, mi pasión por la vida, se van haciendo cada vez más grandes, cada vez más fuertes, y batalla tras batalla, van acorralando a esos ladrones de la autoestima y temibles enemigos de mí misma, mis complejos. Porque los complejos son como una buena canción mal versionada. La canción en sí misma es preciosa y a todo el mundo le gusta, pero el que la versionó, no lo hizo en un buen día, y es el único en no reconocer que era mejor la original. Los complejos nos hacen inseguros, débiles, manipulables, nos paralizan, nos hacen pequeñitos, nos encojen y empujan nuestra mirada hacia el suelo, hasta no ver más que nuestros propios pies.
No te creas, no siento que ya está todo superado, pero al menos si puedo asegurar que me encuentro en el camino de aceptarme tal y como soy, y a pesar de ello, quererme, porque de lo que estoy segura es que, como decía Carrie de Sexo en Nueva York en el precioso último capítulo de la serie, la relación que más debo cuidar, la más importante y duradera, es la que tengo conmigo misma.
Ahora, y después de semejante parrafada, doy paso al último vídeo viral realizado por Dulcinea Estudios para El Hormiguero, y que trata sobre esta cuestión. Precisamente, él, ha sido el causante de mi reflexión y post de hoy. Espero que te guste. (Ver vídeo)

 

Más vídeos en Antena3

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